La mañana del 16 de junio, recién cumplidos los 15 años, Azucena se prepara para salir hacia Yermen con gran tristeza en el corazón. Su madre la hace engalanar con un traje de terciopelo rosa, con joyas, diamantes y una magnífica corona. Y para despedirse, le regala un anillo imperial. Le recuerda todo lo que ha aprendido en esos años y le abraza, sufriendo en silencio el no poder verla consigo más. Azucena es escoltada del palacio de Andalacia hacia la frontera con Yermen por más de 50 soldados. Por la ventana, se despedía tristemente de un pueblo que la aclamaba por su bondad. Por su boda, las guerras cesarían y habría paz y abundancia en Andalacia. Pero eso no evitaba que Azucena llorara de dolor al irse de su tierra natal.
En la frontera, una tropa de la guardia Real está esperando la llegada de la princesa. Ésta era comandada por su nuevo Capitán: Fernand Victoriane de Gadeón. A su lado, estaban Antoine como escudero y Axel Dionisio de Gadilrroba como Coronel.
—Esperaremos a la Princesa en el camino, cerca de la casa de entrega. Vigilen este lado de la zona, alguien podría intentar lastimar a la futura Reina.— ordenó Fernand con voz autoritaria. Los soldados no están muy convencidos de que una mujer los dirija.
En eso, el carruaje de la Princesa llega hasta la casa de entrega. En ella es recibida por unas sirvientas que la atienden con gran respeto y delicadeza. Esto incomoda mucho a Azucena. Todo marchaba bien, hasta que le dijeron que el Rey de Yermen le había enviado unas joyas y vestidos que debía usar para presentarse en el Palacio de Apamelia. Pero Azucena se rehusó a desprenderse de las prendas y ornamentos que su madre le había obsequiado. Por más que e dijeron que podría usarlos una vez consumada la boda, Azucena se rehusó rotundamente y salió de la casa de entrega a internarse en el bosque. Justo la oportunidad que los secuestradores enviados por un tío del Príncipe Roderick esperaban. Llamaron a la Princesa y le hicieron creer que la ocultarían hasta que la fecha de la boda pasara. Pero habiéndose alejado un tramo, Azucena intuyó sus verdaderas intenciones y se vió perdida.
Fernand había seguido los pasos de la Princesa entristecida hasta el bosque, y había presenciado cómo los captores se llevaban a la Princesa. Justo cuando Azucena iba a ser asesinada, apareció Fernand por la espalda del homicida y le dió muerte de un tajo. Los otros hombres se acercaron y las rodearon. Fernand se interponía entre los captores y la Princesa. Uno de ellos trató de atacarla, pero Fernand lo repelió inmediatamente con varios toques de su espada.
—¿Quién eres entrometido?— preguntó uno de los hombres.
—Mi nombre es Fernand Victoriane de Gadeón, Capitán del escuadrón 3 de la Guardia Real del Príncipe Augustus Roderick y su prometida. Y si no me dicen inmediatamente quiénes son, lo pagarán con sus vidas—
—¡Maténlo!— gritó el que parecía ser el líder.
Se abalanzaron todos sobre Fernand, pero ella los atacó con gran destreza, inclusive con elegancia. Los derrotó en cuestión de segundos. Dos de ellos intentaron escapar, pero unos disparos acabaron con sus vidas. Fernand cubrió a la Princesa con su cuerpo mientras la llevaba hasta su caballo para devolverla a la casa de entrega.
—Os lo agradezco con todo mi corazón, caballero.— exclamó la Princesa ya fuera de peligro y aferrándose a su salvadora.
—Es mi deber, su Realeza. Es momento de que usted vaya a la casa de entrega para entrar a Yermen, Princesa.— dijo Fernand con seriedad.
—Lo sé. Espero me perdoneis mi flaqueza. No he debido alejarme de esa manera de la seguridad de mis guardias. Pero... Una vez en Yermen ¿Estaré segura?—
—Lamento no haberme presentado. Mi nombre es Fernand de Gadeón, soy el Capitán de su Guardia Personal, Realeza.—
—¡¿De verdad?! ¡Es maravilloso!— dijo y abrazó a Fernand con fuerza.
