Flores del Palacio de Yermen

Capítulo 12: el Festival de las Apamelias

Fernand pasa la tarde y casi a las 7 de la noche el doctor la deja salir de la enfermería ayudada por los Herederos hacia la habitación de la Princesa. Azucena prometió cuidarla. Entretando el Rey le habló a Louis Padrón de lo sucedido y le ordenó vigilar y comandar las tropas de Fernand ya que en la mañana, ella se retiraría a su hogar. Pero sería Azucena quien se iría. Fernand hablaría con los guardias del escuadrón 2 para cambiarlos de posición. Ella no podría correr para escapar del ataque. Ella y Azucena se acuestan a dormir (porque Roderick decidió dormir en su habitación de casado él solo) y Azucena se aferra a su amiga como si temiese que desapareciera de la nada. Fernand la abraza y acaricia su cabello. Así duermen esa noche, mientras Fernand dormida aún se quejaba de que le dolía el pecho un poco.
A la mañana siguiente, los sirvientes comienzan con los preparativos del Festival de las Apamelias, el evento más icónico y hermoso del año. Fernand sale antes que el sol (como se había previsto días antes) para finiquitar los detalles de la captura con los soldados, quiénes la miran con preocupación.
—Dejen de mirarme así y concéntrense. Es de vida o muerte que esto salga bien.— les dijo con su típica voz autoritaria, solo que en ella se escuchaba un poco de dolor.
Fernand cambió a los soldados de posición. Caminó de vuelta hacia la habitación de la Princesa, hasta que sintió que su cabeza dió vueltas y tuvo que aferrarse a una columna para no caer. Era normal, el doctor le dijo que así sería. Unos sirvientes trataron de ayudarla a levantar, aunque ella insistía que no era necesario.
—Dejate ayudar Gadeón. ¿No deberías estar en tu casa ya?— le dijo el Rey de brazos cruzados y sintiéndose algo enojado.
—Voy a eso. Me despediré de la Princesa antes de retirarme.—
—Gadeón, ya vete a descansar hija.—
—Lo haré, Majestad.—
Fernand camina a paso rápido hasta llegar a la habitación. Azucena la estaba esperando.
—¿A dónde habéis ido? ¿Porque te fuiste sin decirme Fernand?—
—Fui a organizar a los soldados. Tuve que hacer un reajuste en su ubicación.—
—¿Debería preocuparme eso?—
—No.—
—Fernand, no quiero hacer esto. Después de lo de ayer no. Pensé que ibais a morir amiga. No quiero que os quedeis y corrais peligro.—
—Debemos hacer esto, Alteza. Es necesario mantenerte a salvo. Yo puedo defenderme, pero usted aún no sabe cómo hacerlo. Pierda cuidado Alteza. Todo estará bien. Hay una parte del plan que se me ocurrió anoche.—
—¿Así? ¿Qué es?—
—Ellos no matarán a alguien que ya ha muerto. Fingiré morir con su ataque y ellos no me lastimarán. Puedes perder cuidado en eso querida amiga.—
—Confío en vos, querida Fernand.—
Ambas compartieron un abrazo fuerte y lleno de cariño. Después, cambiaron su ropa y Azucena se colocó el uniforme de Fernand y ella el vestido de Azucena. Azucena sale de la habitación y camina a paso triste hacia el patio, dónde Antoine aguardaba por ella. En el camino encuentra al Rey.
—¿Ya vas saliendo a tu hogar Gadeón?—
—Si, Majestad.—
—Te noto muy pálida Fernand. Por favor no regreses hasta que estés mejor.—
—Así será.— le dijo y el Rey la miró extrañado. Entonces Azucena recordó que era “Entendido” lo que debía decir. No quedaba más remedio.
Sin embargo, el Rey ignoró lo ocurrido y se alejó caminando. Azucena llega al establo muy nerviosa.
—¿Salimos ya?— le preguntó y ella hizo lo que pudo para controlarse.
—Si, vamos...— Ella sube al carruaje y Antoine insta a los caballos a andar.— Antoine ¿Qué le diremos al General Joaquín?—
—Ya encontraremos cómo explicarle.—
Mientras tanto, en la habitación, Fernand siendo Azucena miraba cómo el carruaje salía del Palacio con ojos de preocupación. Las sirvientas la trataban con la misma delicadez y dulzura con la que trataban a la Princesa. Supo entonces que lo estaba haciendo muy bien. Al ver alejarse el carruaje se recostó en la cama y fingió llorar.
—Por favor dejádme sola... Necesito estar sola un momento.— le dice con el rostro presionado contra una almohada. Las sirvientas salen una a una y van a avisarle al Príncipe lo ocurrido.
Roderick sale de su habitación hasta la de Azucena y la encuentra de pie armando una armadura.
—¿Qué haces?—
—Preparo esto para cuando me la vaya a colocar.— le dijo y Roderick notó que se trataba de Fernand.
—Por un momento creí que eras mi esposa.—
—Me alaga, Alteza.—
—¿Te sientes bien?—
—Lo estoy si. No debéis preocuparos.—
—Está bien. Por favor avísame si puedo ayudarte con algo.—
—Lo haré.—
