Las sirvientas rodean a Azucena y comienzan a hablarle sobre telas, vestidos, joyas y un montón de cosas. Fernand pide permiso y se retira de la habitación. Tanta habladuría altanera es mucho para ella. Se asomó a una ventana. El aire que pasaba por las rosas y apamelias del jardín estaba llena de su fragancia. El viento pasó por la ventana y llenó a Fernand de su fragancia. Su cabello suelto se meció al compás de la brisa, dándole un aspecto femenino y angelical.
—Hay que ver que lo inalcanzable es lo más llamativo a nuestros ojos. ¿Será usted hija de dioses, mi Lady?— se escuchó al fondo del pasillo.
Fernand escucha la voz, pero no distingue quién es el dueño de la misma. De atrás de una columna emerge la figura de un hombre alto, de porte aristocrático y apuesto. Pero su presencia alerta a Fernand. Era el Duque Alexander de Abdinoren. Se acercó a Fernand y miró también por la ventana.
—Falta poco para que las apamelias florezcan finalmente. ¿Cuál es su favorita, Lady Fernand?—
Fernand no respondió nada. Debajo de su capa, el Duque mantenía la mano en el puñal de su espada. Podía atacar en cualquier momento.
—Quería preguntarle una cosa, Capitán.—
—Diga, Lord Duque.— dijo con cautela.
—¿Es verdad que tiene usted prohibido el siquiera ser cortejada por un hombre?—
—Es cierto.—
—Es una lástima.—
—¿Disculpe?— el Duque sonrió con arrogancia.
—Le aconsejo renunciar pronto a su carrera de Capitán, mi Lady. Sería espantoso que algo le ocurriera en el cumplimiento de sus funciones...—
—¡¿Qué?!—
El Duque soltó el puñal de la espada para tomar a Fernand de la mano derecha.
—Debería renunciar pronto a sus funciones, Lady Fernand. Inclusive al ejército. ¿No le gustaría convertirse en mi Duquesa?—
Fernand estaba en shock. El Duque de casi 34 años y a quien Antoine había oído hablando de matarla le estaba proponiendo matrimonio. ¿Qué se traía entre manos? La sola incertidumbre hacía que a Fernand se le acelerase el corazón. Pero finalmente respondió con toda serenidad.
—No creo que su Alteza desee a un oficial a su lado. Y espero que su Alteza entienda que he jurado proteger a los futuros Reyes de todo mal aún a costa de mi vida y nada me hará cambiar de posición.— el Duque soltó su mano.
—Eso es lo que me temo, Lady Fernand. Y me sería un honor tener a una mujer de su ímpetu y valor a mi lado. Pero me temo que ha usted elegido otro camino... Pues bien. No queda remedio alguno. Me habría encantado que me escucharas, Bela Minerva—
El Duque se alejó cabizbajo. Fernand entró a la habitación. Aún las sirvientas rodeaban a Azucena, quien se veía encantada con lo que las damas de honor le mostraban. Fernand tomó el informe y salió a la presencia del Rey. Éste se encontraba en su habitación. A la llegada de Fernand, el Rey le pidió a todos los sirvientes que salieran. Incluso su concubina, la Condesa de Maldioren, fue sacada de la habitación por el Rey. Ésta salió echando humo y dedicándole a Fernand una mirada de odio.
—Has elaborado el informe eficientemente, Capitán. Un buen trabajo— dijo el Rey con el informe en las manos. Fernand estaba de pie frente a él.
—Se lo agradezco Majestad.—
—Dime una cosa Fernand: ¿Qué crees tú que está ocurriendo internamente? ¿Porque Alexander querría matar a la Princesa Azucena?—
—Sobre eso quería hablarle. Mi escudero, Antoine Bursson, escuchó hablar a los Duques Abdinoren y Gabriel al respecto. Decían que debían acabar con la Princesa para provocar una guerra por venganza, para luego matar al Príncipe Heredero. Cuando esto pasara, instarían al pueblo para derrocarlo a usted, Majestad, e instaurar el gobierno del Duque Abdinoren. Eso después de acabar conmigo— dijo Fernand, pronunciando la última frase en voz muy baja, aunque el Rey igual la escuchó.