Fernand dejó a la Princesa en la casa de entrega, quien sin rechistar se vistió con los vestidos y ornamentos de Yermen. Su ropa y joyas fueron guardadas en un equipaje que llevaba en un carruaje. Ya preparada, salió de la casa con un vestido magnífico color violeta y de encajes rosas, con bordados en oro y joyas con diamantes resplandecientes. Azucena se despidió de sus soldados, y subió al carruaje Real que le enviaron para recogerla desde Yermen. A su lado iba su propia Guardia Real, protegiéndola. 45 hombres encargados de su cuidado ¡Nunca lo hubiera imaginado! Con ella iba una dama de honor que le iba explicando las tradiciones de Yermen e iba informándole de todo lo que la Princesa preguntaba.
—¿Qué sabe del Capitán? Me resulta interesante— dijo al observar a Fernand por su ventana.
—Oh, Fernand de Gadeón, sin duda el mejor soldado que tiene el Rey. Es todo una maravilla. Y posee una belleza poco común... Es realmente una pena que sea una mujer.—
—¡¿Qué?! ¿Una mujer dice?—
—Si, su Alteza. Fernand de Gadeón, Capitán del regimiento que la protege, es una mujer. Pero no por eso es débil o inferior, todo lo contrario. Tuvo la suficiente fuerza, valentía y bravura para enfrentar al mejor caballero experto en la espada y salir victoriosa de ello. Es formidable.—
—No lo dudo. Me lo ha demostrado hoy al salvarme de unos hombres que planeaban matarme.—
—¡¿Qué ha dicho?!—
—Descuidad, querida dama. Estoy totalmente ilesa gracias a... Ella.— en el fondo, Azucena admiraba profundamente a Fernand. Y no le quitaba la vista de encima.
—¿Será necesario decirle a nuestra nueva Princesa que usted es mujer, Capitán?— pregunta Gadilrroba, con aire jocoso.
—No lo creo.— respondió Fernand con su seriedad de costumbre.
—Pienso que es necesario hacérselo saber.—
—Eso lo veremos luego. Mientras tanto, vigila el camino, no vaya a ser que nos espere una mala sorpresa más adelante.—
—¡Sí!—
El carruaje Real pasa por varios pueblos y Azucena saluda al pueblo con emoción. El pueblo le devuelve los saludos con vítores de alegría.
—¡Capitán Gadilrroba!— grita un soldado acercándose a Axel y a Fernand.
—¡Más respeto soldado! ¡Yo soy su Coronel! Nuestro Capitán es... Fernand de Gadeón, es quién dirige nuestro regimiento.— dice Axel severamente.
—Mil disculpas.— dice el soldado dedicándole una mirada de decepción a su Capitán.
—Habla soldado ¿Qué es lo que informas?— dijo Fernand con una voz autoritaria que hizo temblar al soldado y al Coronel.
—Ma... Más adelante hay un grupo de revoltosos que pretenden atacar el carruaje— dice en soldado bajando la mirada.
—¿Cuáles son sus órdenes, Capitán?— insta el Coronel.— Debemos pasar por ese lugar, es el camino más rápido al Palacio.—
—Eso ya lo sé. ¡Soldados! ¡Nuevo informe!— gritó llamando la atención de los soldados— Revoltosos pretenden entorpecer el camino al Palacio. ¡Formación Cuadrada ahora! ¡Preparados para defender!— ordena Fernand, y como por inercia los soldados obedecen. —¡Coronel a la puerta izquierda, iré a la derecha!.—
Todos se posicionan. Y como se había predicho, en el camino había un grupo de enmascarados armados con piedras y espadas.
—¡Capitán!— grita la dama de honor al ver el grupo y al notar la posición que tomaron los soldados.— ¿Ques es lo que ocurre?
—Todo en orden. Solo unos alborotadores— responde Fernand con frialdad.
—Confío en vosotros— dice la Princesa.
Ya se acercaban al grupo.
—¡Batallón prepárense a disparar!— gritó Fernand.
—¿Pero qué haces?— gritó el Coronel espantado.
—¡Apunten de frente!— ordenó Fernand y se oyeron las protestas de los soldados. Pero obedecieron.
