La tropa sale del Palacio de Apamelia, con Fernand y Padrón a la cabeza. Llegan al bosque, dónde un grupo de hombres están batallando con los soldados. La tropa desmonta y se une a la lucha. Abdinoren había logrado contratar un ejército para sí. La lucha estaba muy acalorada, cuando de pronto, Padrón ve a Abdinoren tratando de huir junto a cinco hombres más. Le ordena a Fernand y a 6 soldados ir tras él. Ellos obedecen y salen a todo galope detrás de Abdinoren y los hombres. Al rato, se oye una explosión.
Pasa una hora y la pelea termina, dejando a muchos hombres fallecidos, otros capturados y algunos soldados heridos. Al notar que no habían regresado aún, Padrón sale en busca de Fernand y los soldados, con un vejo de preocupación en su mirada. Le parecía demasiado extraño que aún no hubiese regresado. Buscó con ayuda de los soldados por el bosque, cuando un soldado lo llamó a un punto en específico. Habían encontrado a los caballos de los soldados, pero no el de Fernand. Siguieron las huellas de los caballos y la escena que encontraron casi hace que a Padrón se le saliera el alma.
—Esto... ¡Esto es imposible!— exclama horrorizado.
Los soldados que habían ido tras Abdinoren yacían muertos, algunos mutilados y otros ahorcados en los árboles. También habían dos de los hombres en el suelo. La escena era sin duda tétrica y traumatizante. Demasiada sangre suelta.
—¡Comandante!— dijo uno de los soldados, casi a punto de llorar, trayendo una espada azul con motivos florales en las manos.
—¡¿Dónde hallaste esto?!—
El soldado lo lleva al sitio, dónde yacía un soldado medio muerto con la cabeza ensangrentada (pero vivo) y cerca de él una chaqueta azul claro desgarrada y cubierta de sangre, además de una bota. Dentro de la bota había una daga. Padrón tomó la daga y la espada.
—Comandante... Perdóneme... No pude protegerla... No pude proteger a mi Capitán...— dice el soldado antes de quedar inconsciente.
“Imposible... Esto no puede ser verdad...” pensó Padrón mirando el estado de la chaqueta. Habían trozos de piel y cabello amarillo en ella. Los soldados de la Policía Militar tomaron esas cosas cona cuidado, intentando decidir entre ellos quién le daría la noticia a Joaquín. Padrón buscó por todos lados, pero no había rastro de la dueña de la chaqueta. “No debí pedirle que fuera a ella... Gadeón está...”.
—No encontramos su cuerpo aún Comandante.— indica un policía militar.
—Sigan buscando. Temo que debo volver a Apamelia con esto y dar parte al Rey de los ocurrido.— dijo con la voz entrecortada.
En eso, se acerca Gadilrroba y mira la tétrica escena.
—Madre del Creador ¿Qué ha pasado?— exclama.
—Vamos Coronel. Temo que la nobleza se viste de luto el día de hoy.—
—¿Qué ha pasado?—
Padrón le muestra la espada azul ensangrentada en su mano.
—Eso no puede ser verdad.— dijo y su mirada denotaba que estaba destrozado.— No puede ser cierto...—
—Volvamos al palacio hijo. Me temo que hay que informar al General Joaquín y al Rey.— Axel asiente, pero no puede evitar llorar con la noticia.
La Guardia Real y parte de la Policía Militar vuelven al palacio. Los soldados se llevan la chaqueta, dejándole solo la espada azul a Padrón. Él se encargaría de informar al Rey. Éste observa a los soldados llegar cabizbajos y llorosos.
—Se nota que no pudieron atraparlo. ¿Pero por una derrota vienen todos así? Pareciese que ya van a llorar— dice el Rey casi burlón, pero se sentía extraño. Tenía la piel erizada.
—No veo a Fernand con ellos padre.— indica Roderick y ambos van al encuentro con Padrón.
Estaban en el salón del trono. Habían algunos nobles allí reunidos conversando y chismorreando entre ellos. En eso entra Padrón, cabizbajo, conteniendo en silencio las inmensas ganas que tenía de llorar. El Rey se queda mirándolo, enigmático. Azucena a su lado se ve preocupada. Roderick no entiende qué sucede. Padrón se arrodilla ante el trono.
—Buenas tardes, su Real Majestad. Le informo que pese a nuestros esfuerzos, el Duque traidor logró escapar. Nuestras tropas tuvieron un enfrentamiento con un ejército reclutado por el enemigo. Tomamos pocos prisioneros. Tuvimos sólo 9 bajas en nuestros hombres. Y me temo... Una de esas bajas, es de la dueña de ésta espada.— dijo y presentó la espada azul delante del Rey. La Corte entera entró en shock.
—Eso... Eso... Eso no...— intentó decir el Rey. Pero casi no le salía la voz.
—No hemos podido hallar su cuerpo. En el sitio sólo encontramos ésta espada, su chaqueta de guardaespaldas desgarrada y cubierta de sangre, piel y cabellos rubios, y una bota. Dentro de ésta, una daga con el grabado de los Gadeón. El ejército entero lamenta ésta pérdida irreparable.— dice y más de un soldado de la Guardia Real deja caer sus lágrimas. La Corte permanece en shock, mientras el Rey hace hasta lo imposible por no llorar también. Igual Padrón.
—¿Qué fue lo que pasó?—
—En el furor de la batalla, el Duque traidor intentó escapar, yendo Gadeón Menor y 6 soldados más tras él. Los jóvenes fueron encontrados sin vida de maneras bélicas en una misma área, siendo el cuerpo de Gadeón el único que no ha sido hallado. Sólo éstas pertenencias suyas.—
—Entiendo... Envíale un mensaje a Joaquín de Gadeón y dígale que se presente en el Palacio.—
—Si, Majestad.—
Padrón se retira, mientras Azucena se ve fuera de sí. Por más que Roderick le habla, ella nada responde. Termina por levantarse con mucha dignidad, luciendo firme y elegante, dejando a la Corte extrañada. Hace una reverencia y se retira de la sala seguida por Roderick. Una vez fuera de los ojos de la Corte, Azucena corre por los pasillos hasta llegar a su habitación matrimonial. Allí, cae al suelo incapaz de mantenerse en pie. Rompe en un sonoro llanto, incontrolable y desconsolado. Roderick llega más atrás, cerrando la puerta con la frente apoyada en ella. Hacía ya unos momentos que no pudo contenerse más. Intentó levantar a Azucena del suelo, pero ni siquiera él mismo podía estar en pie. Se abrazaron juntos, incapaces de calmarse.
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Editado: 13.03.2026