Flores del Palacio de Yermen

Capítulo 4: Una Amiga

Dentro del Palacio de Apamelia, Azucena caminaba sujeta al brazo del Príncipe. Estaba muy nerviosa.
—¿Le sucede algo, querida Princesa?— preguntó el Príncipe.
—Es que... Me encuentro muy nerviosa y asustada.—
—Resista un poco más, cuando mi padre anuncié su llegada y brindemos, daré excusas y haré que la acompañen a su habitación— dijo con mucha dulzura en su voz.
Azucena agradeció su gesto. La Corte se aglomeraba alrededor de los Comprometidos. Azucena buscaba entre las nuevas caras, un rostro en específico. Y su mirada se iluminó cuando lo vió. Fernand estaba parada recostada en una columna del salón mirando a la Princesa con una sonrisa.
—¿También te agrada?— le preguntó el Príncipe.
—¿La Capitán? Sí, mucho. Me siento muy segura con ella cerca—
—Yo también. Su familia ha protegido a la Familia Real durante generaciones y Fernand ha jurado protegernos con su vida. Ella es sencillamente formidable. Le pedí a mi padre que te proteja personalmente, Princesa. Así te sentirás a salvo los primeros días. Solo puedo confiarle a ella tu cuidado. Gracias a Dios es mujer, y tiene nuestra edad—
—Si, gracias a Dios... ¿Nuestra edad?—
—Si Princesa, Fernand arribó a los 15 años apenas esté 14 de junio.—
—Ya veo... Ese día también fue mi cumpleaños.—
—¡Qué grandiosa casualidad!—
—¡Su atención por favor!— gritó el Rey desde el trono. — Hoy celebramos la llegada de nuestra hermosa y querida Princesa Azucena de Andalacia. Querida Princesa, su llegada representa paz, amor y hermandad entre naciones. ¡Saluden ustedes, Corte de Yermen, a su futura Reina!—
—¡Salve, Prichensa!— gritó la Corte rompiendo en sonoros aplausos y vítores.
Azucena alcanzó a notar a tres nobles en la multitud que la veían con odio. Fernand también los vió. Eran la Condesa de Maldioren, primera concubina del Rey; el Duque Abdinoren, hermano del menor del Rey; y el Duque Augustus Gabriel, hermano mayor del Príncipe, quien sería el heredero al trono de haberse comportado con dignidad, pero dados sus actos hostiles, se le fue quitado ese derecho. Los tres veían a la Princesa recién llegada con odio
—Padre, mi hermosa Prometida se halla muy exhausta por el viaje, te ruego la dejes ir a su habitación a descansar— le pidió el Príncipe.
—Está bien, pero recuerde querida Princesa que debe estar para la cena y el baile está noche— dijo el Rey solemne.
—Si, Su Majestad. Realmente se lo agradezco— dijo Azucena con una reverencia.
—Por favor, avísame cualquier cosa que necesites y cualquier cosa que te acontezca. Y si te sientes mal, avísame e iré a acompañarte como prometí— dijo el Príncipe besando su mano.
—Si. Realmente se lo agradezco.— dijo Azucena dedicándole una sonrisa.
Lo había olvidado, en las cartas que se habían estado escribiendo esos últimos 3 años, Roderick le había prometido ser su mano de soporte, su compañero y quién la acompañase siempre. Ella prometió cuidarlo, quererlo y respetarlo, y ser la Reina que su pueblo necesita. Fueron promesas que los habían acercado el uno al otro. Las sirvientas y damas de honor llevaron a Azucena hacia su habitación. En la puerta de la misma estaba Fernand aguardando. La princesa entró a su nueva habitación y quedó maravillada por la decoración que se le había hecho. Estaba sencillamente feliz.
—¿Su Alteza desea comer algo?— preguntaron las sirvientas.
—Si, me gustaría.— respondió Azucena algo incómoda.
—¿Qué quisiera comer?—
—Pues... No es apropiado que coma mucho antes de la cena, pero dado a que no he probado bocado desde la mañana... ¿Será bueno comer algunas frutas?—
—Sugiero que tome algún jugo frutal, Princesa— dijo una de las damas.
