Es la tarde del 17 de junio. Las damas y sirvientas acompañan a Azucena mientras se prueba el vestido de novia que usaría el día siguiente. Azucena se veía muy feliz. Fernand la miraba feliz, aunque se sentía muy débil.
—¡Éste vestido es sencillamente hermoso!— exclamó Azucena mirándose al espejo.
Las sirvientas aplauden en aprobación. Azucena está feliz, pero observó por el espejo a su amiga retorcerse un momento de dolor.
—¿Os encuentrais bien, querida Fernand?— Fernand se recompone inmediatamente.
—Si, Alteza.—
—Os ruego no me mientais, Fernand.— dijo preocupada.
Le pidió a las sirvientas que le quitaran el vestido. Luego les pidió que se retiraran todas. Se sentó al lado de Fernand y la abrazó. Fernand le correspondió.
—Sé que os ocurre algo mucho más allá de esa herida. Te noto perturbada e incluso preocupada por algo.— le susurró.
—Estoy preocupada.— le confensó finalmente y la abrazó con fuerza.
—Querida amiga...—
—Azucena... El Duque Gabriel planea matarte el día 21 de este mismo mes, tras matarme mañana después de la boda.—
—¡¿Qué dices?! ¡No podéis permitirlo Fernand! ¡Debéis resguardarte, que los guardias te protejan!—
—Azucena, tengo un plan para que ambas salgamos con vida de esto y los Duques puedan ser capturados. Pero no te va a gustar.—
—¿De qué se trata?—
—Cambiaremos de papel. Haremos un cambio durante la mañana del Festival. Tú te irás a mi hogar con Antoine y yo me quedaré aquí y resistiré el ataque. Solo hay que afinar detalles.—
—¿Cómo cual?—
—Soy un poco más alta que tú. Así que deberás aprender a caminar con botas de tacón. Yo tendré que aprender a caminar en zapatillas. Tendrás que enseñarme las palabras propias de tu gente. Yo te enseñaré como suelo actuar. Así, con mucho cuidado, el plan tendrá resultado.— dijo de pie frente a ella.
—Tiene sentido querida mía. Pero, durante el Festival deberíais estar de servicio. ¿Con qué excusa saldré del palacio a vuestra casa?—
—Allí es dónde está el detalle. Y allí es dónde entra el ataque de mañana. No me dejaré dar, pero si fingiré estar malherida. El día del Festival, con apoyo del doctor, fingiré un desmayo y seré enviada a casa. Pero serás tú quien salga. ¿Me entiendes?—
—Si, ¡Es un plan perfecto Fernand!—
—Nadie debe saberlo salvo nosotras, Antoine, el doctor y el Príncipe Roderick. Si alguien más se entera, nuestro plan podría fracasar.—
—Lo entiendo perfectamente—
—Está bien. Pasado mañana, luego de que hayas disfrutado tu boda y festejo, arreglaremos los demás detalles.—
—Es perfecto entonces. Fernand, si hay algo más en lo que pueda ayudaros, decidme y lo haré.— dijo de pie con las manos en el pecho. Fernand las tomó.
—Necesito que se mantenga a salvo, Princesa. Qué no importa lo que pase, se vaya del Palacio y permanezca en mi hogar hasta la mañana del 22. ¿Me entendió?—
—Os entiendo, Fernand. Haré lo que me pides.— dijo y bajo la mirada.
—Tu seguridad es muy importante para mí, Princesa amiga mía. Si algo te pasa, no sólo habré fallado en mi misión, sino... Sino que perderé a mi única amiga, quien siendo mujer me ha aceptado tal como soy y no me mira con desprecio ni compasión. No puedo dejar que nada te ocurra.— diciendo esto la abrazó. Ella le corresponde.
—Lo sé, amiga querida.—
—Ahora quiero que estés serena y disfrutes el día de mañana. Despreocúpate de todo... Yo me hago cargo, Azucena.— dijo tomándola de los hombros.
—¡Lo haré!—
Es la mañana del 18 de junio. Todos los miembros de la nobleza llegan a la Capilla de Guarari para el evento más importante del año y de la última década. Finalmente las peleas entre Andalacia y Yermen cesarían y el Reino volvería a ser próspero y feliz. La capilla es engalanada con los más hermosos claveles, laureles, apamelias y rosas. Una boda en junio, en el esplendor de la primavera. Toda la Guardia Real rodea la capilla, y el escuadrón de 3 cubre el carruaje Real de la Princesa y los lados del altar, además de las puertas y ventanas. El Rey y el Príncipe Roderick entran en la Capilla y van a pararse en el altar. Roderick espera lleno de nervios a su Prometida. Azucena yace en el carruaje con Fernand. Azucena luce un hermoso vestido de novia adornado con diamantes bordados, encajes de flores, lentejuelas y joyería de oro y diamantes. Fernand luce su uniforme de gala.