Roderick se retira de la habitación y Fernand guarda la armadura en el guardarropa. Una sirvienta le anuncia que llegó la modista con el vestido.
—¿Quiere probárselo, Alteza Real?— le preguntan entusiasmadas.
—Oh no, temo ensuciar este hermoso vestido antes del Festival.— dijo imitando muy bien la voz de Azucena.— Habéis hecho justo lo que os indiqué y me habéis entregado un trabajo de maravilla.—
La modista y las sirvientas nada sospechan. Pero el Rey la escucha hablar y sí nota la diferencia. El vestido que había mandado a hacer era de cuello alto, impropio de los vestidos con cuello en V que suele usar. También era pomposo en la falda y brazos, impropio de lo que Azucena suele usar. La tela si estaba de acuerdo a los gustos de la joven Princesa. Pero el Rey sospechaba que algo no andaba bien y creía el plan de Fernand desecho a causa de su estado de Salud. Le preocupaba el destino de Azucena, aunque ella lucía tan despreocupada como de costumbre.
Por otro lado, en la gran casa de los Gadeón, la nana aguarda impacientemente la llegada de su querida Fernand. Antoine escolta a Azucena hasta dentro de la casa y la nana la recibe tomando sus manos. Al tocarlas, se da cuenta de que no es ella.
—¿Quien es usted jovencita? Antoine ¿Dónde está Lady Fernand?—
—¡Abuela!—
—¿Cómo lo ha notado vuestra abuelita Antoine?—
—Por sus manos. Las manos de mi niña Fernand son suaves pero fuertes y firmes. Las suyas son delicadas y frágiles. Ahí radica la diferencia. Ahora quiero saber de qué trata todo esto.—
—Abuela... Ella es Azucena de Augustus, Princesa Heredera de nuestra nación.—
—¡¿Qué dices?!— la señora inmediatamente se postra ante Azucena.
—¡Por favor levántese! Nadie debe saber que yo estoy aquí y Fernand en el Palacio.—
—¡No querida! ¡Tienen que decírselo al General! ¡Él está enojado con mi niña y pretende castigarla!—
—¿Porque?— dice Antoine, pero inmediatamente suenan unos pasos en el piso de arriba.
—¿Está todo bien?— pregunta Joaquín mirándolos desde las escaleras.
—Todo en orden, General.— dijo Azucena y Antoine le sorprendió lo perfecto que imitaba a su amiga.
—Veo que no está muy bien tu estado de salud... Sube, te estaba esperando Fernand.— indicó Joaquín.
—Digale— le susurra Antoine.
Azucena sube caminando como lo hace Fernand hasta llegar al estudio de Joaquín. Éste estaba de pie en el ventanal.
—Sabes que lo que hiciste anoche fue una falta de respeto ¿Verdad?. Lo que hiciste ofendió a los otros oficiales del Alto Mando.— le dijo mirándola a los ojos.
—Arriesgué mi vida para salvar a la Corte, ¿Cuál es esa ofensa de la que me habla?—
—El Alto Mando se airó en tu contra por cuanto arremetiste contra el Duque y te llevaste el heroísmo del momento que le correspondía a cualquier funcionario de renombre.—
—No se podía esperar a que otra persona reaccionara.—
—No te dí permiso de replicar.— la frase disgustó a Azucena. ¿A esta clase de injusticias estaba acostumbrada Fernand?.
—General...—
—Guarda silencio y escucha tu reprensión al respecto.—
—General, supongo que realmente no conoce usted a la persona a quién ha llamado.— le dijo Azucena seria. Realmente le molestaba que Joaquín no notara la diferencia entre su propia hija y ella.
—¿Qué dices?— exclamó Joaquín en un estado de enojo y confusión.
—General, ¿Cómo es posible que no haya notado que a quién tiene enfrente no es vuestra hija?— con esa frase, Azucena ganó que Joaquín la mirara de cerca y detenidamente a los ojos.
—No logro entender...—
—No soy su hija, General Joaquín. Soy Azucena, la Princesa. Fernand en estos momentos está en el Palacio fingiendo ser yo.—
—¡¿Qué?!—
Azucena toma su cabello y lo sujeta en una coleta. En verdad si era ella, pero Joaquín creía que sus ojos lo engañaban.
—No soy vuestra hija, General. Ahora os pregunto ¿Porque tratáis a mi amiga de esa manera? Realmente no ha hecho nada malo como para lo que habéis dicho. Deberíais avergonzaros de tratar así a vuestra hija, Heroína de la Corte, quien ha llenado de honor a la casa de los Gadeón.— dijo ella dejando salir por completo su voz y su acento. Joaquín está en shock.
Nada le responde Joaquín. Azucena pide permiso y se retira. Antoine está en la puerta.
—Es la primera vez que veo que el General se queda sin palabras.—
—Es demasiado severo.— indica Azucena de brazos cruzados y muy enojada.
—No sabe usted nada aún. Suele ser muy cruel con Fernand.—
—¿Es así con sus otras hija?—
—¡No, qué va! A las otras hijas nunca las reprendió. Ni siquiera a las más caprichosas. Pero en cambio...—
—Antoine, llévame a la habitación de mi amiga.—
—Vale.—




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