—Noto, Joaquín, aunque no es mi problema, que sueles ser muy severo con tu joven hija— le dice Vercollen compartiendo una copa con él.
—No creo que ese sea el motivo de que me anduvieras buscando, Ignacio.— esquivó él.
—No, no lo es, sin embargo... Hay algo en tu hija que me llama la atención. Tengo apenas unos días conociéndola, pero puedo notar que hay algo a lo que le teme encarecidamente. Y su manera de protegerse de ello es siendo fría. ¿Sabes a qué se debe?—
—También intento averiguar qué es... Si te soy honesto, creo que nunca he tenido el suficiente tiempo y apego para compartir una conversación profunda con mi hijo.—
—Eso es grave, Joaquín. La hostilidad y lejanía con los hijos tiene resultados horribles. Trata de crear un vínculo con tu hija. Eso te ahorrará problemas a futuro. Además, tu hija es Capitán de la Guardia Real. Tener un vínculo con ella te garantiza tener información concreta y continua sobre lo que ocurre en el Palacio. Y por otro lado... Tu hija es hermosa, y no sólo eso... Es talentosa, valiente y admirable. ¿No has pensado en los riesgos que corre por eso?—
—Fernand sabe defenderse. No la vsubestimes.—
—No lo hago. Pero una señorita de su posición puede correr riesgos hoy en día. Su belleza podría ser la causa de una tragedia.—
—Creo entender a qué te refieres. Igual, pierde cuidado amigo mío.—
—Bueno, si ese es tú parecer no hay manera de remediarlo.—
En eso ven pasar a Antoine con paso apresurado hacia el trono.
—¿Le ocurre algo al Capitán Fernand, muchacho?— preguntó el Rey al verlo llegar.
—Ya está fuera de peligro. La cuerda con la que intentaron ahorcar al Capitán Fernand de Gadeón estaba... Estaba envenenada con corrosivo—
—¡¿Cómo dices?!— exclamó el Rey alterado. Pero recobró rápido la compostura.— Bien... ¿Cómo se encuentra la Capitán en este momento?—
—Ya mejor, su Real Majestad. El doctor le aplicó antídoto en la zona y dice que estará bien. Que solo necesitará no hacer esfuerzos.—
—Eso es un gran alivio. Dile a Fernand que vaya a la habitación de la Princesa y que tome descanso.—
—Se lo diré, Majestad Real... Pero usted sabe que ella no obedecerá.—
—Tendrá que hacerlo. Sino la haré descansar... Avísame cualquier cosa que le ocurra.—
—Sí, su Real Majestad.—
Antoine hace una reverencia y se retira de vuelta al puesto del doctor. Cuando llega Fernand está sentada en una silla. El doctor le había vendado ya el cuello y la mano izquierda.
—¿Y eso? ¿Quemada también?— preguntó Antoine.
—Si. Así es. Bueno Fernand, será mejor que te quedes tranquila un buen rato. Ya he hablado contigo, te quiero aquí mañana en la mañana para limpiarte la herida.—
—Así será.— respondió ella aún ronca, pero con más claridad.
Antoine se acerca para ayudarla a levantar, pero ella no lo permite. Salen juntos del puesto del médico y van hacia el salón de baile.
—Espera Fernand. El Rey te manda a ordenar que te retires a la habitación de la Princesa y descanses. Dijo que sí no obedecías te haría descansar. Aunque no sé qué quiso decir con eso.—
—Que me suspenderá de mis funciones, Antoine. Eso quiso decir.—
—Rayos.—
—Está bien. Debí ser más cuidadosa.— dijo y cambió su rumbo hacia la habitación de la Princesa.
En el pasillo, una voz la llama.
—¡¡Capitán Gadeón!! ¡¡Capitán!!— hacia ellos venía otro Capitán.
—Capitán Aristoles...—
—¿Se encuentra bien? ¿Ya ha ido con el doctor?— preguntó visiblemente preocupado.
—Ya he recibido atención del doctor, Capitán. No tiene de qué preocuparse.— dijo ella mostrando el vendaje.
—Mis soldados me contaron que la vieron pálida y casi desfalleciente. Por eso, quise saber en qué estado estaba, Capitán Fernand.—
—Pierda cuidado.— le dijo, pero Aristoles advirtió que Fernand caminaba apoyada del brazo de Antoine.
—¿Segura que se encuentra bien?—
Ante su insistencia, Fernand quiso enojarse, pero al mirar fijamente los ojos verdes preocupados que la veían, su corazón dió un salto y su actitud cambió por completo.
