Azucena juega a las damas con Roderick, cuando el Rey entra de pronto. Parece preocupado.
—¿Padre?— pregunta Roderick extrañado. El Rey pone sus manos en sus hombros.
—Espero que cuando te toque estar en mi lugar, tengas la suerte de tener a alguien como Fernand bajo tu servicio.— dijo con una sonrisa que parecía dolerle.
—Majestad... ¿Dónde está mi amiga?— pregunta Azucena con mucha inocencia y con las manos en el pecho.
—Querida... Acabo de pedirle a Fernand que se vaya a Gubón... Al hospital de Gubón. Gabriel confesó que el veneno en la cuerda, combinado al anestésico que le dió Abdinoren son capaces de deteriorar el corazón de Fernand. Ella podría morir en cualquier momento si no recibe atención médica de inmediato. Así que, le pedí a Fernand que fuera de una vez al hospital. Espero ambos lo entiendan, y entiendan que el hecho de que Fernand esté lejos representa un riesgo para ambos. Así que, recuerden ser muy precavidos, hijos míos. No sé cuando pueda regresar Fernand. Le pediré a un mensajero que me dé noticias de ella apenas sepa que llegó a Gubón.—
—Dios mío.— dijo Azucena mientras caía sentada en el suelo. Cubrió su boca con las manos, intentando no llorar.— Sabía que algo le ocurría. Sufría mucho... A ella la mirada la delata... Pero... ¿Su corazón?...—
Roderick la levanta y la contiene en sus brazos. El Rey los mira con cariño. Pero habían muchas cosas en su mente que le preocupaban.
—Padre... ¿Mi hermano...—
—No será ejecutado aún, hijo mío. Esperaremos a que el Duque de Abdinoren sea capturado para dictar su sentencia.—
—Entiendo...—
Mientras tanto, Joaquín y Antoine llevaban a Fernand hacia Gubón. Antoine manejaba el carruaje, mientras Joaquín llevaba a Fernand dormida en su hombro. Acabó por colocarle la cabeza en sus piernas y la cubrió con una capa. Acariciaba su cabello y su rostro de a ratos, hasta que notó que Antoine lo miraba sonriente, casi burlón.
—Tal vez debería hacer eso también cuando está despierta, General.— le dijo.
—Mantén la vista al frente Antoine.— respondió él muy estricto.
Fernand se despierta por un momento e intenta levantarse, pero Joaquín se lo impide.
—Quédate ahí Fernand. Deja de hacer esfuerzos.— dijo con brusquedad mientras sujetaba su hombro.
—Me cuesta quedarme quieta...— dijo con voz apagada.
—¿Aún te sientes mal?—
—Solo un poco. Estaré bien.—
—Fernand, avísame si te sientes mal.— dijo de brazos cruzados.
—Si General.—
—Descansa un rato. Te hará bien.—
Fernand se sujeta de las piernas de Joaquín con las manos temblándole. Éste nota lo que ocurre, y se lamenta el hecho de que “lo” reprendió cada vez que intentó buscar cariño en él y en su madre. Fernand se duerme en sus piernas y Joaquín la abraza en su pecho con dolor. Al cabo de unas horas, llegaron a Gubón. Era ya de tarde. Antoine dirigió el carruaje hasta el hospital. Antoine estaciona el carruaje y baja a hablar con un soldado de la entrada, quien le indica que debe hablar en la recepción. Antoine encuentra a una señora de aire pedante que lo mira con desprecio. A su lado, una joven enfermera estaba firmando unos papeles. Antoine entra y pregunta por el doctor André Guerra (pues fue el médico al que le indicaron que llevaran a Fernand). La anciana lo mira con desprecio y le dice que quién se cree para pedir una cita con ese doctor.
—No es para mí. Es para mí ama, Fernand de Gadeón. El médico de la Corte Real la ha enviado a qué el doctor Guerra la examinase. Ella está afuera, no puede bajar del carruaje sin ayuda.—
La enfermera mira a Antoine.
—¿Tu amo es el Capitán que el doctor espera desde hace más de una semana? El doctor André espera a ese tal Fernand de Gadeón desde hace una semana, cuando el médico Real le envío una carta contándole de ese caso.— le dice.
—Mi ama... Entonces, ¿Puede el doctor recibirnos?—
—Hablaré con él. Sígueme.— la enfermera sube unas escaleras caminando y llega a un cuarto piso.
Allí, la enfermera le dice a Antoine que entre con ella al consultorio del doctor.
—Buenas doc, mire, éste joven viene con el Capitán de Gadeón, el que envió el doctor François. Dice que su amo está mal.—
—Ama...— dice Antoine y la enfermera lo mira sorprendida.
—¿Fernand de Gadeón es mujer?—
—Sí Luisa, es la mujer que le salvó la vida a la Princesa Heredera. ¿Dónde está tu ama muchacho?— dice el doctor.
