Ya habiendo puesto al tanto al Rey de las fechorías de la Condesa de Maldioren, Fernand se retiró hacia la habitación de la Princesa. Allí todas las sirvientas, las damas y la Princesa la rodearon apenas entró.
—¡Válgame Dios! ¿Estáis bien? ¿Le ha castigado el Rey? ¿Está todo en orden?— decían todas al mismo tiempo.
—Está... Todo en orden...— respondió ella muy incómoda.
—¡Creímos que el Rey iba a castigarle!—
—No lo hizo. Pierdan cuidado.—
Todas suspiraron aliviadas.
—¡Querida Fernand! ¿Cómo luzco ante vuestros ojos?— preguntó Azucena muy animada exhibiendo su vestido delante de Fernand.
—Luce maravillosa Alteza.—
—Os lo agradezco mucho a todas. ¿Falta mucho para la cena?—
—Hay que esperar a que los heraldos toquen las trompetas de reunión.— indicó una dama.
Fernand entró al baño de la habitación y lavó su cara. Limpió su uniforme y salió de vuelta a la habitación con la Princesa. La Princesa hablaba sobre sus telas favoritas con las sirvientas y damas.
—Querida Fernand, ¿No os alistaréis para el baile?— preguntó Azucena.
—No suelo siquiera asistir a bailes, Alteza. Pero en esta ocasión estoy bajo servicio. Cambiaría únicamente mi uniforme por el de gala, si lo tuviese aquí.— y diciendo esto, tocan la puerta. Una sirvienta abre y recibe una caja.
—¡Miren qué cosas! El General Joaquín le ha enviado el uniforme de gala, Capitán Fernand—
—¿Qué cosas no?— dice Azucena y todas ríen.
Fernand toma el uniforme y va al baño a cambiarse. Sale luciendo el uniforme de gala blanco de banda roja y bordes azules rey que combinaba a la perfección con su cabello rubio.
—Lucíz muy elegante, querida Fernand.— dijo Azucena mirándola fijamente con una sonrisa. Y, como es obvio, esto incomodó a Fernand.
—Se lo agradezco, Alteza.— murmuró. Y luego agregó:— Voy a reunirme con los soldados. Debemos mantener el área del baile cubierta para evitar molestias.—
—Por favor no os tardeis, Fernand.— pidió Azucena.
—No lo haré.—
Fernand sale de la habitación y se reúne con la parte de su regimiento que estará de guardia durante el baile. Azucena aguarda en la habitación, hasta que finalmente suena el sonido de la trompeta, y las sirvientas salen de imprevisto de la habitación. Las damas avisan a la Princesa que es hora de salir. La Princesa, muy nerviosa sale con su séquito de damas de honor caminando detrás de ella. Todos los nobles están reunidos ya en la sala de banquetes. Alguien toma a la Princesa del brazo y ella casi corre del susto. Era el Príncipe Roderick, quien la llevó de su brazo hasta su sitio en la mesa. Luego se sentó a su lado.
—Luce muy hermosa está noche, Princesa. Ese vestido combina perfectamente con su carácter y su belleza.— dijo el Príncipe y Azucena se ruborizó.
—Las damas y sirvientas me han ayudado a escogerlo. Han sido muy amables conmigo, aunque hay algunas cosas que aún no comprendo de vuestra cultura.—
—¡Tendrá tiempo de aprender, eso se lo aseguro!— exclamó el Príncipe con una sonrisa.
Azucena correspondió. En ese momento, algo llamó su atención. Dos damas del otro extremo del comedor murmuraban y se reían mientras la miraban. Eso la hizo sentir insegura. Pero sus temores desaparecieron al recordar lo que le dijo Fernand mientras conversaban esa tarde: “no se extrañe su Alteza de que algunas nobles intenten malponerla. Parece mentira, pero para ellas crear conflictos sin sentido y habladurías es su vivir. Pero recuerde algo: mientras más hermosa y respetable usted luzca, más envidia les provocará y lo demostrarán con sátiras, insultos y chismes.“ Azucena recobró la compostura y sonrió con su acostumbrada dulzura. Las nobles ahora la veían con rabia.
El Rey dió unas palabras de bienvenida a la Princesa, para luego dar inicio a la cena. Mientras cenaban, Azucena decidió probar un platillo que desconocía, sin saber que se trataba de un plato picante. Al comenzar el picor, Azucena enrojeció de golpe. Algunas damas quisieron reírse, pero para su sorpresa Roderick pasó un vaso de leche a su Prometida y la sostuvo entre sus brazos para sosegarla. Eso hizo que la Corte se enterneciera. Un rato después, el Príncipe ensució su rostro de salsa sin notarlo, ganándose una burla directa de su hermano mayor Gabriel. Pero Azucena, muy dulce y adorable, tomó una servilleta y limpió con cariño la cara del Príncipe. Gabriel miró con sorpresa la escena.
