Flores del Palacio de Yermen

Capítulo 30: Estallido de Tempestad

A la mañana siguiente, Fernand luce mucho mejor que la noche anterior, pero no deja que nadie se entere. Alessandro pasa por su habitación antes de irse, y Fernand suspira al verlo marchar.

—Es un muchacho encantador sin duda.— dice la Nana mientras le teje el cabello.

—Lo es.— dice ella tras un suspiro. La Nana se la queda mirando con ternura.

—Creí que éste día nunca llegaría ¡Mi niña está enamorada!— exclama emocionada.

—¡Nana no! ¡Baja la voz!, si mi padre se entera me va a dar una paliza.—

—¿Tan mala visión tienes de mí Fernand?— dice Joaquín entrando a la habitación.

Por señas le dice a la Nana que salga, corriendo ella a llamar a Jazmeen. Fernand se queda en la silla, mirándolo como de costumbre, seria y con frialdad. Joaquín se acerca hasta ella y le pone las manos en los hombros. Ella estaba sentada de espaldas a él.

—¿Qué es eso de lo que no quieres que me entere?— susurra en su oído y Fernand tiembla por completo.

—Anoche manché el traje que me regalaste hace unos meses y las sirvientas no han podido quitar la mancha. Ya no sirve.— dice y finge esperar su golpe. Joaquín retrocede perplejo.

Por un minuto se lamenta de nuevo lo muy severo que había sido con ella. Fernand temía contarle cosas que ni siquiera eran su culpa. Él se sienta a su lado mientras la mira a los ojos. En varias ocasiones ella baja la mirada, como intentando esconderse de él, pero él le levanta la cara.

—Ya cálmate. No voy a castigarte por eso.—

—Es mi tercer traje dañado éste año. Usted dijo que...—

—Ya calla Fernand.— dice y Fernand cambia su mirada. Ahora está sorprendida.

Joaquín la mira y sabe el pánico que le infunde.

—Deja ver cómo te amaneció esa herida.— dice y pone las manos inmediatamente en su camisa, tirándose Fernand para atrás en desaprobación.

Pasaron mil y una cosas por la cabeza de Joaquín, quién inmediatamente culpó a Abdinoren.

—Fernand, yo soy tu padre. ¿No creerás qué...—

—No es eso.— dice ella y se aleja unos pasos de él.

—Entonces ¿Qué?— dice y se levanta tras ella.

Por un momento forcejean por medio de la camisa, hasta que Joaquín logra abrirsela y observa detenidamente que es lo que ocurre. Había dos grandes razones en su pecho que la avergonzaban. Inmediatamente, ella se vuelve a cerrar la camisa.

—Por favor no haga eso de nuevo, General.— dice mientras sus manos denotan cuán nerviosa estaba.

—No lo haré. Descuida... Yo... No... No había notado cuánto habías crecido.— dice mientras un remolino de cosas pasan por su mente.

—No quiero que destaque el tema, General.— dice y Joaquín sabe que está avergonzada. No sabe qué hacer ni qué decirle.

—Tienes prohibido salir de casa durante éstos días, Fernand. Estrictamente prohibido. ¿Me has entendido?— dice con autoridad, pero su mirada estaba perdida y su mente daba vueltas a mil por segundo.

—Entendido General.— dice y Joaquín sale de la habitación.

Ella suspira, sabiendo que se ganó un problema por evitar otro. Pasa toda la mañana y la tarde recostada en su cama, siendo atendida y consentida por su Nana. Pero seguía pensando en él. En ese beso en la mejilla que la hizo temblar por completo. Ese beso que casi la hace explotar de alegría y logró enrojecer su rostro por completo. Recuerda por un momento ese beso que Aristoles le dió. “No es igual... Ésto es diferente” piensa y su corazón late con fuerza. En eso, tocan la puerta y tras dar el permiso, entra Axel.

—Buenas tardes Gadeón, ¿Cómo te encuentras?— dice y le pone en las piernas un ramillete de rosas.

—Hola Gadilrroba. ¿Y eso?—

—Eres niña y estás herida, te traje rosas. Más te vale aceptarlas y ya.— dice de brazos cruzados y Fernand sonríe con sarcasmo.

—Con esas opciones, cualquiera acepta.— dice y Axel sonríe.

—Venga, vine a ver cómo estabas. Y técnicamente a chismorrearte lo que pasó en el Palacio ésta mañana.—

—No soy de meterme en chismes... Pero supongo deberé escucharte.—

—Pues resulta que ésta mañana llegó una carta de la Reina de Vulgonia exigiendo que liberaran de inmediato a sus nobles encarcelados injustamente y se les diera Perdón Real o el Rey sufriría las consecuencias de ese crimen de guerra por tratar a sus nobles como criminales. ¿Y sabes quiénes son los nobles? ¡Los tipos que falsificaron el Edicto!—

—Imposible...—

—Pues créelo amiga mía, esa señora enloqueció. Muy calmadamente, la Reina Azucena redactó una carta con mucha amabilidad y elegancia diciendo los crímenes de los hombres y que no serían liberados. Y no me vas a creer lo que hizo la señora... ¡Mandó un Decreto de Guerra Criminal!—

—¡¡¿Qué?!! ¡¿El Rey...—

—Mandó hace media hora a los soldados del General Guillén a la frontera. Pero no sé nada más que eso. La Reina quisiera que fueras allá, pero sabe que éstas herida y no es capaz de llamarte.—

—¡Rayos... ... ... Agradezco me informaras Axel— dice con un enojo que se le nota a leguas.

—Y te cuento: el tipo que atraparon anoche confesó que la bomba que ponía allí era para matar a los soldados que salieran del destacamento de la ciudad a la batalla. ¡Y ni siquiera había declarado la Guerra aún!—

—¿Si entiendes lo que ella pretende verdad?—

—¿Qué?—

—Debilitar al Ejército para poder ir contra la Corona. Allí entra lo que dijeron los tipos: la Reina sabe que si intenta una Guerra abierta, de Andalacia mandarán tropas para respaldar... Pero si la Reina Azucena y el Príncipe Jhosep mueren, la Reina de Andalacia podría quitarnos esa ayuda, e incluso arremeter contra nuestra nación por el magnicidio... Ésto es una locura...—

—Eres extraordinaria ¿Sabías? No puedo creer que sepas todo eso. Tendré que contárselo de tu parte a Su Majestad más tarde cuando vuelva.— dice perplejo.

—No es necesario pensarlo mucho Axel. Es sólo cuestión de juntar las piezas... Te aseguro que el Regimiento del Ejército que salió no hará más que estar distraído en la frontera. El verdadero problema se formará aquí en la ciudad.—




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