Flores del Palacio de Yermen

Capitulo 1: Toma de posiciones

Pasan 5 años en guerra, y al fin tras reunirse, la Reina Constance de Andalacia y el Rey Augustus V de Yermen acordaron que, para acabar con los pleitos entre reinos y las posibles represalias, casarían a la edad de 15 años a la princesa Azucena de Andalacia y al príncipe Augustus Roderick de Yermen. La noticia regocijó a ambas naciones. Ambos países entraron en júbilo. Pero no todos en Yermen estaban felices. Desde antes de nacer, el príncipe tenía enemigos poderosos dentro de la nobleza de su nación, quiénes conspiraban en su contra para apoderarse del trono. Y, sumida en una profunda rabia, estaba Fernand. Al darse la noticia, su padre le anunció que sería “él” quien protegiese a la princesa Azucena cuando llegara a Yermen. A Fernand no le apetecía la idea. Había desperdiciado su infancia en entrenar y cumplir las exigencias cada vez más altas de su padre y ahora le dicen que debe proteger a una princesa mimada.
—¡Nací para ser soldado, no un dama de honor!— dijo indignada.
—¡¡Silencio!!— le gritó su padre golpeando con fuerza el rostro de Fernand, haciendo que cayese al suelo.— ¡¡Harás lo que yo te diga!!, ¡Levántate!—
Fernand se levanta temblando y sosteniendo su carita dolida. Joaquín le aparta la mano de un manotazo.
—Harás lo que se te ordene sin decir palabra alguna ¿Me has entendido?—
—Si padre.— dijo Fernand bajando la mirada del miedo que sentía, ganándose otro golpe de su padre.
—¡¿Cómo te he enseñado que debes responder Fernand?!—
La pobre Fernand se paró firme exclamado un: “Si, señor”, lleno de miedo y tristeza. Había crecido observando como sus hermanas eran tratadas con respeto y cariño, pero ella...
—Muy bien. Retírate a entrenar en el jardín con Antoine.—
—Si, señor— dijo retirándose como todo un soldado.
Al salir de la biblioteca, corrió a todo dar para escapar de allí. Fue a entrenar con su compañero. Tenía ya la carita morada de los golpes, pero eso era algo perfectamente normal en “él”. Tras entrenar un rato, Antoine la convenció de caminar por el terreno un rato. Fueron hacia el lago del terreno. Allí Fernand se lavó la cara, pues creía que todos sus golpes y heridas sanaban con el agua de ese lago.
—Fernand... ¿Es verdad que cuando crezcas serás un hombre?— le dijo Antoine inocentemente.
—Mi madre me ha dicho que por más que lo intente, nunca lo seré. Me hubiera gustado nacer varón... Así mi padre me amaría y yo no sufriría tanto por ser hembra.—
—Eres muy bonita— le dijo Antoine tratando de consolarla. Pero se ganó una bofetada.
—¡Cierra la boca! ¿Qué no ves que soy un niño? ¡¿Cómo vas a decir que soy “bonita”?! ¡Eso es de niñas!— le gritó y lo levantó por el cuello de la camisa para golpearlo de nuevo.
—¡Perdóname Fernand! No volveré a decir algo así— dijo Antoine. Fernand lo soltó.
—Espero que en el futuro me respetes, Antoine.—
—De acuerdo.—
—En unos años, seré Capitán en la guardia Real. Luego Comandante. Y algún día heredaré el rango de General de mi padre.—
—Pero, si es así, ¿Cuando te casarás como tus hermanas?—
—Ya te lo he dicho Antoine, ¡Eso es cosa de niñas y yo soy un varón! ¡Eso jamás va a pasar!—
—¿Y tú... Serás feliz de esa manera?—
Fernand quedó pensando en aquello. ¿Sería capaz de ser feliz rechanzándose así misma?.
—Eso no es importante Antoine.— dijo finalmente— Lo que importa es que cumpla con mis deberes como todo soldado. Nada más—
—De igual modo, siempre seremos amigos. Yo te acepto decidas lo que decidas.—
—¿Aún no lo has entendido verdad? ¡No tengo derecho a elegir! ¡Debo hacer lo que se me ordene, quiera o no! No lo entiendes... ¡¡Yo no quiero ser soldado!! Pero tengo que hacerlo... Una vez que use por primera vez ese uniforme, nunca más tendré oportunidad de ser niña... Viviré negándome por el resto de mi vida. Yo...— dijo y cayó al suelo entre lágrimas— No quiero... Pero no puedo hacer nada... Ojalá hubiese nacido siendo varón... Así no sería tan difícil.—
