Flores del Palacio de Yermen

Capítulo 32: Luz de Luna

Era casi media noche cuando Fernand vuelve a casa. Tuvo que hacerse la fuerte y patrullar con los soldados para poder aprender sus movimientos. Ya por fin volvía a casa. Dos soldados la acompañan, temerosos de que su General se ofenda por su cuidado. Fernand va pensando mil y una cosas. Piensa en Axel y se pregunta si estará bien. Piensa en Azucena y Roderick. Piensa en el pequeño Jhosep. En cómo Aristoles se había quitado la vida al verse solo en el mundo. Piensa que pudo ayudarlo. Ya no hay tiempo. Piensa en Alessandro y en ese beso en la mejilla que casi la hace derretirse. Lo quería bastante. Pero no tenía el valor de decírselo. Finalmente llega a casa, se despide de los soldados y guarda su caballo. Entra a la casa y se sienta en la sala, dónde la Nana llega a atenderla.

—¿Almorzaste algo querida mía? ¿Como estuvo tu primer día?—

—Estoy agotada Nana. No he probado bocado desde la mañana.—

—¡Por Dios! Aguarda aquí mi niña, voy por un tecito y comida.— dice y sale corriendo a la cocina.

Fernand sonríe con dulzura. En esa casa, la única que realmente se preocupaba a cada segundo y velaba por su cuidado era la Nana. Era casi media noche y ella se levantó para atenderla. Mientras piensa en eso, se queda dormida en la silla.

—Bonita hora de llegar a casa Fernand.— dice Joaquín, algo molesto, viéndola sentada en la sala.

Cuando se acerca, ve que está rendida. “Pero hija...” piensa y se entristece. Sabe el día que tuvo Fernand en el Destacamento. Acaricia su rostro un momento, mientras la mira con detenimiento. Le quita las botas y las armas del cinturón. “Así estará...” piensa mientras la mira dormir. La Nana llega y cuando va a darle la comida la mira dormida.

—Pero mi niña... Venga, despierta mi corazón...— dice y le acaricia la cara, despertándola.

La Nana le da el té y Fernand come sólo la mitad de la comida. Dice tener náuseas y la Nana corre en busca de té de manzanilla. Joaquín la mira preocupado. La Nana la da del té y a los pocos minutos Fernand vuelve a dormirse.

—Dejala Nana, está demasiado cansada.—

—Ya veo... Mi pobre niña...— dice ella y suspira.

—Ve a dormir, yo me ocupo.—

Joaquín toma a Fernand en sus brazos y la lleva cargada a su habitación. Resalta el hecho de que está bastante liviana pese a la edad y contextura que tiene. La sienta en la cama, apoyando su cabeza en su hombro y le quita el sobretodo. La acuesta en su cama, y tras cobijarla apaga las luces. Cuando se va, algo lo hace retroceder. Recuerda la herida de bala en su hombro y vuelve para buscarla. Pero se detiene a mirarla. Con su rostro pálido iluminado apenas por la luz de la luna que se metía por las ventanas, la veía preciosa. Acarició su cabello un momento, mientras admiraba su rostro. Jazmeen lo observa desde la puerta de la habitación.

—Si la quieres tanto ¿Porque no se lo has dicho aún?—

—¿Qué dices?—

—Fernand piensa que la odias por el hecho de que es hembra. Pero tú la amas profundamente. ¿Por qué no se lo has dicho?—

—Porque quería criarla para que fuese fuerte.— dice con melancolía. Acaricia su cara, recordando muchas cosas de su infancia.

—Ya lo es. Mucho más que tú y yo juntos. ¿Cuando piensas mostrarle cuánto la quieres y cuánto vale? A éstas alturas, Fernand se avergüenza de su cuerpo y se niega a aceptarse cuál es.—

—¿Qué dices?—

—Todos lo sabemos menos tú Joaquín. Fernand se avergüenza de sí misma. ¿O nadie te dijo nunca que tú hija intentó cortarse los senos con la espada cuando era Capitán?—

Joaquín la mira estupefacto. Apenas notaba que con quién hablaba no parecía su esposa. Pese a que era ella, su voz, su mirada y su actuar eran diferentes. Cómo si otra persona se hubiese apoderado de ella. Joaquín se queda junto a Fernand, incapaz de moverse por el miedo que sentía.

—En ésta situación, tú hija desenvainó su espada y no se dejó dominar por el miedo. Pero mírate a tí... La tuviste a punto de morir en tus brazos, y lejos de hacerla sentir segura, la maltrataste. Fernand se irá lentamente de tu lado, y cuando cometas tu gran error, lamentarás por el resto de tu vida lo que dirás. Y tú bien más preciado se te escurrirá de las manos sin que puedas hacer algo para evitarlo.

En eso, sale de la habitación y Joaquín vuelve a respirar. Mira a Fernand una vez más y piensa en lo que dijo. No quiere perderla. ¿A qué se refiere con eso de 'El Gran Error'? No entiende nada. Finalmente se termina por dormir al lado de su hija, mientras ésta intenta descansar.

Cuando Fernand despierta, su padre le sujeta una mano mientras duerme a su lado. Su sorpresa no la deja pensar con claridad. Viendo que ya casi amanecía, va al baño y se lava, para luego vestirse con su uniforme. Duda en si despertarlo o no. Piensa que estará enojado. Pero al final lo despierta con cariño. Él despierta y lo primero que ve es su rostro. Su corazón se alegra al mirarla a los ojos.

—Buenos días. ¿Está todo bien?— dice ella y él sonríe.

—Lo mismo iba a preguntarte.— dice sentándose mientras se pasa la mano por la cara.

—Pues yo estoy bien.— dice ajustándose la banda del uniforme. Trata de ponerse los broches y las medallas de rango, pero le quedan torcidas. Joaquín se levanta y se las pone él.

—Lo que pasa es que no lo sabes querida... Los generales no nos colocamos las medallas nosotros mismos. Siempre lo hacen nuestras esposas. Por eso te salen torcidas hija. Ven a ver, ¿No falta una?— dice mientras le coloca las medallas y ella lo mira intentando no expresar lo sorprendida que estaba.

“Al parecer, al señor le pega la luna de repente y no avisa” piensa ella mientras Joaquín le pone el broche de fusil en el cuello del sobretodo. Ella le pasa el pasador de espada azul y él ríe.

—¿No sé supone que ésto va en el cabello?—

—Suelo usarlo en el uniforme.—

—Vale, si tú lo dices.— dice y le pone el pasador en el cuello del sobretodo.

Ya lista, Fernand baja apresurada a desayunar. Joaquín la mira con nostalgia. Ella come lo más rápido que puede y tras ponerse el sombrero, sale rumbo la Destacamento, mientras Joaquín la mira desde su oficina con nostalgia. Ella sale a toda marcha hacia el Destacamento. Cuando llega, los soldados se sorprenden de verla allí tan temprano. Saben que estuvo hasta tarde con el Escuadrón C en los patrullajes. Igual estaba allí. Uno de los Coroneles entra a la oficina tras tocar mientras ella revisa unos papeles.




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