Papá me confesó que desde el primer momento que me vio, a las pocas horas de nacer, se enamoró de mí. ¡Y cómo no se iba a enamorar de mí! ¡Si tengo toda su cara en la mía!
Se enamoró de él mismo. ¡Ay, Lorenzo!
Él fue el que me enseñó a tomar mis propias decisiones. Tuviera la edad que tuviera, fuera niña, adolescente o adulta.
Y por una decisión que tomé conscientemente en mi adolescencia, ahora tengo la oportunidad de relatar esta historia. Mi último proyecto de literatura: «Una Temporada De Mi Vida».
Encontré algo que escribir sobre mí y, a la vez, nada de mí; como esa noche de julio donde Alice y papá estaban sentados en la camioneta, en una Ford, de los noventa. Frente a la casa de ella, todavía la estática del motor recién apagado estaba en el aire. Luego de un corto suspiro de ambos, Alice presentó sobre la mesa su ultimátum.
—¿Será que este mes le digas a tu hija que somos pareja? ¿O todavía tengo que esperar más tiempo?
—No —contestó papá, sin siquiera voltear a verla—. Ya le diré.
—Desde febrero me estás diciendo lo mismo, Lorenzo.
Romántico o no, papá le había pedido a Alice que fuera su novia un catorce de febrero, sábado. Papá pensó que Dios estaba con él, ayudándolo al ponerle justo ese día en fin de semana.
—Sí, lo sé. Sí le voy a decir pero, espérame.
—Ya te esperé casi cinco meses.
—Tan rápido que pasa el tiempo.
—Ojalá se lo puedas decir antes de Año Nuevo —contestó ella con una pizca de sarcasmo.
—Alice, sí le voy a decir.
—¿A qué le tienes miedo? Debería ser la miedosa aquí.
—No, a nada, pero…
—Lorenzo, tampoco es como si Joanna no me conociera. Si le dices que sales conmigo cada sábado, supongo que algo sospecha.
—De hecho, no. Le he dicho que he salido con amigos.
Sí, eso me decía.
—Ay, Lorenzo. No te entiendo —Abrió la puerta de la camioneta—. Bueno, cuando le digas me avisas, por lo pronto no me busques.
Yo tampoco lo entendí, Alice.
Papá descansó un par de días para inflarse el pecho de valor y confesarme su amorío, como si me fuera a revelar una infidelidad, algo incorrecto o algo que no pudiera perdonarle.
Cuando lo hizo, estaba en el mismo asiento de la Ford donde Alice se acomodaba cada vez que papá salía con sus “amigos”, sin que yo lo supiera entonces. Y él empezó:
—Oye Joanna… —Bajó el volumen de la música y en ningún momento apartó la vista de la carretera— ¿Sí… sí conoces a Alice, verdad?
Al mirar su perfil recortado por la luz del atardecer dorado del verano, su pecho se elevó… y descendió, como lo había hecho él con el estéreo: gradualmente, poco a poco.
Me acomodé detrás de la oreja un mechón que me había pegado en la cara. Tomé el rodillo y subí la ventana haciendo que el viento dejara de entrar.
—¿Quién? —pregunté.
—Alice. La conoces, ¿no?
—Sí, papá. Es la amiga de mi tía Lore. ¿Ella?
—Sí —respondió. Aclaró la garganta acomodándose en el asiento.
Sus manos apretaban el volante como si fuera la primera vez que manejaba.
—¿Por qué?
—Bueno… no, quería saber. ¿Sí te cae bien?
Alcé los hombros.
—Pues… sí. ¿Por qué?
—Por… por nada. ¿Sí te acuerdas que ella fue a tu fiesta de cinco años?
Me reí.
—Claro que no.
—¿Qué? —dijo también riéndose. Sus hombros descansaron, y su pecho volvió a bajar—. Es de verdad. ¿Qué no te acuerdas?
—No, papá —respondí todavía con una sonrisa en la boca.
—Tú te acuerdas mucho de esa fiesta de cumpleaños, y de la fiesta cuando cumpliste ocho también. Bueno, cuando cumpliste ocho, ella ya no fue, pero la de cinco sí. ¿Cómo no te vas a acordar?
—Pues no. Solo la conozco de vista. No me acuerdo.
Papá dobló a la izquierda para tomar otra carretera, una que conducía a la entrada al centro de Villavicencio.
Lo primero que se veía al entrar, era la escuela y, al lado, la secundaria. Las separaba una barda blanca, alta como de dos metros.
Yo estaba en la primaria en ese momento. Recuerdo que uno de los últimos días, me había sentado en el umbral de la puerta del salón, con el corazón a mil latidos porque las clases se habían convertido en una academia de baile.
Mientras mi respiración se normalizaba, mi mente se detuvo unos segundos tratando de fotografiar mentalmente todo: las ventanas, los pupitres de madera plegados contra las paredes, el escritorio forrado con plástico transparente, el pizarrón, la alacena gris donde la maestra guardaba sus materiales y la cerraba con una cadena de metal pesadísima, la estantería como biblioteca… todo para recordarlo para siempre.
El día de graduación se acercaba así como la última boleta de calificaciones. Primero fue la entrega de boletas. Papá pidió ese día en su trabajo para ir a la junta y recibir mis calificaciones.
Lo vi a lo lejos llegando con su típico pantalón de mezclilla, su cinto con una hebilla ovalada, sus botas vaqueras, su camisa de botones que siempre utilizaba para momentos importantes, el portacelular con su BlackBerry sujeto al pantalón, y la cartera en una de los bolsillos delanteros.
Mientras esperaba a que papá saliera del salón, comía unos Cheetos con mis amigas en las bancas de cemento hablando sobre cómo íbamos a llegar peinadas al día siguiente en la ceremonia de graduación.
Pasaron un par de minutos cuando empezamos a ver cómo los papás salían uno por uno. Veíamos como unos regañaban a nuestros compañeros, otros eran indiferentes, y otros sonreían. Cuando vi a papá salir, me levanté de inmediato, fui hacia él mientras me ponía los tirantes de mi mochila.
—¡Papá! ¿Qué te dijeron?
—¿Tú cómo crees que saliste? —preguntó escondiendo la boleta pegándola a su pecho.
—Bien —sonreí, ladeando la cabeza. Papá me achicó sus ojos.
Claro, él era testigo. Él me ayudaba en las tareas de matemáticas, tanto que llegó un día que estuvo en contra de que los maestros dejaran tareas, y laboratorios de cien páginas en vacaciones.