La mañana siguiente, en el palacio se corre la noticia de que Fernand humilló y empujó a la Condesa de Maldioren, cosa que el Rey se encargaba de desmentir. La Condesa está enfurecida contra Fernand y aguarda el momento de hacerla quedar mal también. Y la oportunidad perfecta se presenta cuando los Herederos salen ese día a tomar el té en el jardín. Invitan a Fernand a sentarse con ellos, mientras compartían una animada y feliz plática. En eso la Condesa de Maldioren pasa por detrás de la Princesa y con disimulo intenta rociarle del té caliente en el cabello, respondiendo, en vez de Fernand, Roderick.
—¿Se puede saber que intenta?— exclama levantándose.
—Yo absolutamente nada, Alteza. Sólo caminaba por aquí.—
—La he visto Condesa, ha intentado rociar de su té en mi esposa ¡Eso no lo permitiré!—
—¿No lo reprenderá su padre al escucharlo hablarme así Príncipe Roderick?—
—Usted podrá ser la concubina de mi padre, pero no por eso tiene derecho de intentar algo contra la Princesa.—
—Esto es el colmo, ¿aparte de que no se puede hablar con ella, tampoco se le puede acercar?—
—Mientras no hagas nada en su contra, todo estará bien.—
—¡Qué tontería! ¿Ahora resulta que soy una malintencionada y conspiradora? ¡Esto es una falta de respeto!—
—Respeto debería tener usted. ¡Azucena es la futura Reina de nuestra nación y usted le debe respeto y reverencia! Además, a diferencia suya, Azucena si está casada con un miembro de la familia Real.—
Al oír ésto, Fernand se ahoga con el té que tomaba, mientras la Condesa queda en shock. Se retira zapateando y a toda marcha del sitio.
—Y yo que creía que sólo los chivos pataleaban de esa manera.— murmura Fernand y Roderick suelta una carcajada.
—Ay Fernand, esos no son chistes.— dice Azucena y Roderick ríe aún.— ¡No le deis alas!.—
Terminan riendo los tres, mientras la Condesa los mira desde una ventana, enfurecida. Tenía que planear algo para descobrarse lo ocurrido. Ideó una forma en la que, no sólo humillaría a la Princesa y saldría airosa de ello, sino que también dejaría mal a Fernand delante del Rey. ¿Qué porqué lo haría? Porque consideraba inconcebible que una niña de 15 se llevara toda la atención y reverencia de la Corte, siendo ella quién poseía esos dotes antes de su llegada.
Esa tarde, la Princesa camina hacia el salón del trono, a presenciar una reunión de la Corte, acompañada de Fernand y las damas de honor. Cuando falta poco para llegar, un balde lleno de pintura cae del techo y, en vez de voltearse para rociar la pintura, cayó en línea recta hacia la cabeza de la Princesa, quién creyó que sería golpeada, de no ser porque Fernand, siempre atenta, tomó el balde en el aire antes de que cayera. Terminó por ensuciarse un poco ella y la Princesa. Pero se encontraban bien. Fernand advirtió a la mujer detrás de una columna. Cuando la Condesa quiso escabullirse, se encontró con la daga de Fernand cerca de su cuello. Pero justo en eso venía el Rey y mira la escena. No está seguro de qué ocurre realmente.
—¡Majestad me está atacando! ¡Ayúdeme por piedad!— grita la Condesa y Fernand retrocede.
—¿Qué es lo que ha pasado?— pregunta el Rey. Azucena intenta hablar, pero la Condesa comienza a hablar a gritos.
—¡Majestad solo venía caminando por aquí y ésta oficial me atacó! ¡Me causa como siempre de intentar algo contra la Princesa!—
—Suponiendo que la cuerda que sostenía el balde no estaba en sus manos, Condesa.— dice Fernand, visiblemente enojada y de brazos cruzados.
—Majestad la Condesa ha intentado arrojar ese balde lleno de pintura en mi cabeza ¡Ese golpe pudo matarme!— dice Azucena.
—¡Miente! ¡¿Porque siempre se ponen de acuerdo en mi contra ustedes?!— exclama y comienza a llorar.
—Majestad...— intenta decir Azucena.
—Princesa, preséntese a la sala del trono con su esposo. Y tú Condesa de Gadeón... Retírate a tu habitación.— indica el Rey, mientras se lleva a la Condesa por la cintura y trata de consolarla.
Fernand y Azucena se miran las caras, indignadas. Fernand no tiene más remedio que retirarse.
—Recuerde lo que le dije Princesa. Dignidad, elegancia y firmeza.— dice Fernand, a lo que las damas de honor responden con una mirada enigmática.
—Si, lo entiendo querida amiga. Guarda calma, podré defenderme.— dice Azucena con una sonrisa.
Fernand camina de regreso a su habitación. En el camino, se cruza con Aristoles. La miró a los ojos y terminó por voltear la mirada. Fernand pasa por su lado firme, pero sintiendo que no soportaría las ganas de llorar.
—Nunca dejaré de quererte— le susurró, rompiendo el último atisbo de firmeza en ella. Voltea a mirarla, y a Fernand le salen lágrimas de los ojos. Intenta abrazarla.— ¿Fer?—
—Déjame.— dice ella mientras seca sus lágrimas.
—Fernand...—
—No Aristoles. Déjame.—
—Fernand... Yo te quiero.—
—Yo también. Pero no podemos. Perdóname. Pero no podemos.— dice y se aleja a paso rápido de él.
Aristoles se queda en el sitio. Tras él, su padre, Arnold Villalón oye lo ocurrido. Se le hace increíble que de todas las doncellas de la Corte, Aristoles justo se haya fijado en Fernand de Gadeón. Fernand llega a su habitación y cierra la puerta. Allí, después de 3 años, llora un rato por sus amarguras. Ya lo había visto venir. Sentía que su vida siempre sería así. Pese a toda la felicidad que pudiese sentir, siempre se vería truncada por su actuar y vivir.
Por otro lado, Azucena yacía junto a Roderick en el salón del Trono. Seguía molesta por lo ocurrido en el pasillo. Dada su crianza, Azucena no toleraba la injusticia. En su inocencia, creía que el mundo debía ser justo y punto. La Condesa la miraba y se burlaba de su expresión. Creía haberse salido con la suya. Un rato después, terminó por levantarse de dónde estaba y acercarse a ella cuando estaba charlando con una Marquesa.
—¡Su Alteza luce hermosa con ese vestido! ¿Son acacias las flores que trae pintadas?— dijo refiriéndose a las manchas del vestido que las sirvientas y las damas de honor no pudieron quitar.
#3070 en Otros
#457 en Novela histórica
#592 en Acción
amigas fieles, guerra terrorista y atentados, tragedia lágrimas y drama
Editado: 13.03.2026