Mientras Fernand era atendida por el doctor, Azucena y Roderick compartían su tan anhelado vals de matrimonio. Se veía el amor en sus miradas. La Corte les miraba con ternura y admiración. El Rey Augustus V y la Reina Constance miraban a sus hijos amarse con la mirada. Estaban orgullosos de ellos. Mientras bailaban el vals, algo sucedió. Un ave de color negro voló sobre sus cabezas y una de sus plumas cayó sobre Azucena. Un mal presagio para la futura Reina. Una extraña superstición había cobrado vida en ese momento. Se creía que a aquella mujer que le cayera una pluma negra durante o después de su boda estaba destinada a una vida llena de tragedia e infortunio. Roderick la miró con tristeza.
—No te preocupes esposo mío.— le dijo mientras besaba sus labios.— Si el Creador ha de probarme de esta manera lo aceptaré y viviré valientemente mi destino. No os preocupéis.—
—Querida mía...— murmuró Roderick con una sonrisa y casi a punto de llorar.
La Corte rompió en sonoros aplausos ante las palabras de la Princesa. En eso, mientras Joaquín miraba la escena, llegó un soldado a su lado. Tras saludarle le informó que su Capitán, Fernand de Gadeón había sido atacada en la enfermería y sus heridas estaban peor que antes. Joaquín, al recibir el mensaje caminó a todo dar al sitio, intentando, en vano, no llamar la atención del Rey. Pero éste notó que algo ocurría.
—¿Le habrá ocurrido algo al joven Capitán?— dijo la Reina Constance al lado del Rey, casi leyéndole la mente.
—Justo eso me preguntaba... Mandaré a un sirviente a investigar sobre su estado de salud.— dijo y eso hizo.
—¿Cuál es el nombre de ese joven Capitán, cuya valentía me ha salvado de un inesperado rapto?—
—Su nombre es Fernand Victoriane de Gadeón... Y por lo que sé, es la mejor amiga de su hermosa hija Azucena.—
—¿Amigas decís? ¿Se trata de una joven?—
—Así es...—
—¡Eso es increíble! Pero... Bueno, es una joven realmente valiente y hermosa.—
—Lo mismo noto yo, Reina querida... Es astuta y fuerte... Su problema es su determinación y el que es muy impulsiva. Ella haría cualquier cosa por cumplir sus funciones. Así arriesgue su vida.—
—Eso me ha dado a entender... ¿Es común que vuestros nobles traten de esa manera a sus hijas?—
—El caso de Fernand es delicado... Pero si me lo pregunta, también estoy en desacuerdo.—
El Rey explicó a la Reina las razones de las decisiones de Joaquín de Gadeón. Mientras lo hacía, Joaquín llegó a la enfermería. Pero el asistente del médico le pidió que se quedara afuera.
—¿Se me puede explicar el motivo por el cual se me impide ver el estado de mi hijo?— exclamó enojado.
—Por esa razón, General Joaquín. Usted considera a Fernand un hombre y no lo es. En éste momento, el doctor está atendiendo las heridas de su hija.—
—¿Qué quieres decir?—
—Pues... Lady Fernand pidió que sus heridas fuesen cauterizadas.—
—¡¿Qué has dicho?!— gritó.
Empujó al enfermero e irrumpió en la sala donde el doctor quemaba con una moneda las heridas de Fernand. Apenas una sábana de algodón cubría sus pechos. Su mirada denotaba el dolor que sentía, pero no se quejaba en lo absoluto. Su cabello estaba junto hacia un lado y estirado, colgando de la camilla como una cascada dorada. El sonido de la su pálida piel al contacto con la moneda caliente y roja sonaba como si se tratase de comida en aceite. Joaquín sabía cuánto dolía una herida cauterizada. Estaba hecho una furia cuando entró, pero al ver la escena y los ojos apagados y brillantes de su “hijo”, se le llenó el corazón de dolor. Él veía a Fernand como un varón hasta ese momento. Al mirarla casi desnuda, con su hermoso cabello suelto, con una mirada de dolor que realzaba su belleza y sufriendo en silencio, se cuestionó en segundos lo que había hecho con ella esos últimos años. Fernand era una mujer, una hermosa joven que gracias a él no sólo se avergonzaba de su cuerpo, sino de ser como era. Ella estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por cumplir la tarea que se le había asignado y le estaba dejando claro hasta donde era capaz de llegar. Esto destrozó a Joaquín. Lo que decía Vercollen era cierto: había sido muy cruel con ella.
—¿Porque?— preguntó con lágrimas en los ojos.