—Muy bien... Ha llegado el momento.— dice Azucena nerviosa.
—¡Ah, lo olvidaba!— dijo Fernand y sacó algo de su bolsillo. Se trataba de un pasador en forma de flor de color rosa.— Esto es para usted, Princesa.—
Encantada, Azucena toma el pasador y lo coloca en su cabello, cerca de su oreja.
—Es momento.— dice Fernand y baja del carruaje.
Al salir, le extiende la mano y la ayuda a bajar. Azucena no puede contener su emoción.
—Guarde calma o arruinará su maquillaje, Alteza.— le dice sonriente.
—Lo sé— responde ella casi llorando.— Quisiera que mi madre estuviera aquí y viera este momento.—
—En la distancia, su madre está orgullosa de usted y sé que ella también anhela estar aquí. Vamos, Princesa.—
Azucena se toma del brazo de Fernand y caminan hasta la entrada de la Capilla. Un monaguillo se les acerca.
—Lady Gadeón, el Rey pide que acompañe a la Princesa hasta el altar como su guarda, porque será otra persona quien la entregue.— les dice tratando de disimular su sonrisa.
—Entendido— responde Fernand.
—¿Quien ha de presentarme al altar?—
—He de hacerlo yo.— dijo una voz de mujer a sus espaldas. Era la Reina Constance.
Azucena se acercó a su madre, y tras una reverencia se abrazaron. Constance le corre el velo a la cara.
—Es momento, querida Azucena. Luces bellísima, hija mía—
—Oh, madre...—
Fernand les dedica una reverencia y les indica que es momento de entrar. La música nupcial comienza. Entran niñas rociando flores. Entran las damas de honor. Y luego entra Azucena del brazo de su madre. Jhosep, su hermano, la mira con lágrimas desde el público. Fernand camina detrás de Azucena y la Reina. Azucena llega al altar mientras Roderick la mira enamorado. La Reina Constance hace entrega formal de su hija y el Rey Agustus V de su hijo. El clérigo comienza la ceremonia. La mente de Fernand estaba en alerta. “La presencia de la Reina Constance está de imprevisto, no sabemos con qué planes salga ahora el Duque enemigo. ¿Y si quisiera atacar a la Reina?“.
Los Príncipes, muy enamorados, pronuncian sus votos de amor y compromiso y pasan a firmar su acta de matrimonio. Fernand mira la escena y su corazón vuelve a estremecerse. Pero lo ignora, como siempre ignora todo lo que siente. Una vez firmada el acta, los nuevos esposos fueron coronados como herederos al trono y se dieron un beso de amor. La Corte entera y demás invitados celebran con vítores de alegría. Nadie más feliz que Azucena y Roderick. Fernand corre al carruaje y se prepara. Los nuevos esposos salen de la Capilla y suben al carruaje de paseo. Fernand monta su caballo y llama a sus soldados. El carruaje avanza con rumbo al Palacio de Apamelia. Los soldados rodean el carruaje.
Pasaron por varias calles de la ciudad previamente aseguradas con soldados del Ejército Real y el pueblo lanzaba flores a su paso. Fernand yacía en alerta. El carruaje donde los esposos paseaban era descubierto, es decir, sin techo y con paredes bajas. Muy difícil de proteger a decir verdad. Pasando por una calle llamada: “Libertad”, Fernand divisó a un hombre de negro y antifaz negro desde el balcón de una casa. Sin tardar mucho, el hombre sacó una ballesta y apuntó hacia el carruaje. Disparó dos flechas... Directas al hombro izquierdo y abdomen de Fernand, quien cubría el lado derecho del carruaje. Dado el impacto, Fernand cae del caballo y la ciudad se alborota. El carruaje con los Herederos sale a todo dar hacia el palacio, la gente en las calles grita, y unos soldados van en busca de aquel hombre. Mientras, Fernand es levantada del suelo por Axel, quien en su intento de ayudarla la lastima. A Fernand le sangra la cabeza y las heridas. Pese al dolor, Fernand saca las flechas de su cuerpo y se aprieta con paños y pañuelos que traía en su bolso, ante la mirada perpleja de los soldados que la rodeaban. Sube de regreso en su caballo.
—¡Al Palacio de Apamelia todos!— les ordenó levantando su espada.
Salieron a todo galope detrás del carruaje. Fernand baja del caballo directamente a buscar a los Herederos. Azucena sale a su encuentro soltándose de los brazos de Roderick que la protegían con amor.
—¡Fernand! ¡¿Qué hacéis aquí?, debéis ir con el medico ahora mismo!—
—¿Dónde está su madre, Princesa?—
—Ella debió de haber llegado antes que nosotros.—
—¿Ambos están bien?—
—Si, lo estamos Fernand.— contestó Roderick.