Antoine se acercó y trató de levantarla del suelo, pero Fernand no quería levantarse aún. La abrazó mientras apartaba su cabello de su cara. Ella cubrió sus ojos con sus manos.
—Yo te quiero y te acepto tal cuál eres Fernand. Seré siempre tu amigo y estaré acompañándote siempre.— le dijo.
Fernand se abrazó a él y lloró un rato más.
—¿Crees que estoy condenada a ser infeliz por siempre Antoine?—
—Claro que no... Lo estuve pensando y...
—¿Qué?—
—Todo soldado que cumpla 15 años de servicio puede pedir su baja con honorarios al cumplir su prórroga. Si empiezas a servir a los 14, cuando tengas 29 años podrás pedir la baja y podrás ser mujer y casarte.—
—Oh, Antoine... Toda doncella debe casarse antes de los 21 años, ¿Quién me querría a mí, a los 29 y habiendo sido hombre toda mi vida?—
—Pues Fernand, si para aquel entonces no tienes pretendientes y no tienes con quién casarte, pues yo pediré tu mano y me casaré contigo.—
—Pero Antoine... Yo soy noble y tú no...—
—Ya encontraré la manera. Pero eso es claro, si no pasa nada loco antes—
—No más loco que tú amigo mío—
—Tal vez. Ahora, deja de llorar que pareces anciana—
—¡¡Serás....!!!— dijo Fernand levantándose a golpear a su amigo. Éste corrió a todo dar para escapar de su ataque.
Ya entrada la tarde, ambos volvieron a casa. Quedaron entrenando con las espadas, hasta que de un golpe (como siempre) Fernand le arrebata la espada a Antoine, quien se defiende golpeando a Fernand en el estómago. Fernand responde con una patada en la cara y terminan dejando de lado las espadas y en el suelo mientras luchan. La nodriza los llama a cenar y ambos entran a la casa. Estaban sucios, pero muy felices. Ya Fernand había olvidado la causa de sus moretones de temprano. Ambos cenaron en la mesita de la cocina (porque no se le permitía comer con su familia) y luego Fernand subió a su habitación. Se dió una ducha y se vistió con una ropa limpia. Se vió en el espejo y vió que sus moretones estaban más claros que temprano. Recordó lo que su padre le había dicho y como le había tratado. Esa era una de sus “correcciones” más “dóciles”. Cuando descubrió que Fernand intentaba hacerse en el cabello el mismo peinado que sus hermanas, la azotó hasta rasgarle la piel. Y cuando dijo que no quería ser soldado, la arrojó por las escaleras. Hasta ahora, Fernand nunca se había puesto a pensar con detenimiento el trato que le era dado en comparación con sus hermanas. Pero todo cambiaría cuando se convirtiera en Capitán. Así sería el orgullo de su padre y todo cambiaría. Empezó a añorar ese momento.
Por otro lado, en Andalacia, la Reina Constance también reprendía a su pequeña hija por su constante negativa en contra de casarse con Roderick. Pero la Reina le repetía que era por el bien de su pueblo y su deber como princesa era aceptar su destino y convertirse en la esposa del heredero al trono de Yermen, y más adelante en la Reina. Con palabras muy dulces, Constance convenció a Azucena con la misma frase que a ella misma se le repetía de pequeña:
“Una Princesa es responsable de la felicidad de su pueblo, y las Princesas son felices haciendo lo mejor por su reino”
Azucena durmió, pero se le hacía muy difícil tener que casarse con alguien que ni siquiera conocía. Se conocerían apenas dos días antes de la boda. Eso le asustaba también. Su futuro estaba lleno de temor e incertidumbre. Ella, tan inocente como era, estaba sumida en una profunda tristeza y temor. Le aterraba ser despreciada en tierra ajena, y que estando lejos de casa y con un marido que ni siquiera conoce, alguien arremetiera en su contra. ¿Qué le depararía el futuro? Se preguntaba. ¿Sería su futuro esposo así como ella creía? Muchas cosas se imaginaba, ninguna buena, que podría pasarle lejos de su hogar. Pese a que su hermano Jhosep intentaba hacerla calmar, Azucena seguía asustada. Su futuro se veía venir tenebroso.




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