—Sus heridas tardarían mucho en curar. Dijo que necesita estar bien antes del Festival de las Apamelias... Eso es en 3 días... Yo le advertí, pero no quiso escuchar razones... Es muy valiente su hija, General Joaquín, pero es desinteresada consigo misma. ¿Eso se debe a su crianza?— indicó el doctor con voz baja. Pasó un paño húmedo por la frente de Fernand.— Falta la herida de tu hombro... ¿Podrás resistir querida?—
—Sí puedo. Hágalo.— respondió ella soltando el aire que contenía y con voz fatigada.
—Pero Fernand... No tienes... No es necesario.— dijo tras balbucear.
—Debo hacerlo.— dijo ella sin ningún tipo de remordimiento.
El doctor calentó la moneda y procedió a realizar lo mismo que en el abdomen, en su hombro. Parecía dolerle mucho más. Joaquín se quejó al respecto.
—General... Por favor vigile a mis soldados mientras estoy aquí. Este proceso no tardará mucho. Digales que me reuniré con ellos apenas pueda.— dijo Fernand ocultando por completo el dolor en su voz.
—Deja que te acompañe Fernand.— le dijo el médico algo enojado por su actitud.
—No será necesario.—
—Bien... Yo aguardaré afuera.— dijo Joaquín. Salió de la habitación con el corazón lleno de tristeza.
Cuando Joaquín salió, Fernand dejó escapar el aliento lleno de dolor que desde hacía rato contenía.
—¿Qué es lo que te dijo en su momento para que seas así con él y contigo misma niña?—
—No soy una niña.— le respondió ella muy firme.— Continúe por favor.—
—Vale hija, pero sepas que tampoco estoy de acuerdo en esto.—
El doctor cauterizó la herida y las limpió con agua y jabón. Más dolor para ella. Pero lo resistió.
—Descansa un rato, te hará bien.— le indicó el doctor.
Fernand se quedó dormida, aunque parecía desmayada. El doctor le indicó a Joaquín que ya el proceso había terminado. Él entró casi arrastrándose a la habitación. La miró y no pudo evitar tocar su cabello para apartarlo de su cara.
—¿Se desmayó?—
—Se supone que está dormida. Pobrecilla... No sé porqué tomó esa decisión tan drástica. Si, es verdad que es Capitán de la Guardia Real de los Herederos, pero estoy seguro que el Rey entendería completamente si ella necesita unos días de reposo. A la larga estos excesos podrían hacerle mal.—
—Debería hacérselo saber.—
—Lo hago, solo que Fernand es muy testaruda en lo que a su salud respecta.—
—Eso no es algo nuevo... ¿Se mejorará, doctor?—
—Por supuesto, aunque la herida en su cuello ni siquiera se ha cerrado aún, pero parece ya estar casi curada por completo del veneno... Me preocupaban esas heridas, pero resuelto está... Lo que sí, sé que estará débil estos días. Conviene que no haga esfuerzos o podría sufrir una serie de desmayos. Fernand necesita tomar reposo por su bien. Estaría mejor si obedeciera. Su cuerpo podría colapsar sino trata de reposar.—
—¿De verdad?—
—Así es, General. Iré a revisar a otros pacientes, volveré en un rato.— dijo dejando a Joaquín con su “hijo” a solas.
Joaquín le acarició el cabello y lo peinó con sus manos. Le resultaba hermoso y fascinante el color dorado que tomaba cuando le daba los rayos del sol.
—Sé que está largo, lo cortaré luego del Festival.— dijo ella tratando de levantarse.
—Quédate ahí Fernand. Ni se te ocurra levantarte.— dijo poniéndole con firmeza la mano en el pecho. O pechos, mejor dicho.
Inmediatamente levantó la mano y Fernand se cubrió más de lo que ya estaba.
—No sabía que estabas tan grande... Ni que te habías dejado crecer tanto el cabello.—
—Lo cortaré en algunos días.—
—Te castigaré si lo haces...— dijo y siguió jugando con las puntas de su cabello.
—Señor...—
—Fuiste muy valiente esta tarde... Pero también estúpido. Sabías que tenías fiebre y andabas de lo más tranquilo bajo el sol. Además, ¿Porqué el fondo de la armadura?—
—Por la misma razón por la que no quería que estuviese usted cuando me limpiaran las heridas.— dijo y enrojeció.