—Tu Prometida será una gran esposa, Príncipe Roderick. Propongo un brindis por los futuros Reyes.— dijo uno de los Duques.
Los demás miembros de la Corte accedieron y brindaron bajo la mirada enfurecida de Gabriel.
—Supongo que eso no es lo que él esperaba lograr. ¿No es así Capitán?— declaró Axel a Fernand, que desde hace rato veían la cena desde un balcón. Axel, cómo Conde que era estaba recién salido de la cena.
—Es verdad. Quisiera saber qué gana humillando a su hermano. El malponer al Príncipe Roderick no logrará hacer que el Rey se lo tome en consideración.— indicó Fernand.
—Eso es cierto. ¿No entrarás al baile?—
—Lo haré... Pero así mismo como estoy en éste sitio. Vigilando a la distancia.—
—Y yo que ansiaba compartir una pieza con usted Capitán.—
—Acabas de insinuar una falta de respeto, Axel.—
—No ha sido mi intención. Pero desde que la conocí, eso se ha convertido en un sueño para mí.—
—Gadilrroba... Basta. Si continúas con esos comentarios, deberé de reportarte con el General.—
—Así que ese es el problema. Tú padre te ha prohibido siquiera recibir cortejos... No puedo ni imaginar cómo te sientes al respecto... O no te importará. Aún así, es muy injusto que se te obligue a actuar como hombre.—
—No hay remedio, Axel.—
—Tal vez. Lo que sí te digo es que, una flor siempre será flor, Fernand. Por mucho que lo intente, una flor nunca se convertirá en cactus. Solo eso, Capitán.—
—Te vas a ganar una bofetada.—
—Damela, pero lo quieras o no nunca serás un hombre, ni te consideraré uno nunca. Además... Con el uniforme de gala se te notan más los pechos que con el uniforme diario.— dijo con burla y se ganó la bofetada que se le había ofrecido. Le dolió, pero comenzó a reír.
Esto llenó de cólera a Fernand, quién levantó la mano para darle otro golpe. Pero se contuvo. Le dió la espalda y Axel dejó de reír.
—Entiendo. Te meterás en problemas por mis comentarios. Lamento ser tan insistente, Fernand.— dijo Axel y bajó al comedor.
Fernand se quedó en su sitio mirando fijamente a la Princesa. Lucía feliz, hermosa y muy segura. Todos sus ademanes eran elegantes y agraciados. Fernand la observaba con detenimiento. Una idea de gestaba en su mente. El Rey anunció que era momento de pasar al baile. La Princesa salió del comedor del brazo del Príncipe. Se veían con mucho cariño y admiración el uno al otro. Al mirarlos así, algo dentro de Fernand se estremeció. Ella nunca podría mirar a una persona así, ni permitir que se le vea así. Jamás podría caminar del brazo con un hombre amado, ni podría ser amada nunca. No, no era importante. Pero en el fondo, le pesaba. ¿Porqué todos los hombres le declaraban su amor sin más ni menos? ¿Porqué recibía tantos halagos? Su mente daba vueltas cada vez que pensaba en ello. Su padre le castigaría por ello. Si se enteraba siquiera...
—Fernand, ven aquí jovencita.— le llamó Vercollen, el amigo de su padre, General de la Policía Militar.
—Indique, General— dijo Fernand saludándolo firme.
—¿Has cubierto las entradas del salón de baile?—
—Si señor. Toda entrada, puerta y ventana están cubiertas. También las escaleras. La Guardia Real a mi cargo y demás funcionarios están en puntos estratégicos.— mientras hablaba, no pudo evitar notar que el General miró por un momento hacia su pecho y sonrió.
—Buen trabajo, Gadeón. Por cierto, si encuentras a tu padre, dile que quiero hablar con él.—
—Entendido, General.—
—Y una cosa más, y quiero que te lo tomes a título personal...— dijo y se acercó a su oido para susurrar— Procura usar fondo de armadura debajo del uniforme, jovencita. Tus atributos femeninos podrían llegar a ser una distracción. Pero no por eso deberías avergonzarte de ello.—
Fernand enrojeció inmediatamente.
—En cuenta, General— dijo bajando la mirada. Pero Ignacio Vercollen le levantó la mirada con su mano.
—No bajes la mirada. Siendo mujer demostraste ser un caballero. Hazme el favor y no bajes la mirada. Eres fuente de admiración, Fernand. No te avergüences de ser quien eres.— le dijo Vercollen con aire autoritario.