—No se preocupe.— le dijo con una sonrisa que Aristoles nunca había visto en su rostro.— Voy a estar bien. Me retiro del baile sólo porque el Rey me lo ha ordenado.—
—Ya veo... Al menos ¿Me permite acompañarla hasta su sitio de descanso, Capitán?— dijo y Antoine notó algo que sabía que metería en problemas a su amiga.
—No hay problema.—
Fernand, Antoine y Aristoles caminaron hacia la habitación de la Princesa, encontrándose en el camino con la cuerda con la que los bandidos pretendían matar a Fernand. Los tres se quedaron mirando la cuerda, hasta que Fernand habló.
—Necesito que ambos me hagan un favor.—
—¡Lo que necesites!— dijeron casi al unísono.
—Necesito que tomen esa cuerda con cuidado y se la lleven al General Vercollen. Directamente a él.—
Antoine soltó la cuerda y la metió en una bolsa.
—Me ocuparé de esto. Capitán Aristoles, ¿Podría...—
—No hace falta pedirlo.—
Antoine se fue a paso rápido y Aristoles acompañó a Fernand hasta la habitación.
—Temo que esa cuerda contiene más información de la que creemos.— indicó Fernand apoyada en el hombro de Aristoles.
—¿Usted lo cree?—
—Si... Pero es algo que sólo la Policía Militar podría determinar.—
—Capitán Gadeón... Realmente estoy preocupado por su salud. ¿Ya se le ha bajado la fiebre al menos?—
—Un poco. Pondré un paño húmedo en mi cabeza si eso le hace sentir mejor.—
—Vale.—
—¿Porqué le preocupo tanto, Capitán?— preguntó, y después de hacerlo supuso que no querría oír la respuesta.
Al oír la pregunta, Aristoles la detuvo y la miró a los ojos. Estaba sonrojado. Hasta que sonrió.
—¿Hace cuánto nos conocemos, Capitán Gadeón?—
—Como desde que teníamos como 10 años, no estoy segura.—
—En éstos 5 años lo único que quería de usted era su amistad. Hasta hace algunos días atrás. Ahora, ya no puedo sacarla de mi mente, Capitán. Y el solo imaginar que algo le acontezca es... Sencillamente una tortura para mí. Sé que no puedes corresponderme, pero quiero que sepas, Fernand, que estoy muy enamorado de ti. Te esperaré el tiempo que haga falta. No lo olvides.— dijo y con eso tomó una de sus manos y la besó. Precisamente la izquierda, la cual estaba vendada.
Fernand estaba impactada. Hasta hace unos minutos Aristoles era un amigo para ella. No pudo evitar enrojecer.
—Será nuestro secreto.— le dijo.
—Vale.— respondió roja de pena, alterada y temblorosa. Ni ella misma sabía qué le estaba ocurriendo.
Aristoles la llevó hasta la habitación de la Princesa.
—Por favor mantén vigilada el área del baile.— le pidió Fernand con su acostumbrada seriedad.
—Lo haré. Por favor descanse, Capitán.—
—Lo haré. Nos veremos mañana.—
—Si... Hasta mañana Capitán.— dijo y Fernand le dedicó una sonrisa.
Cerró la puerta de la habitación y continuó sonriendo. Luego se abofeteó por ello. “¿Qué me está pasando? ¿Qué es lo que me ocurre? Esto nunca me había ocurrido... ¿Porqué ahora?“ Había una gran batalla en su mente. Se recostó en un sofá en la ventana de la habitación a reflexionar lo ocurrido esa noche. Con la luna a sus espaldas, su aspecto era, por mucho, bellísimo.
Por otro lado, en el salón, ya Azucena y Roderick yacían sentados en unas sillas al lado del trono. Conversaban sobre obras de teatro y libros. Se veían muy animados. El Rey tenía la mirada perdida y lucía preocupado. Azucena lo notó y se lo hizo saber a Roderick.
—Padre ¿Hay algo que le agobie?—
—No, no es nada. En un rato daré por terminado el baile.— dijo el Rey tratando de no dejar ver sus emociones. En eso vió a Antoine acercarse a dónde estaban Vercollen y Joaquín.— ¿Le habrá pasado algo?—
—¿A quién, padre?— preguntó Roderick atento.
—¡Ah! No hijo, insisto. No es nada. Aprovecha de conversar con la Princesa ya que no podrás hacerlo hasta mañana.—
—Es verdad...— dijo y continuó su plática.
Antoine le pidió a Vercollen que le escuchase un momento, pero Joaquín insistió en que hablase delante de él y Vercollen aceptó.