—Entiendo... El cabello ¿Porque dices que lo necesitas largo estos días?—
—Tengo un plan para salvar a la Princesa del ataque en el Festival...—
—¿Eso involucra el largo de tu cabello?—
—Así es... El Rey ha escuchado mi plan y dice que está totalmente de acuerdo.—
—Está bien, si el Rey confía en tí, yo más aún. Sé de lo que eres capaz. Pero te ruego, hijo mío que no te esfuerces demasiado. El doctor dice que podrías padecer mucho si te esfuerzas. Podrías desmayarte, o algo peor.—
—Entendido, General.— dijo y no pudo evitar notar la preocupación en la cara de su padre.
Joaquín siguió jugando con su cabello. Pero luego lo soltó.
—No deberías de cortarlo.—
—Vale... General, ¿Me ayudaría a levantarme? Necesito vestirme ya.—
—¿Por qué? Debes quedarte ahí y descansar, Fernand.—
—Deseo vestirme antes de que llegue Antoine.—
—Ah, así sí.—
Joaquín la ayuda a levantarse, pero su cuerpo estaba tan adolorido que le costaba mantenerse sentada. Temblaba y casi cae de vuelta en dos ocasiones. Joaquín tomó la camisa y se la puso mientras Fernand se cubría los senos. Le costaba mucho mover el brazo de la herida. Joaquín le vistió con la chaqueta y “lo” hizo que volviera a acostarse. En eso entra Antoine alterado.
—¡¿Qué es lo que pasó?! ¿Te encuentras bien Fernand?—
—Lo estaré. ¿Porqué tardaste tanto?—
—Es una larga historia, pero te traje agua y algo de comer. Me costó conseguir comida que pudieses comer dado que necesita ser blando... Así que te traje un puré de papas revuelto con pollo. Disfruta.—
—Has pensado en todo amigo mío, realmente te lo agradezco.—
—¿Te ayudo a levantarte?—
—No exageres.— le dijo y rechazó la mano de ayuda que le ofrecía Antoine.
Joaquín casi suelta una carcajada viendo como Fernand prefería sufrir por orgullo antes que dejarse ayudar. A pesar de sus dolores, Fernand disimuló perfectamente y terminó su comida. Se sentó al borde de la camilla e intentó levantarse. Se tambaleó y tanto Joaquín como Antoine trataron de sostenerla. Sin embargo ella se negó. Se incorporó en medio de sus dolencias y caminó por la enfermería firme y decidida.
—Tienes que ser muy valiente...— exclamó Antoine sorprendido.
—...O muy terco. ¡Qué reposes te dijo el doctor!— le gritó Joaquín e inmediatamente ella se sentó.
Antoine trató de no reír con la situación, aunque a Fernand no le causaba gracia alguna. El doctor llega y le da un poco más de antídoto a Fernand, fuera de analgésicos y otros remedios más. Ella sale de la enfermería con su padre y Antoine mirándola con preocupación. Fueron a dónde se festejaba la boda. En el salón de baile, Azucena yacía bailando un vals con su hermano Jhosep y Roderick sacó al baile a su suegra, la Reina Constance.
—Fernand, lo mejor será que te sientes conmigo en la tribuna superior.— le dijo tomándola por el brazo. Antoine los siguió.
—Caminen rápido muchachos.— les dijo apresurando el paso y tomando con más fuerza a Fernand. Ella volteó a sus espaldas.
Allí estaba, pedante, lleno de odio y maldad, el Duque Gabriel. Portaba algo en sus manos. Era una bomba. Fernand vió esto y se soltó del agarre de su padre. Fue hasta él y se le abalanzó encima antes de que lanzara la bomba hacia el baile. Forcejearon un momento y Fernand logró arrebatarle la bomba y la guardó dentro de su chaqueta. Gabriel golpea a Fernand y la empuja contra la baranda del pasillo, lanzandola desde ese segundo piso hacia el salón de baile. Esto llamó la atención de todos los presentes, quiénes armaron escándalo presenciando la escena. Fernand yacía colgada de la baranda con las manos, a nada de caer hacia el salón. Gabriel huyó del lugar cómo pudo, no sin antes pisarle las manos a Fernand, haciéndola caer.
Fernand cayó con rapidez y creyó que se estrellaría contra el suelo. Y pudo ser así, de no ser porque el Capitán Aristoles Villalón la recibió en sus brazos.
—Dime por favor que te encuentras bien.— le dijo con una preocupación que todo el mundo notó. Fernand tenía varios golpes en la cara, su labio sangraba y se veía muy débil.
—Lo estoy.— le respondió y Aristoles la levantó con suavidad del suelo hasta dejarla de pie.
—¡¡Gadeón menor!! ¡Fernand! ¿Te encuentras bien?— preguntó Louis Padrón acercándose.