—¿O qué tal un té de rosas?— sugirió una sirvienta.
—¿Ustedes toman té de rosas?— preguntó la Princesa, haciendo que Fernand contuviera la risa.
—¿O tal vez un Brownie?—
—¿Qué tal un pastel?—
—¿Y no querría una natilla?— decían todas al mismo tiempo.
—¡Mejor un batido!— ya era tanto el escándalo que Azucena se cubría los oídos y estaba a punto de huir.
—¡A callar!— gritó Fernand y todas guardaron silencio. Azucena estaba muy asustada. Fernand se acercó a ella y tomó su mano.— Lo lamento Princesa.—
—Descuidad. Os lo agradezco, Capitán Fernand.— dijo más tranquila.
—¿Y si sólo toma algo de leche con un pan de chocolate?—
—¡Sí! Me gustaría. Gracias.— dijo.
Las sirvientas corrieron a buscar el pedido, mientras que las damas de honor se escandalizaban por ofrecerle a la Princesa algo tan simple. Pero solo murmuraban.
—¡Señoras! La Princesa ha enfrentado un largo viaje, muchas emociones e inclusive preocupaciones. Se les agradece dejarla descansar y venir en unas horas para ayudarla a prepararse para la cena y el baile. Por los momentos, lo mejor será que la dejen descansar.— dijo Fernand, muy firme pero con respeto.
—Tiene razón. Lo sentimos Alteza. Regresaremos en un rato. Descanse, con permiso.— dijeron y se retiraron una a una tras una reverencia.
En eso llegaron las sirvientas con lo pedido, y al dejarlo también se retiraron. Azucena tomó de la leche y comió del pan.
—Oh... Es realmente delicioso vuestro chocolate. Le agradezco que lo sugiriera, Capitán.—
—Descuide.—
Azucena devoró el pan en cuestión de 5 minutos. Y se sintió avergonzada delante de Fernand.
—Es... Usualmente no como mi comida de esa manera, es que en verdad estaba hambrienta.— dijo tratando de excusarse y muy apenada.
—No se preocupe Princesa. No tiene nada de qué avergonzarse delante de mí.— dijo Fernand seria y de pie junto a ella.
—Por favor toma asiento Fernand.— le dijo.
La petición sorprendió a Fernand.
—¿A qué se debe vuestra expresión?—
—No es nada.— dijo y se sentó en la silla al lado de la Princesa.
Azucena se recostó de su brazo y lo abrazó. Tanto cariño incomodaba muchísimo a Fernand.
—Hasta hace un momento me encontraba muy asustada y con desesperación. Con vos cerca, todas mis inquietudes de alejan.—
Fernand agradeció lo que aseguró como un halago y acarició el cabello de la Princesa.
—Querida Capitán, pareciese que no estuvierais acostumbrada a recibir halagos ni afecto.—
—No lo estoy—
—¿Por qué no?—
—Mi crianza estuvo basada en que debía convertirme en soldado y protegerla, Alteza. Jamás se me permitió sentir afecto ni recibirlo. Se me crió para que actuara y pareciera un hombre.—
—¡Eso es terrible! Lo que me estáis diciendo es una verdadera barbaridad.—
—No es de vital importancia, Alteza. Todo eso ha servido para convertirme en un oficial digno de que se me halla asignado la función de protegerla, Alteza.—
—Pero Fernand...—
—Realmente no es importante.—
—Fernand... Me gustaría que fuésemos amigas.— dijo y Fernand sonrió con ternura.
—Princesa, no creo que sepa exactamente lo que está diciendo. Las amigas de la Reina, o de la heredera son mujeres con un cargo mayor incluso que el de las damas de honor. Yo no podría ocupar esa posición. No se me ha instruido para ello.—
—¿Para ustedes el nombre de “amiga” es un rango político?— preguntó a punto de poner el grito en el cielo.