—En el carruaje. Está demasiado débil para bajar por su cuenta. Sufrió un ataque poco antes de salir para acá.—
—Si hubiese sido un ataque, estaría muerta. Posiblemente una subida de tensión nada más. Súbela acá a mi consultorio.—
Antoine hace una reverencia y se retira a buscar a Fernand. Pese a los regaños de Joaquín, Fernand estaba sentada en la ventana del carruaje. Se veía pálida, pero preciosa. Aunque Antoine nunca nota eso último.
—Oye Fer, el doctor te va a revisar. Pero tienes que subir escaleras... ¿Puedes?—
—No lo hará. Yo te llevaré.— dice Joaquín con severidad.
Antoine abre el carruaje y Joaquín sale, seguido por Fernand de imprevisto. Ésta logró bajar, pero al tratar de caminar hacia el hospital, cayó al suelo y al golpearse tosió sangre de nuevo. Los hombres que cuidaban el hospital se acercan y tratan de ayudarla. Pero Joaquín la levanta con cuidado. Ambos avanzan hasta dentro del hospital. Por orden de Joaquín, Antoine se queda afuera cuidando el carruaje. Un soldado se le acerca.
—Puedo cuidarlo mientras estás adentro... ¿Por qué no vas con ellos? Parece preocuparte mucho.—
—Me preocupa mucho sí, pero no puedo desobedecer al General.—
—¿Es un General?—
—Joaquín de Gadeón, General de la Guardia Real.—
—¡El padre de Fernand de Gadeón! ¡El Capitán que salvó a la Princesa!—
—Así qué sabes ese cuento... Pero se ve que no mucho...—
—¿Qué quieres decir?—
—A quién lleva el General adentro del hospital es a su “hijo” Fernand. Y no es “el Capitán”. Ella es mujer.— dijo algo disgustado.
—¡¿Cómo?!.—
Entre tanto, Fernand lucha con Joaquín que insiste en cargarla hasta el piso 4, pero ella se niega. Termina por toser mucho más y toda su camisa se ensangrenta. Inmediatamente llegan varios enfermeros y médicos que insisten en llevarla hasta la emergencia del hospital. Joaquín les explica la situación y que están allí para que el doctor Guerra la examine. A regañadientes, los médicos sientan a Fernand en una camilla de emergencia y la examinan, mientras una enfermera sube a llamar al doctor André. Resultaba que Fernand tenía alta la presión y su corazón estaba a nada de colapsar.
—¿Cómo aguantó el camino hasta aquí en éste estado? ¡Es imposible!— se escandalizaban entre ellos. En eso llega el Doctor Guerra y encuentra a sus colegas examinando a su paciente.
—Colegas, colegas ¿Porque tienen a mí paciente aquí si yo la esperaba en mi consultorio?—
—¿En tu consultorio? Con la presión como la tiene no iba a llegar al primer piso ni siquiera.— exclama otro doctor. Guerra lo ignora y se acerca a Fernand. Aún sangra por la boca. El doctor le toma una mano y acaricia su cabello.
—Eres muy testaruda. Te esperaba hace más de una semana. ¿No sé te advirtió que ésto te podía pasar? Pues espero estés preparada Fernand, porque te quedarás aquí un par de semanas. ¿Usted es su padre?— le dice a Joaquín y él asiente.— Pues usted también es culpable. ¡Mírela! Es una niña preciosa ¿Es justo que esté en éstas condiciones?—
Fernand le aprieta la mano.
—Vale, supongo querrás culparte para que no regañe a tu padre. Da igual. Subanmela a hospitalización.— le dijo a unos muchachos en el fondo de la sala.
Ellos obedecen y suben a Fernand por especie de un elevador.
—El doctor Humberto me pidió que le entregara ésto— dijo Joaquín entregándole los papeles.
—A ver ésto... No es nuevo... Es obvio... Es bueno saberlo... ¿Y ésto? ¿Usted sabía ésto?— dijo el doctor con los papeles en las manos.
—¿Qué cosa?—
—“Antecedentes: latidos anómalos desde la infancia y hemorragia pulmonar por neumonía a los 9 años” mire que es descuidado con su hija. Según ésto, legalmente es varón, pero a mí me da igual eso. Es femenina y así se queda. Es más, le voy a decir Fernanda. O mejor Jazmine como su madre. Es increíble las negligencias que ha cometido con su hija, General.—
—No puede culparme de eso a mi.—
—¿De quién es la culpa? ¿Del Creador? Que sepa yo, Dios le mandó hija, no hijo. No por eso tenía usted que obligarla a ser soldado.—
—¿Todo eso lo dice ese papel?—
—Es prácticamente la reseña médica de su hija. Dé gracias al Creador que poseo ésto. Una sola equivocación en la medicación podría costarle la vida.—
En eso llegan al área de hospitalización, dónde Fernand aguardaba en una habitación acostada en una camilla. Una enfermera le había puesto ya una tirita en la mano con su nombre, apellido y su médico tratante. El médico se acerca a ella con su estetoscopio y le pide a la enfermera que cierre la puerta.