—Lo que me estás diciendo es muy grave Fernand... Pero me resulta extraño.—
—¿Qué cosa, Majestad?—
—El Duque Alexander hace dos días me pidió permiso para cortejarle, Capitán. Pero a petición de su padre, me negué.—
—Es un alivio— dijo y el Rey no pudo contener la risa.
—Fernand...—
—Diga Majestad.—
—¿Te das cuenta de que lo que me estás diciendo es gravísimo?—
—Por eso se lo informo, Majestad. Es altamente preocupante lo que se está gestando—
—Se está gestando una conspiración extraordinariamente peligrosa, Capitán. Tome asiento.—
Fernand obedece. Pero en vez de sentarse correctamente, su preocupación la obligó a tomar la posición pensativa del Rey, aunque mucho más tensa y alterada. El Rey lo notó. Por la cabeza de Fernand pasaron miles de cosas en un solo segundo.
—Guarda calma, querida Capitán.—
—Si, Majestad.—
—Fernand... ¿Qué haremos para desintegrar esta conspiración?— Fernand guardó silencio— se trata de la vida de mi hermano y de mi hijo en contra del futuro y bienestar de la nación... Además de la vida de Roderick y la Princesa... ¿Qué deberíamos hacer?—
—No tengo una respuesta para ello, Majestad. Pero lo que sí sé, es que mientras solo sea una conspiración y no pase a mayores no se pueden tomar medidas rígidas. Sugiero, Majestad, aguardar un poco hasta que sean evidentes sus intenciones y la Corte no se levante en contra de usted por supuesta dictadura.—
—Me has dado una buena advertencia, Fernand. Pero eso no resuelve el peligro inminente en el que se encuentra la Princesa Azucena y mi hijo Roderick. Y usted, Capitán Fernand.—
—Eso lo entiendo perfectamente, Majestad. Y también cabe destacar que la pretensión de los conspiradores es acabar primero con la Princesa, que se arme la guerra y luego con el Príncipe. Y tendría sentido, dado que al eliminar al Príncipe Roderick antes de la boda conseguirían únicamente que la Princesa volviese a casa. No les sirve de nada atacar al Príncipe aún comprometido. Pero la Princesa si corre peligro, pero de eso me ocuparé yo. No permitiré que algo le ocurra a la Princesa Azucena.—
—En eso confío Capitán. Fernand: consígueme un prisionero. Si me consigues a uno de sus cómplices les haremos hablar y tendremos pruebas suficientes para... Determinar el castigo de los conspiradores.—
—¿Majestad...?—
—Fernand, si hay algo duro en esta vida es tener que elegir entre el corazón y el deber. Mi corazón pide que sea mentira y no tener que reprender a miembros de mi familia, pero mi deber como Rey me indica que si alguien atenta o pretende atentar contra la paz de la nación, esa persona debe de ser castigada sin piedad... Oh, querida Fernand... Dado tu proceder, estoy seguro de que entiendes a lo que me refiero.—
—Si, le entiendo Majestad. Aunque sus responsabilidades son mucho mayores que las mías y su manera de afrontar y aceptar sus deberes mucho más nobles que la mía.—
El Rey sonrió con ternura.
—No estoy de acuerdo, pero te lo agradezco, Fernand de Gadeón.—
—Para servirle—
—Fernand... Te pido por favor que cuides de mi hijo y mi futura nuera... Pero sin olvidarte de que también eres humana y mujer y que tú vida también vale.—
—Su Majestad...—
—No quiero reproches al respecto. De no ser necesario no quiero que corras riesgos. Tú padre no resistiría perderte. Tú madre no resistiría perderte. Ten en cuenta eso.—
—En cuenta está, Majestad.—
—Lo dudo. Te encuentro muy impetuosa, Fernand. Eso te podría jugar en contra.—
—Lo tendré en cuenta.—
—Eso espero. Lamentaría mucho que se perdieran los dones que el Creador puso en ti. Puede retirarse, Capitán Fernand—
—Si, Majestad.— Fernand se levanta, hace una reverencia seguida de un saludo militar y se da vuelta para retirarse.
