Flores del Palacio de Yermen

Capitulo 19: El Caballo Desbocado

Pasan alrededor de cuatro meses luego de que Fernand volviera del hospital. Es ya 15 de noviembre. La tarde del día anterior, Azucena le había insistido a Fernand que quería aprender a andar en caballo. Pese a que las damas lo consideraron muy inapropiado, el príncipe acabó por acceder y comprarle uno. La mañana de ese 15 de noviembre, Antoine trajo de la ciudad una yegua alta, esbelta y de porte fuerte al Palacio. Además, era muy cariñosa y fue lo primero que Fernand destacó al interactuar con el animal. Azucena se preparó para subir al caballo, con un vestido de corto de poco volumen. Las damas se escandalizaban de que la futura soberana de la nación usase semejante prenda. Pero nada desanimaba a Azucena, quien por indicación de Fernand se acercó al animal. En un poco rato, ya Azucena estaba sobre el caballo, pidiéndole a Antoine que le soltase las riendas para ella llevarlo. Fernand se negaba.

—Puedo hacerlo, Condesa. Sólo dadme la oportunidad.— dijo casi haciendo berrinche.

Fernand subió en su caballo y tomó ella las riendas del de Azucena. Ella estaba muy contenta, tal vez demasiado. Al cabo de un rato, Fernand le estaba enseñando a llevar las riendas. Todo esto ante la mirada preocupada de Roderick, mientras el Rey sonreía.

—Lo está haciendo muy bien Princesa. Pero guarde calma o el caballo se asustará.— indicó Fernand luego de que ella chillara de emoción.

—Vale. Perdonad.—

Había pasado ya media hora y ya Azucena llevaba de las riendas a su propia yegua en una caminata serena. Desde una de las ventanas, la Condesa de Maldioren veía la escena. La oportunidad perfecta para dejar a Fernand mal delante del Rey y de quitar a Azucena del camino, estaba ante sus ojos. Con ayuda de una resortera y algo de puntería, lanzó una canica a la yegua de Azucena, quien se echó a correr despavorida. Por más que Azucena intentaba calmarla por las riendas, la yegua no obedecía. Se armó un escándalo de inmediato. Fernand corrió detrás de ella en su caballo, mientras Roderick corría al sitio asustado.

Montada en la yegua, Azucena gritaba suplicando auxilio, mientras Fernand le gritaba que se sujetara con fuerza. La seguía a corto paso, pero no logra alcanzarla. La yegua corría hacia el estanque del jardín. Saltaría la cerca y tiraría a Azucena en el proceso. “Si no la calmo antes de que llegue ahí, Azucena se caerá” pensó. Corría tras ella en el caballo, intentando llegar a las riendas y salvarla, pero se acercaban muy rápido a la cerca. Terminó por llegar a su lado y saltar sobre ella, protegiéndola con su propio cuerpo hasta caer en el césped. Los caballos siguieron corriendo, saltaron la cerca y se detuvieron en el agua. Roderick venía en caballo hacia ellas.

—¿Está bien Princesa?—

—Si, lo estoy. ¿Y vos Fernand?—

—Lo estoy.—

—¿Se encuentran bien?— dice Roderick desmontando y abrazando a su esposa.

—Lo estamos.— dice Azucena acurrucándose en sus brazos. Su corazón latía asustado aún.

Fernand nada dice. Antoine busca a los caballos y le da el suyo a Fernand, pero lleva él la yegua de Azucena.

—Lo estaba haciendo muy bien... ¿Qué le pasaría?— se lamenta Azucena.

—Algo la hizo correr.—

—¡Yo no he sido!.—

—Lo sé.— dice Fernand con una mirada enigmática en sus ojos.

Los cuatro caminan hasta donde el Rey mira la escena molesto.

—El caballo tiene un golpe fuerte en el costado.— susurra Antoine y Fernand se vuelve para mirar.

Efectivamente, la pobre yegua tenía un golpe casi morado en una costilla. Fernand la acaricia. Azucena y Roderick se acercan.

—¿Que le pasó?—

—Algo le golpeó aquí... O alguien. Mire Alteza.— indica Fernand y Roderick se acerca a la yegua.

—Creo que por ésto se asustó el animalito.— dice una dama y trae en su mano una canica de vidrio. Fernand la toma y la mide con el golpe de la yegua.

—Alguien le disparó ésto a la yegua para hacerla correr.— dice entre dientes— Sabían que la yegua podría tirar a la Princesa...—

Fernand se veía realmente molesta. El Rey también.

—El culpable es ese muchacho Majestad, al traer a ese endemoniado animal pudo haber lastimado a la Princesa. Merece un castigo.— le dijo la Condesa al Rey, sin atreverse a culpar directamente a Fernand.

—Exijo una explicación de lo ocurrido.— exclamó dirigiéndose a Antoine, quien yacía en sus pies.

—Con su permiso, Majestad. Aquí está la explicación que busca.— dijo Fernand de rodillas al lado de Antoine mostrando la canica.— Alguien le disparó ésta canica al caballo en una costilla, lo que hizo que se echara a correr.—

—Más sin embargo, nada de esto hubiese ocurrido si este joven no hubiera traído ese animal al Palacio. Merece un castigo por lo ocurrido.— indica el Rey y la Condesa sonríe, malvada. Pero no se esperaba lo que estaba por pasar.

—Majestad, si ha de castigar a alguien, que sea a mí. Antoine Bursson es mí escudero, por tanto mi responsabilidad. El castigo que él merezca, lo sufriré yo en su lugar. Quién pidió a Antoine traer el animal fui yo. Solicito su castigo sobre mí.—

—¡¿Qué haces?!— susurró Antoine a punto de darle un ataque.

—Tengo toda responsabilidad sobre él, y la Princesa se encontraba bajo mi cuidado cuando sucedieron los acontecimientos. Jamás debí dejarle las riendas a su cargo...—

—Condesa ¿Estás dispuesta a sufrir un castigo, por salvar a éste joven sirviente?— pregunta el Rey. La Condesa tras él cruza los brazos y sonríe.

—Si, su Majestad.— respondió y dejó perplejo a Antoine, al Rey, a las damas y a la misma Condesa.— Estoy dispuesta a ello.—

—¡¡Majestad por favor no!!— grita Azucena corriendo hacia el Rey.— No ha habido culpable alguno más que yo. Mía fue la idea de traer al caballo, la única responsable de haber puesto mi seguridad en peligro he sido yo. Además, quién disparó a mi yegua es quien debe ser castigado, es quién realmente ha atentado en mi contra. ¡No os enfuréscais con Antoine! ¡Recordad que antes él ayudó mucho a salvarme la vida!.—




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