—Es que... La Capitán Fernand le envió esto.— dijo y le mostró la cuerda dentro de la bolsa— Esta cuerda fue usada esta noche por unos bandidos que intentaron ahorcar a la Capitán durante su ronda. Esta cuerda además está cubierta por un veneno corrosivo, que fue capaz de quemar lentamente la piel del cuello de Fernand.—
—¡¿Cómo has dicho?!— dijeron ambos Generales al unísono.
—En estos momentos la Capitán está descansando. El médico curó su herida con antídoto y le pidió que no hiciese esfuerzos.— dijo Antoine con temor.
—¿Dónde estaba yo que apenas me entero?— reclamó Vercollen.
—Sabía que algo andaba mal con esa herida. ¿Pero veneno? ¿Me estás diciendo que intentaron ahorcar y envenenar a Fernand? ¿Porqué harían algo así?—
—Pues es obvio Gadeón, si no lograban ahorcarla, el veneno se encargaría de matarla. Y tú hija es la primera protectora de la Princesa Azucena. No me extraña.—
—Ella pidió que sus oficiales revisaran está cuerda. Dice que hay aún información importante en ella.— indicó Antoine.
—Aparte de trozos de su piel y su cabello, no creo que haya más nada hijo.—
—Aguarda Vercollen... Con un análisis ¿No es posible saber qué tipo de veneno usaron?—
—Y al saber qué tipo de veneno usaron, pudiéramos saber de dónde proviene y así saber quién lo obtuvo...—
—Y al saber quién lo obtuvo y lo vendió...—
—¡Sabremos quién mandó a matar a Fernand! Eres brillante amigo mío. Le llevaré esto a mis muchachos.— dijo Vercollen levantándose y alejándose de ellos.
—Dime algo Antoine ¿Realmente Fernand está bien?— preguntó Joaquín.
—Está adolorida. Lo noté en su mirada. Y tenía aún un poco de fiebre cuando la dejé.—
—Ya veo... Antoine, una cosa más... Dime si soy yo o tú ¿También notas a Fernand actuando extraño desde hace días?—
—No le quito razones, con lo que le dijo Gadilrroba es muy normal—
—¡¿Qué cosa has dicho?!— exclamó Joaquín y Antoine supo que había cometido una imprudencia.— ¿Qué fue lo que le dijo el Conde?—
—Pues...— dijo temblando. Pero finalmente le contó lo ocurrido durante y después del duelo ese 10 de junio.
—Así que eso es lo que pasa...—
—No sólo eso, Gadilrroba se la pasa molestando a Fernand cada que puede y tratando de denigrarla por ser mujer. Supongo que Fernand ha tenido temor de contárselo, General—
—¿Cómo así?—
—Es que, este tipo de cosas molestan a Fernand, pero también le hacen temer la reacción de usted... Recuerde que ha sido muy severo con Fernand en ese aspecto.—
Joaquín abrió los ojos como platos ante las palabras de Antoine.
—¿He dicho algo malo?—
—No Antoine. Has dicho la mera verdad.—
—Ella... Ella sólo busca que usted se enorgullezca de ella. Es lo único que quiere. Y no tiene idea de cómo ha sufrido por ello, desde muy pequeña. Le he visto llorar cuando nadie la ve... No me agrada verla así. Con permiso General, debo retirarme pronto.—
Joaquín no respondió nada. Sintió que no podía contener su llanto. En eso el Rey dió por terminado el baile. Todos los nobles se retiraron y la Princesa Azucena volvió a su habitación acompañada por una dama y el Príncipe.
—Deseo que descanse de maravilla y tenga unos sueños tan hermosos como usted, Princesa mía— le dijo el Príncipe en la puerta de su habitación.
—Deseo que la noche se haga de día para poder compartir más tiempo con vos, Príncipe Roderick. Qué el Creador os bendiga y guarde vuestros sueños.—
El Príncipe besó su frente y su mano. Luego se retiró. Azucena entró a la habitación sola, ya que la dama también se retiró. Fernand yacía en apariencia dormida en el sofá. Se había cambiado el uniforme y usaba ropa común masculina. Eso entristeció a su amiga. Fue entonces cuando deparó en el vendaje del cuello de Fernand.
—¿Cómo estuvo su primer baile, Alteza?— dijo haciendo que Azucena diera un salto del susto.
—Yo os hacía dormida amiga mía.—
—No lo estaba.—
—¡Ha sido una noche maravillosa! El Principe me hizo sentir como la doncella más afortunada de este mundo, ¡Tenemos tanto en común! ¡No veo la hora en que se produzca nuestra boda!—
—Estoy realmente feliz por usted, Princesa.—
Azucena la abrazó.