—Si, señor— exclamó Fernand.
Claro que, tras dar el saludo militar, corrió a la habitación y se quitó la camisa y la chaqueta. Se colocó una camisa, el fondo de armadura, la camisa de uniforme y luego la chaqueta. Era muy pesado, pero Fernand lo ignoró. Caminó de regreso al salón del baile, cuando de pronto sintió que algo la agarra del cuello y la levanta. Era una soga dirigida por unos bandidos de usanza igual a quiénes atacaron al carruaje, quiénes, tras seguir de cerca sus pasos, cazaron a Fernand y tras atarla de imprevisto con la soga del candelabro ausente desde hacía meses en el sitio, la levantan del suelo. Los soldados de su regimiento estaban de ronda y vieron lo que sucedía. Habían tres hombres intentando ahorcar a su Capitán. Antes de que los soldados hicieran algo, Fernand cortó la soga en su cuello y antes de caer al suelo ya había desenvainado su espada. Arremetió contra los hombres, ante la mirada perpleja de los soldados. Logró vencer a dos, pero el otro intentó huir, siendo atrapado por los soldados. Fernand quiso acercarse, pero cayó al suelo. Uno de los soldados se le acercó y la ayudó a levantar. Casi no podía respirar.
—Llevénlo abajo y que la Policía Militar le interrogue.— dijo tras una exhalación. Se veía muy cansada.
Los soldados le obedecieron, mientras el otro soldado la ayudaba a sentarse en una silla.
—¿Se encuentra bien Capitán?— le preguntó con mucha preocupación.
—Si, solo... Debo... Serenarme...— dijo fatigosamente.
—Capitán Gadeón, deje que la lleve con un médico.—
—No hace falta.— dijo repeliendo el hecho de que la llevaran con el Médico Real.
El soldado la ayudó a levantarse. Y la siguió hasta el salón de baile, dónde Antoine estaba esperándola.
—¿Qué sucedió?— pregunta Antoine.
—Lo esperado, amigo mío. Lo que ambos sabíamos que pasaría.— dijo Fernand aún con algo de fatiga, luego le habló al soldado:— alerta a tus compañeros. Hay bandidos en el Palacio y vienen por la Princesa.—
—¡Si, señor!— exclamó el soldado dando un saludo militar y dejando a Fernand al cuidado de Antoine.
—Fernand ¿Qué es lo que ha ocurrido?—
—Intentaron ahorcarme en el pasillo, ¡Ah! ¡Es cierto!, ¡Debo informar al Rey!— dijo en alerta ya recuperada.
—Yo voy contigo.—
Fernand y Antoine se dirigieron a dónde la Corte bailaba un vals clásico. El Rey estaba sentado en su trono, viendo con cariño al Príncipe Roderick bailar con su Prometida. En eso, Fernand llama su atención.
—Ven y dígame, Capitán.— ordenó apuntando con su cetro a Fernand. Ella se acercó y tras arrodillarse ante él, le susurra en el oído.
—Majestad, hay bandidos en el palacio, diría los mismos que intentaron atacar el carruaje Real hoy. Han intentado matarme en el pasillo sudeste. Cómo me lo ha pedido, mis hombres capturaron a uno de ellos y en estos momentos está siendo interrogado por la Policía Militar.—
—¿Te encuentras bien Capitán? Veo tu cuello enrojecido.—
—Lo estoy, Majestad. Nada de qué preocuparse. Mis hombres ya están bajo alerta y si hay más bandidos, los atraparemos.—
—¡Gran trabajo Gadeón! Lo que sí, te ordeno que te quedes dentro del baile. Nada de correr peligros, Fernand. Ya es más que obvio que vienen contra ti antes que nada.—
—Lo sé, Majestad. Con permiso—
—Cuidate, Capitán. Si te sientes mal ve con el médico.—
—Lo haré, Majestad.—
Fernand se retira de la presencia del Rey y es llamada por uno de sus soldados.
—Capitán, los soldados del Escuadrón 2 atraparon a 2 hombres sospechosos en los establos del Palacio. Y el Capitán de dicho Escuadrón, Aristoles Villalón pregunta en qué estado se encuentra usted.—
—Dígale al Capitán que me encuentro en perfecto estado, que muchas gracias por preocuparse y que su equipo ha hecho un buen trabajo. Que por favor no por eso bajen la guardia.—
—Entendido Capitán... Disculpe, pero noto que su cuello está muy enrojecido.—
—Pierde cuidado. Dale mi mensaje al Capitán.—
Fernand camina por los pasillos y va a recostarse de una de las columnas. Observa a Azucena, quien aún baila con el Príncipe.
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Editado: 21.01.2026