—Y Fernand— dice cuando ya ella sostiene la manilla de la puerta— nadie debe saber lo hablado aquí—
—Si, Majestad.—
Fernand sale de la habitación. Unos pasos más adelante, se cruzó con la Condesa de Maldioren, quien se paró delante de ella y no la dejó avanzar.
—¡Sería justicia! ¿O es que pretendías quedarte toda la tarde y noche con el Rey?— reprochó la Condesa con gran altanería. Pero Fernand la ignoró. —¡¿Te atreves a ignorarme?! ¡Es que eres maleducada! ¿Qué te enseñaron en tu casa?—
—Costumbres varoniles y que al hablador se le deja hablar, pero no se le presta atención— dijo con total paz, con seriedad y haciendo reír a los sirvientes.
—¿Co... Co... Cómo te atreves?—
—Con permiso, Condesa.— dijo Fernand pasando por su lado sin más.
—Serás arrogante, niñata.— exclamó encolerizada la Condesa.
Y sin embargo, Fernand le hizo caso omiso y se marchó. Al llegar a la habitación, aún las sirvientas estaban debatiendo con Azucena qué atuendo debería usar. Pero la Princesa se veía preocupada y muy estresada.
—¡Habéis vuelto! ¡Será el Creador que te ha enviado!— dijo y se lanzó hacia Fernand.
—¿Qué ocurre?— dijo, pero cuando se dió cuenta ya tenía a Azucena de nuevo abrazándola.
—La Princesa se siente presionada por qué apariencia lucir está noche.— explicó una sirvienta.
—¿Debo suponer que es más que eso?— preguntó Fernand y Azucena asintió.— Vale. ¿Cómo le ayudo, Princesa?—
—Ayudadme a elegir—
—Pero Alteza, usted sabe que no sé nada al respecto.—
—¡Entonces sólo a entender a éstas damas! Es que me dicen que si luzco muy elegante, la Corté me tildará de arrogante. Muy extravagante, de presumida. Muy jovial, de infantil. Muy llamativa, de exagerada. Muy simple, de humilde proceder. Muy delicada, de inútil. Muy...—
—Pero bueno... ¿Ustedes si entienden que su deber es hacerle las cosas más fáciles a la Princesa verdad? ¡Están haciendo todo lo contrario! Ya dejen de agobiarla.—
—Eso mismo dije yo.— dijo una de las sirvientas que, anteriormente, era de proceder muy pobre.— Yo opiné que debía lucir entre elegante y jovial, pero todas me mandaron a callar.—
—Es que es mala idea— exclamaron las otras sirvientas.
—¿Elegante y jovial? ¿Cómo lograreis eso?— pregunta Azucena con esperanza.
—Con vestidos primaverales de colores fuertes y encajes florales delicados y claros.— dijo pasando al frente tres vestidos, uno azul cielo intenso, uno lila y uno rosa.— Yo diría que el azul.—
—Yo voto por el rosa. Se ve más jovial, pero respetable.— indicó Fernand.
—¿No dizque no sabiais nada al respecto Capitán?— dijo la Princesa riendo en tono bajo. Fernand se sonrojó ligeramente
—Usted me pidió opinión.— respondió.
—Y vuestra opinión es acertada, Capitán. Pero quisiera saber qué opináis vosotras— dijo a las sirvientas.
Por mayoría de votos, ganó el vestido rosa. Las sirvientas se lo colocaron con mucho cuidado y delicadeza a la Princesa. Luego mientras una la peinaba, la otra le ponía las joyas, la otra los zapatos y así entre todas la arreglaron en poco tiempo. Una de ellas pintó sus labios con pintura fucsia, lo que la Princesa no aceptó.