—¡Capitán! ¡El carruaje con la Reina Imperial Constance ha desaparecido!— gritó un guardia.
“Lo que me temía”. Fernand corrió por los pasillos y salió a todo galope del palacio. A su lado iban 4 soldados y Antoine. Alcanzaron a divisar el carruaje dirigiéndose al bosque, saliendo de la ciudad. Galoparon hasta él. El carruaje estaba siendo conducido por un hombre de negro y enmascarado y a los lados iban 6 hombres más. Fernand llegó con su espada en mano y atacó a los hombres. Venció a 3 de ellos, y los soldados derribaron a otros dos. Fernand entró al carruaje como pudo. La Reina estaba amarrada junto a un barril de pólvora. Antoine derribó a uno de los hombres que iban a caballo al ver que jaló a Fernand por el cuello hacia afuera del carruaje. El enmascarado que conducía, al ver esto, soltó un encendedor dentro del carruaje y éste empezó a arder. Fernand tomó a la Reina, abrió el carruaje y saltó a su caballo. Apenas estaban a unos metros de distancia cuando el barril detonó, haciendo asustar a los caballos. Pero estaban bien. Fernand desató a la Reina y galoparon devuelta al Palacio de Apamelia. Por más que la Reina le habló, Fernand nada decía.
Llegaron al palacio a salvo. La Reina bajó del caballo dedicándole una mirada de preocupación a Fernand, quien permaneció inmóvil. Azucena se acercó y abrazó a su madre, quien seguía con la vista fija en Fernand.
—¿Fernand? ¿Os encuentrais bien?— le pregunta Azucena. Pero ella no respondió.
—Desmonta. Yo te apoyo.— le dijo Antoine a su lado.
Fernand apenas pudo soltarse los pies de la silla. Se tambaleó y Antoine la recibió en sus brazos. Estaba pálida. Un lado de su cara estaba cubierta de sangre y su uniforme yacía manchado. Pero la peor parte era que no reaccionaba. Por más que Azucena desesperada la llamaba y Antoine golpeaba su cara y manos para hacerla volver en sí, Fernand nada movía. La llevaron ante el médico. Al examinarla, soltó una carcajada.
—¿Qué ocurre?— preguntó el Rey algo molesto por la reacción del doctor.
—¡Menudo susto nos ha dado! La sangre en el uniforme no es de ella. Sí tiene heridas leves y si se rompió la cabeza al caer, pero no es nada grave.—
—¿Porqué está inerte entonces?— preguntó Antoine casi en pánico.
—¡Porque tenía fiebre y se agarró todo el sol del medio día para ella sola! Por eso se desmayó. Lo que me preocupa es que tiene fiebre alta... Pero eso se resuelve con remedios. Pierdan cuidado.—
—¿Recibió un disparo con ballesta y usted dice que pierda cuidado? ¿Cómo que heridas leves?— dice Antoine apunto de estallar en cólera y más atrás el Rey.
—No sé cómo le ha hecho, pero les digo la verdad.— indicó el médico.
Antoine, Roderick, Axel y Vercollen discuten con el médico, mientras Azucena toma la mano de su amiga llena de preocupación. El Rey se acerca y toma la ropa que el médico le quitó a Fernand (sin que ellos estuvieran presentes y solo la parte superior). La levanta y nota el peso que tiene.
—¡Misterio resuelto!— ríe el Rey sacando entre las prendas el fondo de armadura.
Todos suspiran aliviados.
—Mira que es una chica lista eh...— dijo Vercollen. Todos ríen.
Un sirviente entra en la enfermería y les indica que los invitados al festejo de la boda aguardan en el salón de bailes. Azucena duda en soltar la mano de su amiga.
—Volveré apenas me sea posible, querida Fernand— le susurró al oído.
Azucena y Roderick salen de la enfermería.
—Solicito se me informe cualquier eventualidad.— le dijo el Rey a Antoine.
—Como su Real Majestad ordene.— respondió Antoine.
El Rey, Vercollen y Axel salen de la enfermería y Antoine se queda al lado de la camilla donde Fernand aún yacía desmayada. El médico le sacó el cabello hacia arriba y le colocó un paño húmedo en la frente.
—Ya deberías estar mejor, querida.— susurró el doctor, pero Antoine le escuchó.
—¿Qué le está pasando a Fernand, doctor?—
—Ha hecho demasiados desarreglos, me temo. Por eso no se ha recuperado. Ni siquiera la ruptura del veneno está cerrada por completo. Fernand debe descansar y guardar reposo. Hablaré con su padre y el Rey al respecto.—
—Fernand no puede marcharse del palacio a su hogar, doctor. Su vida corre peligro. El ataque de esta tarde no iba al carruaje como tal, sino a ella. Iban a matarla. Si Fernand se va a casa, no podré protegerla.— dice Antoine con notoria preocupación.
