Flores del Palacio de Yermen

Capítulo 14: Viaje Imprevisto

Fernand porta su uniforme de guardaespaldas, con su acostumbrada seriedad y lejanía, mientras Azucena habla con las damas de honor y comparten un té. Ya es 27 de junio. Han pasado ya 6 días desde el Festival de las Apamelias, dónde según pretensiones del Duque Augustus Gabriel, Azucena debió morir y ser exhibida muerta. Fernand recuerda aún con satisfacción la cara sorprendida del Duque al ver que a quién había intentado matar no era la Princesa, sino ella. Por medio de eso, ahora Fernand era una Condesa. Y más que eso, era la heroína de Yermen. El príncipe Roderick entra a la sala y saluda a su esposa antes que a nadie con un apasionado beso que incomoda un poco a Fernand. Las damas cuchichean respecto a ello, pero Fernand está muy acostumbrada a que rumoreen a sus espaldas. Roderick saluda a Fernand con una sonrisa, que Fernand responde con una reverencia. Pero Roderick nota algo en ella poco usual.

—Querida Fernand, ¿Son ilusiones mías, o en verdad está pálida tu faz el día de hoy?—

—No son ilusiones suyas, Alteza. He amanecido así hoy.— responde ella sin un ápice de emociones en su voz.

—¡Y lo decís con esa tranquilidad!— exclama Azucena enojada.

—La verdad me encuentro muy bien hoy, pese a lo que pueda aparentar.— dice ella apenas levantando la mano mientras habla.

Ambos la dejan tranquila, aunque Roderick sabe que algo le pasa. Ya había visto ese color en su faz. Sí, el día aquel, antes del Festival, que gracias a sabrá Dios qué anestésico, Fernand estuvo a punto de morir. Lo recuerda perfectamente. Haberla visto vomitar su sangre a chorros, sin fuerzas ni siquiera para levantarse, y aquella funesta frase: “así es... Sufrió un ataque al corazón.“. La vió a nada de morir. Aunque tenía poco tiempo conociéndola, Roderick la quería como si de una hermana se tratase. Le debía su vida y la de Azucena. Pero a veces le impacientaba su actitud fría. Así le criaron. No había nada qué hacer.

—Fernand querida, ¿Jugais a los naipes con Roderick y conmigo?— dice Azucena a sabiendas que Fernand siempre pierde en los naipes.

—¿Quiere hacerme perder otra vez Princesa?— dijo con una sonrisa mientras se sentaba en la mesita con ellos.

—Prometo dejaros ganar amiga mía.—

—Yo no— dice Roderick con aire jocoso— Me debes el “mate” que me diste en ajedrez Fernand.—

—¿Aún recuerda eso su Alteza? Debe aprender a perdonar querido Principe.— dice ella con una sonrisa.

Azucena y Roderick ríen. Y Fernand sólo sonríe, cosa que ilumina su rostro y su mirada. Juegan unas partidas, y, efectivamente, gana Azucena.

—¿Tú no eras la que iba a dejar ganar a Fernand?— dice Roderick entre risas.

—Perdonadme— dice Azucena tratando de ocultarse tras las cartas.

—Descuide... Me lo descobraré jugando ajedrez.— dice Fernand.

—Te creo muy capaz.— dice Roderick riendo.

En eso, alguien llama a la puerta y se le da permiso de entrar. Era el Rey. Los tres a la mesa se levantan para hacer una reverencia.

—¿Otra vez a los naipes? ¿Hasta cuándo torturarán a la Condesa de esa manera?— pregunta el Rey con burla.

—Para el resto de nuestras largas vidas, por lo visto.— dice Fernand y Azucena ríe.

—Espero que así sea.—Dice el Rey con melancolía.

Los tres guardan silencio, sabiendo perfectamente a qué se refiere el Rey.

—En fin, vine a salvarte Fernand, ven conmigo.— dice el Rey.

Fernand obedece mientras Roderick ríe. El Rey va con Fernand hasta los calabozos. Parece consternado.

—Majestad...— dice Fernand.

—No digas nada. Ese fue el camino que él trazó. Sólo puedo concederle su último deseo. Él quiere hablar contigo antes de su ejecución.—

—Majestad...—

—No Fernand. Debe ser ejecutado. Sé que tienes un noble corazón, pero sus acciones son imperdonables. Ve a hablar con él, no te dejes influenciar, mantén tus armas a la mano y no te descuides... Si me traicionó a mí, podría traicionar a cualquiera.—

—Entendido.—

Fernand entra en el calabozo del Duque Augustus Gabriel. Éste estaba sentado en una esquina de la celda, golpeado y lleno de heridas. Su aspecto movía a misericordia, pese a que se trataba de un ser tan despreciable como él.

—¡Vaya! Si te dejaron venir a hablar conmigo... Agradezco que vinieras, Gadeón, Tigresa.— dijo intentando incorporarse.

Fernand se mantiene frente a él, inmóvil, pero mirándolo con compasión.

—¿Porqué me miras así? ¿Pese a que casi te arrebato la vida, me compadeces?—

—Sabiendo que vas a morir, ¿Porqué llamarme a mí? Sabes que no te ayudaré a salvarte, ni alteraré tu final. Lo veo inútil. Ni siquiera a un clérigo que te expiara antes de morir. ¿Porque llamarme?—

—¿Para qué un clérigo si se puede ver un ángel en persona?—

Fernand enmudeció.

—Si, sé que quería matarte... Pero te admiro grandemente. No cualquiera derrota un grupo de élite. ¿Te molesta pasarme la botella de vino de allí?— dijo y señaló la botella puesta en la mesa de la última comida del Duque.

—Aquí tienes.— dijo dejando la botella en su mano con mucha cautela. Él bebe un trago hondo.

—Gadeón, no fue culpa mía...—

—¿Qué dices?—

—Fue mi madre Gadeón... Ella me dijo que debía ser el Rey. Me hizo creer que merecía ser el Rey por derecho. Incluso siendo adulto y sin posibilidad de la Corona, me siguió influenciando. Me dejé llevar por ella y mi tío. Heredé su perversidad. Ahora yo moriré ¿Y ella? Ella seguirá viviendo su vida de perversión, intentando en el fondo acabar con la Princesa. Yo sólo fui su juguete. Yo moriré y ella ni siquiera vino a despedirse, por más que se lo pedí. Incluso mi padre, a quién traicioné, vino a despedirse. Incluso mi hermano me perdonó mis iniquidades. Inclusive tú Gadeón has venido, que ni siquiera eres de mi familia. Inclusive tú me compadeces. ¿Y ella? Ella sigue en su alcoba, incapaz de arriesgar su pellejo. Lo hice por ella. Es mi madre y la amo. Y a quien amo, ni siquiera le importo. Voy a morir Gadeón. Nada va salvarme de eso.— en eso rompió a llorar — Mi padre está destrozado, y sé que ni siquiera en el último momento me lo perdonará. Dile a la Princesa que me perdone. Y perdóname tú Gadeón. Y mátame para que mi padre no se vea obligado a hacerlo.—




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