—Supondré que puedo hacer ésto delante de usted General.— dijo y acto seguido le dijo a Fernand que debía quitarle la camisa.
Ella trata de ayudarlo.
—No niña, no te muevas.— le dijo y el gesto de Fernand lo sorprendió.— A mí no me interesa qué edad o rango tengas: tienes 15 años, eres hembra y no estás casada, eres una niña. Justo venía hablando de eso con tu padre, no me interesa lo que te hayan inculcado. Aquí eres hembra. Es más, te voy a llamar Jazmine como tú mamá.—
Fernand trató de reírse, pero no podía. El médico le quitó la camisa y la examinó con el estetoscopio.
—Eso no suena nada bien...—
Sacó otro aparato más y la volvió a examinar.
—Mucho peor... ¿Hace cuánto estás así niña? Osea, ¿Cuando comenzaron las dolencias en el pecho?.—
—Siempre había sentido pequeños hormigueros en el pecho, pero jamás había pasado de allí. Hasta que pasó lo del Rudonio en la cuerda. Desde entonces he estado sintiendo sobresaltos y dolor en el pecho. Ya el mismo día que me hicieron oler Baarsoli, comenzó el dolor grave y el sangrado.—
Mientras hablaba, el médico la examina con distintos aparatos.
—Dime algo Jazmine, ¿Has estado sufriendo emociones fuertes éstos días?—
—Si... Muchas.—
—Pues bien... ¿Trajiste equipaje extra querida?—
—Si doctor.— el doctor le puso una bata en las piernas.
—Vale, muy bien eso. Por los momentos quiero que te pongas ésta batita, pero es bueno que tú y tu padre se vayan instalando. Comenzaremos con el tratamiento a partir de mañana dado que hoy no te puedo suministrar más nada... Pero según mis cálculos, deberás quedarte un buen tiempo aquí, Fernand...—
—Entiendo.—
—Bien, entonces dile al muchacho que suba tus cosas. Te cuidaré muy bien querida niña. Te diré Jazmine por cierto. Te queda más bonito que el 'Fernand' que alguien por ahí creyó bien ponerte. Menudo pecado. En fin, vengo en un rato. Si te sientes mal, toca ésta campanilla y la enfermera vendrá a verte.—
—Vale Doctor.—
El doctor sale de la habitación y cierra la puerta. Fernand lucha por ponerse la bata. Joaquín se acerca y se la coloca con cariño.
—Me cae de un mal éste doctorcito.— dice entre dientes.
—Me temo tendremos que acostumbrarnos a él. ¿Porqué Jazmine? ¿No se le ocurrió otro nombre menos vergonzoso para mí?— dice ella y Joaquín ríe.
—Le diré a Antoine que me ayude a subir tus cosas.— dice y se levanta para salir.
—General, ¿Podría enviar a un mensajero para que avise a la Princesa lo que el médico ha dicho?—
—Vale, de igual modo debo avisar a tu madre. ¿Algo más?—
—Solo eso. General, ¿Se quedará Antoine conmigo?—
—Ambos nos quedaremos contigo hijo. En dado caso sea necesario, Antoine volverá a casa a buscar lo que se necesite. Pero yo no me moveré de tu lado, Fernand.— dijo y salió de la habitación dejando a Fernand consternada.
“Tanto cariño suyo me confunde. ¿Habrá envejecido ya? ¿Porqué está actuando así? ¿Será el mismo intransigente, estricto y severo hombre que me crió? No entiendo qué pasa. De la noche a la mañana me ama y se preocupa por mí. ¿Será de tanto Vercollen hablar con él?“ Se preguntaba. En eso llegó Antoine con dos maletas.
—Hola querida Fernand ¿Qué tal estás?—
—Ya mejor Anto'. Gracias.—
—Mira, dentro de tus cosas te traje esto.— dice y sacó la muñeca envuelta en tela de seda. Al verla, a Fernand se le iluminó la mirada.— Supuse que querrías algo que te recordara a la Princesa mientras estabas aquí.—
—Te lo agradezco mucho Antoine.— dijo y contuvo en sus brazos la muñeca, mientras intentaba no llorar.
