Pasan varios días en el hospital, de tanto antídoto ya Fernand había dejado de sudar el veneno por la piel. Ahora bien, era su corazón el que necesitaba atención, pero bajo tratamientos el médico, había mejorado. Parecía haber mejorado mucho en los pocos días en el hospital. Era ya 7 de julio. Joaquín se mantenía algo distante de Fernand, mientras que Antoine revoloteaba a su alrededor, procurando llenarla de cariño. Pese a lo que Joaquín esperaba, el Duque enemigo no había vuelto a aparecer. Aunque, tenía ya tres días recibiendo una flor azul en la puerta de la habitación. Tenía sus sospechas. La mañana de ese día, Joaquín sale por el almuerzo para los tres (porque ya a Fernand se le permitía comer) y Antoine se queda charlando un rato con Fernand. En eso, alguien toca a la puerta, y Antoine sale a ver quién es sujetando con firmeza una pistola. “Si es Abdinoren le volaré la cabeza aquí mismo. Por su culpa ahora el General desconfía de Fernand”. Pero al salir, no se oye sonido alguno más allá de voces. Eso impacientaba a Fernand, incapaz aún de levantarse de la camilla. En eso, un hombre entra en la habitación con un ramo de apamelias en las manos. Era el mismísimo Rey.
—¿Qué tal te encuentras querida Fernand?—
—¡Majestad!— exclama ella feliz de verlo allí. El Rey se acerca y la abraza con cuidado, para luego dejarle las apamelias en las manos.
—Quería ver con mis propios ojos cómo te encontrabas querida Condesa.—
—He estado mejorando mucho en poco tiempo, pese a que el mismo doctor lo considera extraño. No sabe lo feliz que me hace ver acá a Su Excelencia.—
—Y ya te alegrarás más.— le dijo e hizo señas a alguien más. En eso, una joven entra a la habitación y Fernand casi llora al verla.
—¡Princesa!— Azucena corre hacia ella y la abraza. Más atrás viene llegando Aristoles y Fernand le dedica una sonrisa.
—Querida amiga, no tenéis idea de lo mucho que ansiaba veros.— dice incapaz aún de soltarla.
—Y yo a tí... No tiene idea de lo mucho que la he extrañado Princesa amiga...—
Ambas se quedan mirándose de frente sonrientes, mientras el Rey las miraba perplejo. Verdaderamente parecían gemelas. En eso, Fernand nota el pasador en forma de flor en el cabello de la Princesa y casi llora al mirarla allí.
—¿Qué os ocurre querida?— dice la Princesa mirándola con ternura. Fernand sonríe.
—Creí que no iba volver a verlos.— dice y Azucena rompe a llorar. El Rey y Aristoles se quedan perplejos.
—Querida amiga...— dice y la vuelve a abrazar entre lágrimas, incapaz de admitir que ella también creía lo mismo. El Rey se levanta y trata de disimular que también llora. Antoine se quita de dónde puedan verlo quebrase como niño pequeño.
—Venga ya que nos vas a hacer llorar a todos Gadeón.— dice Aristoles enojado, volteando la mirada para no llorar también.
—No tiene usted idea de lo mucho que me he aferrado a éste obsequio.— dice Fernand y le muestra el caballo de peluche cubierto con las sábanas junto a ella.
—Sabía que te gustaría. Pedí que lo hicieran para ti. Se parece a Yuko...— dice mientras Fernand seca sus lágrimas sonriente.
El Rey se acerca y la mira enojado mientras zapatea.
—No me mire así Majestad, no he podido comer los dulces que me envió. Y sin embargo me rehúso a qué Antoine los devore.— dice de brazos cruzados.
—Vaya que eres egoísta.— dice Antoine y el Rey termina por reír.
En eso viene llegando Joaquín y al encontrarse primero con la cara de Aristoles en la puerta, le dedica una severa y fulminante mirada de odio que lo estremeció. “Ya sé a quién salió Fernand parecida. Rayos, ¿Todos los Gadeón son así?”. Pero al entrar, se encuentra con el Rey sentado junto a la ventana y a la Princesa sentada en la camilla con Fernand. Inmediatamente hace una reverencia.
—¡Te habré llamado con mi pensamiento Gadeón! Esperaba poder hablar contigo a solas.— le dice.
—Entiendo...— dice Joaquín y sale de la habitación seguido del Rey, no sin antes mirar con detenimiento las flores a un lado de Fernand.
El Rey le ordena a Aristoles cuidar de Azucena y Fernand, mientras otro soldado y Antoine les acompañan afuera. Suben a la azotea, dónde habían unas banquetas de madera y metal. Allí se sentaron a conversar.
—Ya me preguntaba yo qué hacían los muchachos de la Guardia Real aquí...— señala Joaquín.
—Todo fue por traerla, le iba a dar algo si seguía mucho más tiempo sin saber nada de Fernand.—
—¿Sin saber nada? ¿Su Majestad no ha recibido las cartas que le envié?—
—¿Cartas?— ambos se miran extrañados.
—Estaba muy preocupada por vos amiga mía, desde que te internaron no sabía nada de vos.—
—¡¿Qué?! ¡Pero si a diario el General envía cartas a mi madre y al Rey! Yo misma le escribí una carta ayer, ¿No les llegaron?—
—No querida, por eso hemos venido en persona a ver qué os ocurría. Hace ya varios días que no sabíamos nada de tí.—
—¡Ay no!— dice y el corazón le tiembla.
—¿Qué pasa?— preguntan Azucena y Aristoles al unisono.
—Esto... ¿Acaso les tendieron una trampa?—
En eso, la puerta se cierra y se escucha que alguien pasa el cerrojo Aristoles corre y trata de abrirla.
—¡Aris llama a los soldados por la ventana! ¡El Rey debe estar en la azotea!— le grita Fernand.
Pero al tratar de caminar, Aristoles cae desmayado. Hay un humo blanco entrando por debajo de la puerta. Fernand jala a Azucena y se acuestan en el suelo.
—¿Qué pasa Fernand?—
—Intentan desmayarnos. Pretenden raptarte Azucena. Quédate en el suelo, esos gases nunca tocan el piso. Pero debemos actuar rápido.—
—¿Raptarme? ¿Y si fuese a tí Fernand?—
—Entonces digamos que es a ambas.— dice mientras se arrastra hasta tomar la silla donde estaba sentado el Rey por las patas. Mientras, Azucena intentaba despertar a Aristoles. Como pudo, desde el suelo Fernand logra abrir la ventana con ayuda de la silla. El gas comienza a salir por la ventana abierta.
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Editado: 13.03.2026