—Alteza, es que según la tradición, las doncellas deben llevar los labios pintados según su estado. Amarillo/naranja para las niñas, rosa pálido para las doncellas solteras, fucsia para las doncellas comprometidas y rojo para las damas ya casadas.— indicó Fernand.
—¿Pero eso no aplica para vos, verdad Capitán?—
—No.—
—Lo que habéis vivido es sin lugar a dudas una injusticia. Y lo sigue siendo.— exclamó Azucena con gran tristeza y todas guardaron silencio.
—Si no fuera así, no le habría conocido, Princesa. Realmente no tiene importancia alguna. Descuide— respondió Fernand y el rostro de Azucena se iluminó.
En eso entra como una bestia la Condesa de Maldioren a la habitación.
—¡Vaya! ¡Pero miren que gran trabajo han hecho señoras!— exclamó con sarcasmo dirigiéndose a las damas de honor.
—Condesa ¿Ocurre algo?— preguntó Azucena con muchos nervios.
—¡Oh Princesa! Si supiera la clase de mujeres que le rodean. ¡Mire como le han hecho vestir!— exclamó y soltó una carcajada.
—¿Qué clase de mujeres? ¡Miren quién habla!— exclamó una de las damas.
—No caigan ante sus provocaciones. Recuerden que suele ponerse celosa cuando se le presta más atención a otra dama que a ella— indicó Fernand con un vejo de fastidio en su voz.
—Serás inepta, niñata. ¿Qué sabrás tú al respecto?— exclamó la Condesa llena de cólera.
—Lo suficiente para indicarle que si no se retira pronto, me veré obligada a llamar a su Majestad y acusarle con él por sus intenciones de mal poner a la Princesa.— exclamó Fernand firme, con mucha autoridad y dureza.
La Condesa retrocedió un momento. Pero luego sonrió con arrogancia.
—¿Mal poner a la Princesa? Eso es innecesario... Dado el vestido que eligió, quedará... Muy humillada ante la Corte...—
—¿Así? ¿Según usted porqué?— dijo una dama de honor en tono de burla.
—¡No te metas! Le hablo a... El Capitán. No sé ni porque hablo contigo de esto, como si supieras de moda. ¡Princesa!— dijo y trató de acercarse a Azucena. Pero Fernand se lo impidió.— ¿Te quitarás del medio, verdad?—
—No, no pienso hacerlo. Por favor retirése, Condesa.—
—¿Disculpa?—
—Dada su actitud, y su innegable insistencia en mal poner a las damas de honor y su intento de acomplejar y humillar a nuestra futura soberana, me veo en la obligación de pedirle que se retire o pedir a los guardias que la hagan retirar.— dijo Fernand con una autoridad enorme, firme y con respeto.
—¿No lo hará en serio verdad?— preguntó a la Princesa.
—Estoy muy segura de que lo hará— respondió Azucena, con las manos sujetas en el pecho y carita angustiada.
—¿No lo harás, verdad Fernand?—
—Si, estoy a punto de hacerlo. Por favor Condesa. Le acompaño a la puerta—
—¡Descuida! ¡Sé exactamente dónde queda! ¡El Rey se enterará de esto!— le gritó a Fernand, quien ni se inmutó. Al ver esto, la Condesa exclamó: —¡Yo que tú no sería tan arrogante, Capitán! ¡Recuerda que Augustus Quinto aún es el Rey y yo su mujer! ¡Cualquiera que me humille a mí, se estará enfrentando al Rey! Además... ¡Esa chiquilla no llegará a ser Reina de Yermen!—
—¡Basta! ¡Un insulto más a la Princesa y tendrá que ser juzgada por un tribunal judicial por delito de discriminación, falta de respeto a la Corona y por crimen de guerra! ¡Usted ha levantado una amenaza directa contra la Princesa y todas estas mujeres son testigos de sus palabras! ¡Retirése ahora!— exclamó Fernand con voz fuerte, firme y seria. Tanto que los humos de la Condesa bajaron inmediatamente y se retiró de la habitación casi temblando.
Y al salir de la habitación, se encontró cara a cara con el Rey. La Condesa se echó a llorar ante él.