—Descuida. El General está abajo escribiendo una carta. No sé para quién es.—
—Ojalá envié el mensaje que le pedí.—
—Oye Fer, ¿Qué te ha dicho el doctor?—
—Que tengo que quedarme aquí un par de semanas.—
—Ay!, eso explica la preocupación en la cara del General... No me extraña. Está muy preocupado por ti.—
—Eso veo.—
Una enfermera entra y le coloca una vía intravenosa a Fernand mientras le explica que no debe comer nada hasta que el doctor se lo indique. Luego le coloca un suero en la vía y se retira no sin antes mencionar que tiene una hermosa muñeca. Antoine le pasa una sábana delgada a Fernand y la arropa. Fernand sostiene la muñeca en su pecho mientras contiene las ganas de llorar al saber que no vería a su amiga en un buen tiempo. Joaquín llega a la habitación y junto a Antoine comienzan a organizar las cosas en unos gabinetes. A ninguno de los dos se les ocurrió llevar mantas y apenas lo notaban. Fernand ríe con la situación, mientras ellos se culpan el uno al otro.
Un rato después llega el mensajero a la casa de los Gadeón, dónde la carta enviada por Joaquín es recibida por la Nana.
—¡Ama mire! ¡Es una carta del General!— dijo la Nana muy preocupada. Ambas leen la carta enviada por Joaquín y se entristecen con la noticia.
Entre tanto el mensajero fue al palacio, dónde los guardias le cerraron el paso. Al final, accedió a entregarle la carta a Aristoles Villalón, y éste la haría llegar al Rey. Así hicieron. Aristoles llevó la carta hasta el Rey, quién se quedó pensativo al respecto.
—¿Qué dice Majestad?—
—Malas noticias me temo. El doctor mandó a hospitalizar a Fernand. Según lo que dice, está muy mal nuestra querida Condesa... Deberá quedarse allá un tiempo... Es una pena de verdad... Pobre Fernand.—
Aristoles sale de la oficina del Rey y se oculta en un sitio en el que creyó que nadie lo vería. Allí lloró un rato mientras oraba, pidiendo que esa mujer a la que tanto quería volviera al palacio sana. El Rey sale un rato después a hablar con el Príncipe. Éste y Azucena estaban en la biblioteca, compartiendo un libro.
—Hijo, han llegado noticias de la Condesa de Gadeón—
—¿De verdad? ¿Cómo está ella?—
—No muy bien de hecho. El médico la ha hecho hospitalizar. Deberá quedarse en Gubón un tiempo, hasta que esté mejor. Su padre está con ella al igual que Antoine. Parece que su corazón se haya grave. Pero sólo eso sé. Me temo debemos esperar más noticias de ella luego.—
Azucena se queda cabizbaja un rato. Parece muy triste. En sus manos sostiene con delicadeza ese pasador de flor que sujetó su cabello el día de su boda. Sus mejillas parecen haber perdido color. Estaba muy triste.
Aunque Azucena, Aristoles, el Rey y la Nana no eran los únicos preocupados por la salud de Fernand. Por algún motivo, Abdinoren también se enteró de lo sucedido. Esa misma noche, sale de su escondite en Guarari y se dirige hacia Gubón. A diferencia de los demás, él si iría a verla de inmediato. Viajó en caballo durante la tarde y noche, hasta que llegó a Gubón cerca de las 11pm. Al llegar, miró el carruaje de los Gadeón estacionado en el hospital. Subió por la pared trasera hasta el techo, de allí bajó las escaleras hasta el área de hospitalización. En la entrada, el guardia y la enfermera dormían. Revisó con cautela una a una las habitaciones, hasta llegar a la que buscaba. Adentro, Antoine estaba casi dormido en una silla al lado de la camilla. No había rastro de Joaquín. Abdinoren entra a la habitación, deja una flor de oro en la mesita junto a una carta. Observa a su joven codiciada dormir con su carita pálida. Iba a retirarse, entonces deparó en la muñeca en su pecho. “No sabía qué le gustaran... Aunque sé que nunca se le había permitido tener una. Querida mía, te llenaré de muñecas, peluches y atavios cuando seas mi esposa” pensó mirándola con detenimiento. Lamentó el estado en el que se encontraba. En el fondo, si la quería. “Te juro que no lo sabía.“ Susurró en su oído. Salió de la habitación con cautela, cuando divisó que Joaquín venía al fondo del pasillo. Caminó hasta estar de regreso en la escalera hacia el techo. Creyó estar a salvo, pero sintió una mano en su hombro que lo lanzó al suelo.
—Sabía que vendrías a molestar—
—Tú eres el culpable. No me dejaste cortejarla por las buenas cuando te lo pedí.—
—¿Y dejar que lo arrastraras al pozo sin fondo en el que caíste por traición? Entonces no me arrepiento de haberlo protegido de tí.—
—Incluso en ésta situación la consideras un hombre... Eso es una estupidez. Será mía Joaquín. Te guste o no, será mía.—
Al decir ésta frase, se lanzó al vacío para desaparecer en la oscuridad. “Abdinoren sabe que estamos aquí... Eso está mal” pensó.
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Editado: 21.02.2026