—De no ser por ti, esos rufianes hubiesen acabado conmigo y no habría podido vivir para ver este momento.—
—¡Y los que le faltan por vivir Alteza!—
Ambas rieron.
—Noto vuestra voz ronca, Fernand ¿Qué son esos vendajes en vuestro cuello? ¿Qué os ha pasado?—
—Princesa...— por un momento, dudó en decirle la verdad. Pero Azucena confiaba en ella y se merecía saber lo que ocurría. Así que le contó.
—¡Oh, querida Fernand!— dijo y la abrazó con fuerza— ¿Os encuentrais bien realmente? ¿No os duele la herida?—
—Me encuentro muy bien Princesa. No debe de preocuparse. Es hora ya de dormir, querida amiga.—
Diciendo esto se levantó y cerró la puerta con seguro. Aseguró también las ventanas. Luego desplegó el colchón dónde dormiría. Luego apagó la luz haciendo que Azucena se llenara de miedo.
—Querida Fernand, ¿Os molestaría dormir conmigo? Es que...— dijo y bajó la mirada. Fernand sabía lo que le pasaba.
—No lo tengo permitido, Princesa.—
—¡Por favor! Nadie va a enterarse. Es que... De verdad necesito compañía. Mis temores han regresado.—
—Le entiendo.— suspiró— Está bien, Alteza. Pero no se acostumbre.
Azucena rió a carcajadas. Fernand subió a la cama con Azucena y se acostaron. Azucena tomó la mano de su amiga y se quedó dormida. Esto claro, provocando la incomodidad de Fernand, pero al momento se durmió también. Aún dormida, muchas cosas pasaban por su mente y la atormentaban. Abría los ojos a cada rato. Hasta que se relajó viendo a su amiga durmiendo plácida y felizmente con su mano aún pegada a su cara. Finalmente pudo dormirse en paz.
Azucena despertó en la mañana con los primeros rayos del sol. Miró a su lado y Fernand estaba allí dormida. Intentó no despertarla, pero algo en sus vendajes llamó su atención. “Eso... Eso... ¡¿Eso es sangre?!“ Pensó y se levantó de imprevisto. Fernand también.
—¡¿Qué ocurre?!—
—¡Estáis sangrando!—
Fernand se pasó la mano por la cara.
—Qué susto me ha dado, Alteza.—
—¡Susto me habéis dado vos! ¿Porque seguís tan tranquila? ¡El médico debe revisaros!—
—Si, voy enseguida. Me he quedado dormida.—
—Os noto muy pálida, Fernand.—
—Estoy bien, Princesa.— diciendo esto se levantó de la cama y se tambaleó. Azucena la abrazó y la obligó a sentarse.
—¡Por favor quedaros sentada! Por favor.—
—Debo ir con el doctor.—
—Pero Fernand...— Azucena toca su frente y nota que tiene fiebre alta.— ¡Estáis ardiendo en fiebre!—
—Con más razón. Le pediré a los soldados que me acompañen, Alteza.— dijo y en un descuido se levantó y fue al baño a lavarse.
Sentía todo su cuerpo arder. “¿Qué clase de veneno usaron? ¡Ya hoy debería estar bien!“ Pensó con temor. Quiso cambiar su ropa por el uniforme, pero las fuerzas no le dieron. Realmente tendría que llamar a algún soldado o sirviente que la ayudase a llegar al puesto del doctor. Al salir del baño, Azucena la esperaba con preocupación.
—Voy donde el doctor. Estaré bien— le dijo.
Sin decir más palabras, Fernand salió de la habitación caminando firme, a pesar de que cada nuevo paso le dolía más que el anterior. Si cuerpo ardía y todas las articulaciones le dolían. Caminó con mucha dificultad hasta el puesto del doctor con sus soldados mirándola con preocupación. Sabían que algo le pasaba, pero ninguno se atrevía a preguntar qué. Hasta que uno de ellos se atrevió.
—¿Se encuentra bien, Capitán?— le dijo.
Fernand afirmó que sí, aunque se notaba a leguas que no era cierto. El soldado la siguió a pocos pasos de distancia hasta que estuvo con el doctor.
—Te esperaba hace media hora, Fernand.— le reprochó el doctor. Pero al ver su aspecto, se dió cuenta que algo no andaba bien.— ¿Tienes fiebre? ¿Desde cuándo estás así?—
Pero Fernand no le respondió. Estaba inconsciente.
—Justo lo que temía... El veneno le corrió por todo el cuerpo... Ay Fernand, las cosas que te suceden...—
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Editado: 21.01.2026