—Exactamente, aunque no político, sino aristocrático.—
—Quisiera que fueras mi amiga... Pero una amiga de verdad. De esa amistad que se cultiva con recuerdos, con afecto y confianza. De esa amistad que perdura con los años y sobrepasa cualquier adversidad. De esa amistad, que no importa la distancia, siempre sabré que estareis allí para mí y yo para vos. Esa amistad verdadera que yo nunca he tenido.—
—Tampoco yo. Lo más cercano que tengo a un amigo, es Antoine, mi compañero. Pero nunca he tenido una amiga.—
Azucena levantó la mirada para mirar a Fernand a los ojos. Ella sonrió.
—Seremos amigas, Alteza.— sentenció.
—¡Sí! ¡Gracias Fernand!— dijo y se abalanzó sobre ella en un abrazo, lo que incomodó mucho a Fernand. Pero terminó riendo y correspondiendo al abrazo.
—Será mejor que descanse, Alteza. Deberá estar dispuesta más tarde para la cena y el baile. Tengo órdenes de acompañarle hasta el día de la boda. Mientras usted descansa, yo redactaré el informe que el Rey me pidió.—
—¿Informe?—
—El Rey me solicitó uno sobre lo acontecido en el camino hasta acá. Princesa, ¿Aún no ha recordado el nombre que le dijeron sus captores?—
—Sé que hablaron sobre un tío del Príncipe, el Duque... ¿Albioren? ¿Absioren?—
—¿No será Abdinoren, Alteza?—
—¡Sí! Ese mismo... ¿Quién es?—
—El hermano menor del Rey... No se preocupe, avisaré al Rey de los que me ha contado y él tomará cartas en el asunto.—
—Ojalá...—
—Pierda cuidado. Ahora descanse, Princesa. Voy a redactar el informe—
Azucena se acostó en la cama y pronto se quedó dormida. Fernand se sentó en una mesita junto a la ventana y comenzó a escribir el informe. Algo llamó su atención afuera, en el jardín del palacio. El Duque de Abdinoren y el Duque Augustus Gabriel estaban reuniendos afuera con otros 5 hombres que vestían de negro. El Duque Abdinoren parecía molesto, pero tras conversar, les dijo algo y señaló hacia la habitación de la Princesa, justo en el ventana en la que Fernand los veía. Por suerte, Fernand estaba detrás de una cortina y no advirtieron que estaba allí. Los hombres se fueron y el Duque Abdinoren, tras mirar a los lados, se marchó hacia dentro del palacio. El Duque Augustus Gabriel lo siguió. En eso, llamaron a la puerta.
—¿Quién?— preguntó Fernand con cautela.
—Soy Antoine, Capitán Fernand.—
Fernand abrió la puerta y salió.
—¿Sucede algo?—
—Tu madre te ha enviado ropa de dormir y almuerzo, Fernand.— dijo entregándole un bolsito.
—Muchas gracias Antoine. Por favor agradécele a mi madre de mi parte.—
—Lo haré— dijo Antoine y tartamudeó.
Fernand sabía qué significaba eso. Fueron a un lugar más privado.
—Mientras venía, oí al Duque Augustus Gabriel y al Duque de Abdinoren decir que debían eliminarte, Fernand. Dijeron que el Rey te había nombrado protectora de los futuros Reyes. Y dijeron algo de intentar matar a la Princesa, lo que provocaría una guerra y la excusa perfecta para derrocar al Rey Augustus V. Pero claro, deben eliminar al Príncipe Roderick antes.—
—Así que esa es su intención.— por un momento, Fernand vislumbró a su país envuelto nuevamente en una guerra más violenta que la anterior. Y a su Amiga cubierta de sangre y agonizante.