El grupo enmascarado estaba espantado. Los soldados también. Pero el grupo no cedía el paso.
—¡Aparténse del camino!— gritaron los soldados por orden de Fernand. Pero el grupo se preparó para lanzar las rocas.
—¡Soldados, fusiles a 70 grados! ¡¡Fuego!!— ordenó Fernand y los soldados dispararon al aire.
El grupo huyó despavorido y los soldados con el carruaje pasaron por entre ellos sin problemas.
—¡Retaguardia, vigila enemigos! ¡Flancos atentos al camino!— grita Fernand.
Todos estaban aliviados. Los enmascarados no se atrevieron a acercarse siquiera al carruaje. El camino continuó tranquilo hasta la capital de Yermen, Guarari.
—Creí que nos haría matarles, Capitán— soltó uno de los soldados al fin de un rato de contenerse.
—Eso es lo que quería que creyeran.— respondió con sencillez y sin el más mínimo ápice de emoción en su voz.—
—¿Sueles ser siempre así de fría Fernand?— criticó el Coronel.
—Eso no te interesa.— dijo con la misma voz, aunque un tanto severa.
—Lo mejor será que no cuestione a su Capitán, Coronel Gadilrroba. Lo sé por experiencia— le dice Antoine con una sonrisa incómoda.
—Me doy cuenta.— exclama Axel con un gesto de sorpresa.
—¡Soldados! ¡Presenten armas para la entrada de la Princesa al Palacio Real de Apamelia!— ordena Fernand. —¡Coronel y mi persona al frente!.—
Los soldados desmontan y se posicionan a los lados del carruaje y hacia arriba en la larga escalinata hacia el salón principal del Palacio. El Príncipe, el Rey y toda la Familia Real esperan en la parte superior. El cochero abre el carruaje y baja la dama de honor ayudada por el Coronel. Pero Azucena duda en bajar. Hasta que ve una mano de dedos delgados y delicados extenderse hacia ella. Azucena la toma. Era Fernand instándola a bajar de su mano.
—Estoy nerviosa.— murmuró en la puerta del carruaje sin bajar.
—Es perfectamente normal, su Alteza, ya le había dicho...— comenzó a decir la dama de honor muy parlanchinamente.
—¡Silencio!— le dijo Fernand. Luego miró fijamente a la Princesa. Y le habló suavemente:— Vamos, Princesa. Estaré a su lado y no dejaré que le ocurra algún mal.—
Y diciendo esto, volvió a extender la mano hacia ella. Azucena la tomó con una sonrisa. Y bajó del carruaje.
—Confío en vos, Capitán Fernand.— dijo mirando sus ojos.
Por alguna razón, Fernand y la Princesa tenían el mismo color de ojos y cabellos. Y eso inspiraba muchísima confianza en la Princesa. Ambas caminaron por la escalinata hacia donde el Rey y el Príncipe aguardaban.
—¿Qué debo decir? ¡De los nervios he olvidado todo!— murmuró Azucena aterrada.
—Saludos su Majestad Imperial, y luego hacéis una reverencia Princesa. Sólo eso. Tenga calma Alteza.— respondió Fernand murmurando tratando de no mover la boca. Y en el camino, por más que intentó soltarse, la Princesa se rehusó a soltarse de su brazo.
—Por favor, acompañadme hasta arriba, vuestra presencia me tranquiliza.—
—No puedo hacer eso. Debe soltarme tres escalones antes de llegar a la presencia de su Majestad. ¿La dama no se lo explicó? De hecho debía subir sola, su Alteza.—
—Lo sé, pero estoy aterrada.— suplicó Azucena.
—Estará bien Princesa, se lo aseguro. Estaré detrás de usted. No le pasará nada.—
—El hombre que quiso matarme dijo que era por orden del Duque no sé quién. ¡Estoy en peligro!—
—¡¿Cómo ha dicho?!— exclamó Fernand, que ya le costó mantener la compostura.
—Así es... Tengo miedo. No me dejes sola.—
—No lo haré. Pero tiene que recordar qué nombre le dijeron Princesa. Es de vital importancia. Sonría, el Rey nos mira fijamente— Azucena mostró una sonrisa perfectamente hermosa, aunque fingida.— Viene el escalón que le indiqué. No me moveré de aquí, lo prometo.—
—Confío en vos, Capitán Fernand.—
Al poner un pie en el escalón, Azucena soltó el brazo de Fernand y ésta se arrodilló delante del Rey. Azucena le dedicó una mirada de pánico.
