Flores de Invierno

CAPÍTULO 2: Sombra sobre el metal

​El rugido ahogado del motor al ralentí, vibrando con una insistencia sorda bajo el cofre, apenas competía con el golpeteo furioso del granizo y la llovizna contra los flancos metálicos del sedán. Dentro del habitáculo, el aire se había vuelto denso, casi irrespirable, pesado por el vapor caliente que exhalaban tres pares de pulmones trabajando al límite de la taquicardia. El olor a gasolina quemada, a humedad filtrada por las juntas de las puertas y al sudor frío de la tensión se mezclaba en una atmósfera claustrofóbica donde cada segundo parecía estirarse de forma infinita.

​Dante no parpadeaba. Tenía los ojos clavados en el espejo retrovisor lateral, donde la silueta inconfundible de la chaqueta de aviador con cuello de borrego de Holguín se recortaba como una mancha oscura contra la neblina grisácea y plomiza del patio exterior. A unos metros de distancia, la compañera operativa de Holguín acababa de detenerse junto a una columna de soporte de concreto carcomida por el tiempo, levantando el cañón corto de su rifle con una parsimonia calculadora que helaba más que el viento helado de la madrugada. No estaban corriendo, ni gritando órdenes, ni desesperándose por la fuga; sabían perfectamente que tenían a sus presas acorraladas en un callejón sin salida, y disfrutaban del terror silencioso que infundían en cada paso medido.

​—Se acabó el tiempo —masculló Dante, con una calma gélida, casi quirúrgica, que contrastaba de manera absoluta con la violencia inminente de sus actos.

​Sin pensarlo dos veces, con una coordinación muscular nacida de años de supervivencia en los callejones más oscuros, metió reversa a fondo. Las llantas traseras del sedán chillaron de inmediato, patinando salvajemente sobre una capa traicionera de lodo, paja podrida y grava suelta, antes de morder tracción con un estruendo metálico y lanzar el vehículo hacia atrás con una fuerza brutal. El impacto contra los tablones podridos de la pared posterior del cobertizo agrícola fue seco y devastador: la madera vieja estalló en cientos de astillas que volaron como papel picado en la oscuridad, y el carro irrumpió de golpe en el descampado trasero, tragándose la maleza alta y la noche en una sola maniobra desesperada.

​—¡Agárrense! —gritó Valeria, aferrándose con ambas manos al tablero y a la manija superior de la puerta mientras el sedán saltaba violentamente por un desnivel de tierra, cayendo de costado con un crujido de suspensión antes de estabilizarse sobre un sendero rural sin asfaltar.

​Afuera, perforando la noche con un eco seco y ensordecedor, el sonido de un disparo rompió el aire. Una bala de alta velocidad impactó con precisión milimétrica en la esquina superior del marco de la puerta del pasajero, astillando el metal y dejando escapar un zumbido agudo que vibró dolorosamente en los tímpanos de todos. Holguín y su equipo habían reaccionado al instante, pero el denso follaje de los abetos y la cortina de neblina espesa que bajaba de las cumbres jugaron a favor de los fugitivos, difuminando sus siluetas en la penumbra antes de que pudieran alinear un segundo tiro letal.

​Dante pisó el acelerador a fondo, obligando al motor a revolucionarse al límite, un grito ahogado de pistones y engranajes mientras el carro serpenteaba por un camino secundario rodeado de abetos oscuros y precipicios invisibles que se abrían a la vera del camino como fauces hambrientas. Nadie pronunció una sola palabra durante los primeros cinco kilómetros. El único sonido que llenaba el espacio era el golpeteo violento de las ramas bajas contra el parabrisas y los flancos del carro, y la respiración entrecortada, casi asmática, de Mateo, quien venía encogido en el asiento trasero, abrazando con tanta fuerza el sobre de manila arrugado que los nudillos se le habían vuelto completamente transparentes.

​—¿Estás bien, Mateo? —preguntó Valeria girando medio cuerpo hacia atrás, con los ojos muy abiertos por la adrenalina, comprobando con urgencia que el muchacho no tuviera ninguna herida grave tras el violento impacto con el cobertizo.

​—Sí... creo que sí, solo fue el golpe del asiento —respondió Mateo con la voz rota y temblorosa, pasándose una mano mojada por la frente cubierta de sudor frío—. Pero nos cayeron encima demasiado rápido. Si sabían exactamente en qué punto exacto nos íbamos a reunir, significa que el teléfono o el rastreador de la municipalidad sigue activo... o alguien nos metió un localizador magnético debajo del carro desde la semana pasada, cuando dejamos el vehículo en el taller.

​Dante frunció el ceño en la oscuridad, manteniendo la vista fija en las luces delanteras que apenas alcanzaban a cortar dos metros de neblina espesa sobre la ruta de grava suelta. Sabía perfectamente que el muchacho tenía razón. En este juego de sombras y traiciones, los errores más mínimos se pagaban con la vida, y un rastro invisible de radiofrecuencia era suficiente para condenarlos a todos a una ejecución sumaria sin dejar rastro.

​—Deshazte del teléfono, Mateo. Tíralo por la ventanilla en el próximo puente sobre el río —ordenó Dante con voz tajante, sin apartar los ojos de la vía ni un solo segundo—. Y tú, Valeria, revisa a fondo el expediente que nos dio en el sobre. Necesitamos saber con precisión qué hay exactamente debajo de la finca antes de que Santiago mueva sus fichas con la policía distrital y nos cierren todas las salidas legales y físicas por completo.

​Valeria asintió en silencio. Con manos ágiles a pesar del temblor nervioso que le sacudía los dedos, abrió el sobre de manila manchado de grasa bajo la tenue y parpadeante luz de la guantera. Las hojas de papel, ajadas y amarillentas por el paso de los años, mostraban diagramas técnicos detallados, anotaciones hechas a mano al margen y planos arquitectónicos complejos de un viejo complejo subterráneo construido originalmente en la década de los ochenta.

​—No es una simple bodega abandonada como creíamos al principio —murmuró Valeria, pasando los dedos finos sobre los trazos de tinta descolorida que delineaban las estructuras—. El búnker tiene tres niveles de profundidad excavados directamente en la roca viva de la montaña. El acceso principal está oculto de manera muy ingeniosa tras los cimientos de concreto de la casa principal en la finca, pero hay un sistema de ventilación secundario que conecta directamente con la quebrada del norte, en la parte baja del terreno. Si logramos entrar por ahí antes de que los hombres de Holguín aseguren el perímetro fiscal, podremos recuperar lo que Marcos dejó guardado antes de desaparecer del mapa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.