—¿Sientes algo por tu ama, muchacho?—
—Fernand y yo hemos estado juntos desde niños. Siempre hemos estado juntos. Es como si fuera una hermana para mí.—
—Tenía esa duda.— indicó el doctor.— ¿Sabes? Revisando a tu “hermanita” noté un bulto en su vientre. Temo que se trate de alguna hernia o peor aún, de un tumor. Tendré que revisar eso con más detenimiento o le creará problemas a futuro.—
—¿Qué clase de problemas?—
—Si fuese un tumor maligno, Fernand estaría propensa a tener un cáncer. Si fuese benigno, su sistema reproductor femenino estaría gravemente amenazado. Ahora, de tratarse de una hernia, ya lo sabríamos por los fuertes dolores al hacer esfuerzos.—
Antoine nada dice. Se mantiene mirando al suelo casi en shock. Fernand se queja y comienz a moverse. Abre los ojos y Antoine se alegra. Fernand le pide agua. Antoine sale de la enfermería a buscarle, aparte de agua, algo de comida. El doctor acaricia su cabello y le cuenta lo que le mencionaba a Antoine.
—¿Es necesario que sea intervenida?—
—Si querida, pero aún no. No mientras no estemos seguros de que el veneno salió de tu cuerpo por completo.—
—Entiendo— dice ella. Sus ojitos azules yacen apagados, pero brillantes.
Unos mechones de cabello cubren los laterales y parte de su cara, dándole el aspecto femenino que ella nunca quiere mostrar.
—Cuídate Fernand.— le dice el doctor apartando los mechones de cabello en su cara.
—No prometo nada.— dice ella con una sonrisa.
El doctor ríe, pero de pronto recibe un golpe que lo noquea y un hombre enmascarado salta sobre Fernand con un cuchillo, pero ésta lo embiste con sus piernas y lo lanza contra la pared. El enmascarado se levanta y se lanza de nuevo hacia ella. Fernand se sienta en la camilla dado que las fuerzas no le alcanzan para levantarse. El enmascarado le lanza un corte, pero ella lo repele y sujeta los brazos del atacante mientras éste se resiste. Pero siendo hombre, él la lanza al suelo y forcejean un momento. El hombre intentaba apuñalarla, pero Fernand le daba resistencia. Ella le golpea varias veces con las piernas en el abdomen y el hombre le cede en parte. Ella se voltea sobre él y le arrebata el cuchillo tirándolo lejos. El enmascarado la golpea en la cara y en el abdomen varias veces, pero ella le lanza una patada de abajo hacia arriba derribándolo por completo, sin embargo ella se desploma. El hombre cae rendido. Varios oficiales entran y observaron las últimas partes de la escena. Los soldados se llevan unos al enmascarado, otro despertó al doctor, otro corrió a avisar al Comandante y el último intentaba levantar a Fernand del suelo, pero dado que se hallaba únicamente cubierta por vendas y tirada boca abajo, el soldado no hallaba como levantarla sin ofenderla.
—Ayúdame.— dijo tras quejarse.
El soldado la levanta con cuidado por el diafragma y la sostiene en sus brazos y piernas.
—¿Se encuentra bien mi Capitán?— le preguntó, pero Fernand solo se quejaba.
El soldado la cubre con la sábana con la que estaba arropada antes del ataque (que yacía en el suelo) y la levanta hasta acostarla de vuelta en la camilla. Ella sólo se retuerce y se queja del dolor. El médico corre a su lado.
—¿Te golpeó el abdomen? Fernand ¿Te ha hecho daño?—
Fernand le indicó dónde más le dolía y el médico notó que sus heridas estaban más abiertas que antes. Su cabello rubio desparramado en la camilla parecía una cascada de oro. El soldado mira a su Capitán con ojos preocupados. Pero también maravillado. Nunca había visto lo hermosa que era su Capitán.
—Tover Gonzalo....—
—¡Mande, Capitán!— respondió.
—Por favor no digas a nadie lo que has visto.— le dijo avergonzada. El soldado sabe a qué se refiere.
—Yo no ví nada, mi Capitán.— responde el soldado y Fernand sonríe.— ¿Quiere que avise al General Joaquín lo ocurrido?—
Antes que Fernand le responda, el médico le indica que tiene que salir. El joven obedece. Se va de la enfermería con la imagen de su bella Capitán casi desfallecida. Corre a avisarle a Joaquín lo sucedido. Mientras, en el salón del baile, Azucena y Roderick celebran con amor su Boda.
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Editado: 21.01.2026