—Lo estoy de veras. Tenga esto. Esta cosa nos iba a costar la vida a todos.— le dijo y sacó la bomba de su chaqueta y se la entregó.
Fernand sacó la bomba dejando a todos los presentes pasmados y con terror. El Rey se acercó hasta ellos. Padrón tomó la bomba y se la mostró. El Rey le arrebató la bomba y la levantó a los ojos de toda la Corte.
—¡Miren esto con detenimiento, Corte de Yermen! ¡Estuvimos a punto de morir todos en éste lugar dado el terrorismo de unos traidores! ¡El Duque Augustus Gabriel y el Duque Alexander Abdinoren nos han traicionado y han intentado quitarnos la vida con esta bomba! ¡Ahora pues, saluden ustedes, Corte de Yermen a la Capitán que nos ha salvado la vida! ¡Honor y gracias a la familia de los Gadeón!— exclamó el Rey serio y casi consternado.
—¡Honor y gracias a la familia de los Gadeón!— gritó la nobleza entera del país rompiendo en sonoros aplausos y vítores.
—Tu valentía ha salvado nuestras vidas, querida Fernand.— dijo el Rey poniendo su mano en su hombro.
—Hay gente por allí que no le agradó lo sucedido.— respondió ella bajando la mirada y señalando con los ojos a su severo padre, quien miraba la escena con rabia en sus ojos.
—No es importante. Si él no lo está, yo si estoy orgulloso de ti Fernand de Gadeón.— dijo en voz baja y Fernand se conmovió.
La Corte aún aplaudía el valor de la joven Capitán, quien hizo una reverencia ante ellos. Por otro lado, mientras estas cosas acontecían, la Policía Militar buscaba en vano al Duque Gabriel ya que éste había huido por un pasadizo oculto entre las paredes del palacio. Salió a la calle, y de allí huyó hasta un refugio en las afueras de la ciudad. Allí Alexander Abdinoren lo esperaba.
—No he oído nada, así que debo suponer que fallaste.— le reprochó.
—¡Tú eres el culpable! ¡Si hubieses asesinado a la estúpida de Gadeón cuando pudiste esto no habría pasado!—
—Más respeto con la que será tu tía, Gabriel. Más respeto.—
—Esa demonio no se casará contigo tío, acéptalo, ¡¡Debe morir!!—
—Eso no es necesario querido sobrino.—
—¿Y qué pretendes? ¿Cortejarla y convencerla de que nos deje matar a la Princesa?—
—Pues...—
—Actuas como imbécil tío, ¿Qué no ves que Gadeón es culpable de todos nuestros intentos fallidos?—
—Tal vez, pero admite que esta tarde trataste de matarla a ella y no a la Princesa.—
—La flecha iba para la Princesa... Pero tu rubia impertinente estaba enmedio... ¿Qué hago con ella? ¿Qué pretendes hacer con ella?—
—Secuestrarla y encerrarla dónde no interfiera con nuestros planes... Y dónde pueda ser mía.—
—Haciendo como que no escuché eso último, ¿Cómo pretendes hacer eso? ¿Antes o después del atentado en el Festival?—
—Antes obviamente, sino eres capaz de matarla para llegar a la Princesa.—
—De veras me conoces... Pero ¿Cómo lo harás?—
—Pues, el día antes del Festival, el Principe Roderick acompañará al Rey a la cacería Real. Obviamente la Guardia Real los acompañará... Y quién mejor para protegerlos que la soldado estrella, la valiente y hermosa Capitán cuyo cabello...—
—¡Te estás distrayendo! ¡La Cacería, prosigue!—
—Pues es sencillo sobrino, sólo hay que crear una distracción y en medio de la cacería, Fernand de Gadeón podría desaparecer.—
—¿Cómo lo harás? Ella te la pondrá difícil.—
—Con esto— dijo y sacó una botellita.
—¿Qué es?—
—Es anestésico de operación. Una olfateadita de esto y Fernand no sólo quedará fuera de combate, sino que caerá en un largo y profundo sueño por un tiempo prolongado. El suficiente tiempo para poder atarla y obligarla a quedarse quieta.—
—Parece un buen plan... Espero lo logres.—
—Lo lograré sobrino. Nada detendrá la fuerza de mi pasión y mi deseo.—
—Eres asqueroso... ¡La chica tiene la mitad de tu edad!—
—Menos de la mitad. Si tuviese 17 si tendría la mitad. Pero tiene 15.—
—¡Eso es...! Na', no importa. Igual lo que interesa es quitarla del camino. Y eso será de uno u otro modo.—
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Editado: 21.01.2026