Pasan unos meses, dónde gracias al atentado, ni Azucena, ni Fernand y ni siquiera el mismo Roderick podían salir de la habitación de juegos sin custodia
Corría el mes de mayo. Era simplemente de la sala, a sus habitaciones. Y el personal de servidumbre a su alrededor era escaso. La mayoría de las veces, estaban custodiados por guardias. Eso mantenía a Azucena bajo una presión y miedo constantes que comenzó a reflejarsele en su salud. Cada vez que comía lo dejaba todo en el baño por medio de vómitos y náuseas. Fernand y Roderick estaban preocupados. Pasaba gran parte del día con mareos. Pero la cuestión llegó a su punto límite cuando, mientras bordaba, cayó en los brazos de Roderick desmayada. Inmediatamente comenzaron los gritos y la desesperación en el área. Con mucha calma, Fernand la toma ella en sus brazos y la despierta en un momento. Luego mira a Roderick con burla.
—Es que me preocupo...— dice justificándose, con las mejillas rojas y cara aniñada.
—¿Te encuentras bien Princesa?—
—Si, lo estoy. No sé qué me ha pasado.—
—Al parecer has sufrido un desmayo. Ya el médico viene en camino.—
En eso, el doctor entra y tras preguntar y recibir sus frecuentes síntomas, decide pedirle al Príncipe, a los guardias y hasta a Fernand que salgan. Pero Azucena se rehusó a que Roderick y Fernand se fueran. Los guardias terminan por salir de la habitación, yendo uno de ellos a informar al Rey. El médico revisa a Azucena, mientras Roderick y Fernand se miran las caras. Roderick preocupado y Fernand intentando no dejar ver que también lo estaba. Finalmente, el doctor sonríe.
—Mis sospechas son ciertas Alteza. En unos meses tendremos al próximo Principito de Yermen con nosotros.—
Fernand ríe con la afirmación, pasándose las manos por la frente, aliviada. Luego suspira y se queda mirando al vacío, feliz. Roderick no entiende qué pasa.
—Yo... No entiendo, ¿Qué tiene Azucena?—
—Un bebé en el vientre Alteza. Será padre en algún tiempo, Príncipe Roderick.— dice Fernand y abraza a Azucena, quién sonríe feliz.
—¡¿Cómo?!— exclama Roderick y cae para atrás por la sorpresa.
El médico sale dado que los gritos de emoción que los dos esposos empezaron a soltar. Terminaron por ahuyentar a Fernand también. El Rey se acerca a paso rápido por el pasillo. La Condesa caminaba a su lado, enojada.
—¿Que es lo que ocurre?— dice el Rey visiblemente preocupado. Dentro de la habitación, Azucena y Roderick aún gritan de alegría.
—Los de dentro van a ser papás y usted abuelo, Majestad— dice Fernand y el doctor ríe.
—¡¿Cómo?!— exclama el Rey y tras él, la Condesa se ve consternada.
—Sí Majestad. La Princesa Azucena está embarazada.— indica el doctor.
El Rey entra en la habitación, en ella, Azucena y Roderick se abrazan y saltan de alegría. Eso también lo alegra. Fernand también está feliz, pero la mirada de preocupación y furia unidas de la Condesa de Maldioren la distrae. En su interior, se comienza a gestar un plan malévolo. El nacimiento de ese bebé implicaría la pérdida total de su estatus. Debía evitarlo. Cuando su mente divaga y su mirada refleja su oscura pretensión, Fernand la mira fijamente. Ella se sobresalta. Fernand sabe que algo planea.
El Rey sale poco después y anuncia a las sirvientas que a partir de ese momento deben mantener a la Princesa bajo muy estricto cuidado desde su actuar hasta su comida, dado que un Augustus VII venía en camino. La noticia se regó en un instante por toda la Corte, llenando el aire de regocijo. Si antes Fernand y Roderick no se apartaban de su lado, ahora menos. Pasaban casi todo el día cerca de ella. Usualmente, en las mañanas, Roderick y Azucena disfrutaban de tiempo juntos, siendo ésta la única hora que tenía Fernand de moverse por el Palacio. Ya en la tarde, los roles cambiaban.
Dado que en esos meses su cabello había crecido un poco y Fernand quería cortarlo (porque se sentía mucho más cómoda con el cabello corto), Azucena logró convencerla de tejerle el cabello. Dado que la Princesa embarazada no debía moverse demasiado, Fernand terminó por acceder sentándose en un banco frente a ella mientras refunfuña. Azucena la peina con cariño, y termina por tejerle una trenza cruzada que le sujetaba todo el cabello en un moño que empezaba en la coronilla de su cabeza, cayendo hacia su espalda en una trenza ligera y firme. Terminó por decorar la trenza con una cinta azul claro, la cual Fernand aseguraba que se quitaría en un descuido que se diera. Azucena sólo reía. Le gustaba muchísimo jugar con el cabello de su amiga.
—Si te quitas la cinta te haré la trenza desde el principio Fernand.— la amenaza con una sonrisa.
—No me arriesgaré a eso.— responde preocupada.
—Vamos Fernand, ¡te luce hermoso!—
—Si usted lo dice Alteza...—
—Vamos Fer, son cosas de amigas. Las amigas hacen eso.— dice sonriente.
—Y aquí comienzan los chantajes. Princesa, recuerde que yo entro en esa escasa categoría de “amigos especiales”. Y antes de que diga algo: no me gusta que me peinen.—
—Oh, ya se te va a quitar. Mañana te haré otro diferente.— dice y las sirvientas ríen.
—Pues tendrá que hacérselo a la muñeca, porque mañana salgo de permiso.— dice y Azucena se molesta.
—¿Cómo que de permiso?—
—Debo salir a resolver unos asuntos Princesa. Regreso el jueves en la mañana.—
—Pero Fernand... ¿Si sabes que no es bueno que me deis disgustos?—
—¿Otra vez? Bajo ese pretexto me ha dejado el cabello así Princesa.— dice burlona.
—No me culpes, tú querías cortarlo— dice de brazos cruzados.
—Si con eso me podía salvar de éste peinado...—
—¡Fernand deja de rechistar! ¡Te quedó lindo y punto!—
Fernand cae en un sillón entre risas. En eso, llega Roderick y mira a Fernand detenidamente.
—¿No había otra cosa con la que pudieras jugar Azucena?—
—¡Otro más!— exclama ella y Fernand ríe.
—Mi padre desea verte en su oficina, Fernand.—
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Editado: 13.03.2026