—Por favor, cuídate las espaldas Fernand. Eres su primer objetivo.—
—Lo sé. Saben que no permitiré que logren tocar a los príncipes.—
—Exacto. Ten cuidado Fernand. Mándame a buscar si necesitas ayuda. Te ayudaré en todo lo que necesites.—
—Gracias Antoine. Te avisaré si necesito tu ayuda.—
—De acuerdo. ¿Quieres que avise a tu padre o al Coronel Gadilrroba?—
—No. Aún no.—
—Está bien. ¿Te traigo armas?—
—Traeme el arco y flechas.—
—¿Segura?—
—Sí—
Antoine se va. Fernand vuelve a entrar a la habitación y cierra la puerta tras de sí. Terminó el informe. Luego se quedó pensando en las palabras de Azucena mientras comía. “Amigas... Creí que mi futura soberana me saldría con cualquier cosa, menos con eso... Ya el Príncipe Roderick me había dicho lo amable y humilde que podía se la Princesa... Pero ahora soy su amiga ¿Qué se supone que hacen las amigas? ¿Conversar? ¿Jugar con muñecas? No tengo ni idea. Jamás había tenido una amiga. Sabía que mi nuevo puesto me traería nuevas experiencias, pero nada como esto. Sin embargo, tengo muchas cosas en qué pensar ... Cómo por ejemplo qué haré para desarmar los planes del Duque Augustus Gabriel y el Duque Abdinoren. Por los momentos avisaré al Rey, él tomará las medidas correspondientes. Mientras, yo protegeré al Príncipe Roderick... Y a mí amiga...“ El solo pensarlo llenaba a Fernand de distintas emociones encontradas. En ella surgía la incomodidad de que jamás había tenido a alguien que le abrazara ni le halagara tanto, pero eso también la hacía llenarse de cariño. Se sentía muy feliz, pero a la vez confundida y bajo algo de estrés. Sus pensamientos daban vueltas y no podía serenarse. Ahora tenía una amiga de cuya protección era responsable. Azucena confiaba profundamente en ella. ¿Qué haría ahora? ¿Qué pasará más adelante?. Eran un montón de cosas que pasaban por su mente como un torbellino. Pero lo que sí era cierto, es que Azucena veía en Fernand la primera cara de confianza en un mundo desconocido, y Fernand veía en Azucena el primer rayito de cariño y comprensión en su mundo de negación y hostilidad.
—Querida Fernand ¿Vos no habiais almorzado?— dijo Azucena recién despertando y con preocupación en su voz.
—No se preocupe, Alteza.—
—Ay Fernand...—
—Descuide.—
—¿Ya es hora de prepararse para la cena?—
—Falta un poco. ¿Le indico a las sirvientas que vengan?—
—Si, por favor.—
Fernand se levantó y tocó una campanita colocada en el lado derecho de la puerta de la habitación. El sonido viajó hasta la sala de las sirvientas, quiénes corrieron a la habitación seguidas de las damas de honor.
—¿Ha descansado algo su Alteza?— preguntó una de las damas de honor.
—Si, he descansado maravillosamente. Os he llamado porque considero que es momento de que comience a prepararme para la cena.—
—¡Naturalmente Alteza! ¡Es usted muy sensata!— le dice otra dama.
—¿Qué aspecto quiere proyectar esta noche?—
—¿Cómo ha dicho?— dijo Azucena ofendida.
—Alteza, se refiere a cómo quiere lucir, ella no pretendía faltarle el respeto. Esa es la manera de preguntarle cómo quiere lucir...— dice Fernand conteniendo la risa. Azucena soltó una carcajada.
—¡Oh, ya veo! ¡Realmente lo siento!— dijo entre risas.
—Capitán Fernand, ¿He dicho algo malo?—
—En las costumbres de la tierra natal de nuestra Princesa, usted ha insinuado una obscenidad.—
—¡Por la madre de Jesucristo!— exclamó la sirvienta y Azucena siguió entre risas.
—No os preocupéis— dijo finalmente serena después de que su rostro se tornó rojo de tanto reir y de contagiar a algunas damas de su risa.— Hay que ver los malentendidos que ocurren por el léxico de cada nación ¿Verdad? — afirmó y volvió a reír.
Está vez, todas las presentes rieron, incluso Fernand que sólo lo demostró con una sonrisa. Su nueva amiga era realmente dulce. Entonces, recordó las pretensiones de los Duques y volvió a imaginar a la Princesa siendo perseguida y asesinada. No, el solo pensarlo la atormentaba. “No lo permitiré. No pasará mientras yo viva”.




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