—Suba, Princesa.— murmuró Fernand.
Azucena se metió en sus trece, y siguió subiendo las escaleras.
—Saludos, su Majestad Imperial y su Alteza Real— dijo Azucena en una reverencia en el penúltimo escalón.
—Saludos, Alteza Real Azucena de Andalacia, es un placer su llegada— dijo el Rey y Azucena subió al final.
Al llegar a dónde el Rey y el Príncipe la esperaban, los soldados soltaron el distintivo disparo de bienvenida tras la orden del Coronel. Azucena dió un salto de miedo, tropezó y fue a dar en los brazos del Príncipe, quien la recibió con delicadeza.
—¡Realmente lo lamento, Alteza!— dijo incorporándose y roja de pena.
—Descuide. A veces también me asustan los disparos.— afirmó el Principe, con mucha dulzura y también de mejillas rojas.
Azucena se apartó unos pasos de él e hizo una reverencia. El Príncipe correspondió y sus cabezas chocaron. Ambos se incorporaron adoloridos.
—¡Lo lamento!— dijeron al unísono.
—Augustus Roderick, ¿Es esa manera de recibir a tu prometida?— reprochó el Rey.
—Realmente lo siento.—
“Resultaron ser tal para cual” pensó Fernand aguantando sus ganas de reír.
—En fin... Querida Princesa, eres bienvenida a nuestro bello Reino. Espero que hayas tenido un excelente viaje.— dijo el Rey e inmediatamente Fernand, el Coronel y los soldados temieron lo que la Princesa contestara.
—¡Ha sido maravilloso! ¡Vuestro pueblo es hermoso y agradable! ¡ Pese a los problemas, vuestros soldados me han protegido como a piedra preciosa!— exclamó Azucena y los soldados soltaron el aire que contenían.
—Es usted una gema preciosa en nuestra presencia, Princesa, ¿No lo crees, Roderick?— dijo el Rey haciéndole un guiño al Príncipe.
Con mucha vergüenza el Príncipe sacó una rosa blanca de bordes fucsias (una apamelia, la flor nacional y única de Yermen) que traía, rosa cuyo color natural solo era posible en Yermen.
—Es usted una Princesa hermosa y encantadora— dijo y besó la mano de Azucena para luego entregarle la apamelia.
Azucena enrojeció nuevamente. El Rey le presentó a la Familia Real. Luego, tomada de su brazo, la Princesa y el Príncipe entraron en el Palacio, con los vítores de los soldados. La familia Real entró más atrás. Pero el Rey permaneció en su sitio. Llamó a Fernand a su presencia.
—¿A qué problemas se refiere la Princesa, Capitán Fernand?— interrogó el Rey.
—Como era de esperarse, un grupo de alborotadores quisieron atacar el carruaje, pero fueron repelidos.— Dijo Fernand con seriedad, confiada y tranquila.
—¿Les mataron?—
—No, Majestad. Sólo eran pueblerinos.—
—Pues muy mal hecho. La próxima, no quiero que sobrevivan. ¿Algo más que mencionar?—
—Sí. En el bosque cercano a la casa de entrega la Princesa sufrió un intento de asesinato. Había salido a tomar aire en el bosque y unos hombres intentaron asesinarle. Esos si fallecieron, pero no todos por mi mano. Dos de ellos fueron asesinados por alguien más que desconozco. Solo eso, Majestad— dijo Fernand firme, aunque por dentro temblaba.
—Quiero un informe bien específico del tema... Y los posibles sospechosos.—
—Si, Majestad.—
—Y Fernand...—
—Indique, Majestad.—
—Te quedarás con la Princesa mientras se adapta. Avisa a tu familia. Te quedarás con la Princesa durante dos días y no la dejarás sola. Tú presencia parece tranquilizarla.—
—Si, Majestad.—
—Confío en que cualquier circunstancia me será avisada, Capitán.—
—Así será, Majestad.—
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Editado: 21.01.2026