—Oh Majestad. ¡He querido hacerle un favor a la Princesa y he sido humillada por la Capitán esa de Gadeón! ¡He sido humillada!— dijo y rompió a llorar.
—Camile... Ve a tu habitación. No quiero que te presentes en el baile, así recapacitarás sobre tu conducta.— dijo el Rey y a la Condesa casi se le sale el alma.— Apenas entraste de improvisto, las sirvientas fueron a llamarme. ¡He escuchado todos tus insultos! ¿Cómo se te ha ocurrido tratar de esa manera a la Princesa recién llegada, quien gobernará el país junto a mi hijo luego de mi muerte? ¿Acaso enloqueciste?—
La Condesa corrió llorando a su habitación. Cerró la puerta con llave y comenzó a tirar todo y destruir todo a su paso. El Rey pidió permiso para entrar a la habitación de la Princesa y, tras preguntar, Fernand en la puerta se lo autorizó.
—¿Escuchaste eso, Gadeón? Tal parece que sabe algo.— le susurró el Rey.
—Eso ha dado a entender. ¿Tendrá algo que ver o planeará algo de manera individual?—
—De ella me ocupo yo.— dijo el Rey esta vez levantando la voz.
—Si Majestad.—
Al escuchar la voz del Rey, las damas de honor, las sirvientas y la Princesa se levantaron e hicieron una reverencia.
—Querida Princesa, estoy tan avergonzado con usted por la actitud de la Condesa. Ruego en su nombre acepte mis disculpas.—
—No os preocupéis Majestad. Realmente no ha llegado a ofenderme, y las damas de honor y Fernand se han asegurado de defenderme. Sin embargo, si es lo que desea escuchar, acepto vuestras disculpas dirigidas a mí Majestad.—
—Se lo agradezco muchísimo, Princesa.— dijo y besó su mano.— Debo decir que ha escogido un magnífico vestido para la cena. Muy apropiado también a decir verdad.—
—Se lo agradezco Majestad, aunque el mérito lo merece esta sirvienta quien lo ha propuesto y las damas y sirvientas quiénes me han ayudado a decidirme por él y a usarlo por vestimenta.— dijo Azucena y el Rey admiró su dulzura y su humildad.
—Verdaderamente es usted una Princesa encantadora. Espero se mantenga así siempre. La veré en la cena Real.—
—Así será Majestad.—
—Con permiso— el Rey hace una reverencia y camina hasta la puerta. Y con una voz muy seria y hasta hostil continuó diciendo:— Capitán Fernand, por favor acompáñeme.—
—Si, Majestad. Con permiso, Princesa— dijo Fernand y salió detrás del Rey.
Las sirvientas están asustadas.
—Sin lugar a duda, le va a castigar o reprender— se decían unas a otras.
Por otro lado, de vuelta a la habitación del Rey.
—Fernand, esto es serio.—
—Degraciadamente, Majestad.—
—¿Realmente la Condesa estará involucrada y sabe algo?—
—Durante la presentación alcancé a ver a la Condesa viendo a la Princesa con gran ira en sus ojos. Si no está involucrada en la conspiración, posiblemente esté tramando algo más. Supongo que se debe a que con la llegada de la Princesa su estatus se ve amenazado. Pero no creo que sea capaz de atentar contra la vida de la Princesa, Majestad. La Condesa puede ser cruel, sí, pero no la creo capaz de atentar contra la vida de la Princesa. Tampoco de aliarse con los Duques. Supongo que pretende ensuciar el nombre de la Princesa para mantener su estatus.—
—¿Así que sabes mucho de mi Concubina eh? Estás confirmando los rumores qué he oído. Te lo estabas guardando Fernand.— dijo el Rey jocoso, haciendo que Fernand aguantara la risa.
—No soy de meterme en chismes y asuntos triviales de damas.— dijo tranquilamente.
—Pero esos chismes a ti parecen constarte. ¿Te molestaría informar a tu Rey lo que sabes?—
—Para nada, Majestad.—
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Editado: 21.01.2026