Flores del Palacio de Yermen

Capítulo 33: Asistente

Pasan alrededor de tres semanas, dónde las cosas parecen tranquilizarse en parte. Muchos son los enemigos que caen muertos, pocos los arrestados. La fama de la joven General de Gadeón crece, asimismo como las ganas de los Comandantes y algunos Condes y Barones de que falle en algo. Se creen capaces de ser mejores que ella en el Rango. El Rey sabe que no. Los soldados sólo la respetan a ella. Pero a la Corte no le parece correcto que una jovencita de 17 años sea quién dirige el Regimiento más fuerte y violento de todo el Ejército. De por sí veían mal que esa niña Condesa estuviese en el Ejército. Y Fernand hace caso omiso de todo. Mientras la Corte cree denigrarla con chismes, habladurías y sandeces, ella cada día era más fuerte, seria y hermosa. Claro que la seriedad se iba cuando, en el Palacio, su pequeño amor se lanzaba a sus brazos. Jhosep la quería con locura, pese a no saber lo que era querer a alguien. Y Alfred amaba a su hermana. El solo oír cuando su caballo venía, lo hacía saltar de emoción y comenzaba gritar de alegría hasta que Fernand entrara a cargarlo.

Una noche, por orden de Joaquín, Antoine sale a buscar a Fernand al Destacamento en el carruaje. Y suerte que lo hizo, dado que Fernand en varias oportunidades de ese día se había quedado dormida en la oficina. Pasó toda la mañana y tarde en entrenamiento con los soldados. Eso la dejó agotada, sobretodo porque se desvelaba cada tres días para ir con los soldados a patrullaje. Le resultaba emocionante, pese a que terminaba rendida. Cuando Antoine entra a la oficina, Fernand estaba dormida sobre el escritorio.

—Oye Fer', venga, despierta.— dice y acaricia su cabello con brusquedad. Ella despierta y le da un manotazo para apartarle la mano. Luego lo mira fijamente.

—Perdona Antoine. Creí que era Gregory otra vez.— dice y se sonroja. Antoine ríe con la afirmación.

—Te vine a buscar Fernand. Hoy es la cena de tu familia, ¿Se te olvidó? Faltas tú.— dice y el gesto de Fernand confirmó sus palabras.

—Rayos... ¿Eso no era mañana?— Antoine ríe y Fernand se levanta para irse.

Salen de la oficina, despidiéndose Fernand de los soldados, quienes miran a Antoine de reojo y con desprecio. Parecen estar a punto de atacarlo.

—¡Él es Antoine!—grita Fernand y los soldados comienzan a reír con vergüenza.

—¿Qué rayos?—

—Andan de recelosos mis chicos. Venga, vámonos.—

—¿Saben quién soy?—

—Ahora sí. Les dije que eras mi hermano de crianza pese a ser sirviente. Supongo en un principio te confundieron con algún noble.—

—¿Debería preocuparme?—

—Ya no.—

Ella sube al carruaje y Antoine insta a los caballos a avanzar. En el camino, algo asusta a los caballos y Antoine tiene que frenar.

—¿Qué te pasa?— dice Antoine y Fernand se asoma a la ventanilla a ver.

Una muchacha se había arrojado al frente de los caballos, con el fin de detener el carruaje. Era muy joven, de cabello cobrizo y ojos verdes.

—Realmente perdóname, pero necesito hablar con tu amo.— dice ella suplicante con ambas manos juntas en el pecho.

—¿Que necesitas?—

—Joven camarada, ¿No necesitará tu Amo alguna sirvienta para su mujer? ¡Puedo también hacer de Nana! Sé cuidar muy bien de los niños y sé peinar a los Nobles ¿Podrías decirle?— dice ella y Antoine ríe. Fernand oye lo ocurrido y asoma la cabeza por la ventanilla.

—Ven a hablarme tú misma, querida.— dice ella y la muchacha se siente desfallecer.

—Perdone usted... No sabía que fuese una mujer.— dice y enrojece.

—Descuida. ¿Qué necesitas?—

—Perdone realmente mi atrevimiento, General. Mi nombre es Rossie Andreis y estoy buscando un trabajo. Mi madre está muy enferma desde que casi muere en el atentado a la casa de los Macgrey. Ella trabajó toda la vida como sirvienta allí, y estaba en el porche de la casa cuando la bomba explotó. Resultó muy malherida y desde entonces le cuesta mucho caminar. He estado buscando trabajo desde entonces, pero nadie me da uno por mi edad.— dice y Antoine se queda mirando a Fernand.

—¿Qué edad tienes Rossie?—

—15 años, General.—

—Eres muy niña aún...—

—Lo sé...—

—¿Sabes leer?—

—Si General. Sé leer, escribir y puedo memorizar muy bien lo que leo.—

Antoine le dedica una mirada enigmática a su amiga. No entiende qué pretende Fernand.

—Está bien. Serás mi asistente. Preséntate mañana en el Destacamento de la ciudad y pide que te dejen llegar a la oficina de Fernand de Gadeón. Mañana mismo comienzas.—

—¿De verdad? ¡Realmente se lo agradezco mucho!—

—Descuida, más bien me estás haciendo tú un favor a mí... Mira, sé que no debería preguntar pero... ¿Tienen algo para cenar ésta noche en tu hogar?— dice y ella baja la mirada.

Fernand baja del carruaje y le deja unas monedas en las manos. Vuelve a subir y se despide. Antoine arranca en los caballos y más adelante da su opinión.

—Supongo que la contratas para que te ayude con las cosas de la oficina ¿Verdad?—

—¡Cómo me conoces amigo mío! Ya mi oficina parece cuarto de juegos con todo el revoltijo de éstos días.— dice ella y Antoine ríe.

—Eres una buena persona, ¿Sabías eso Fer'?—

—Basta.— dice y Antoine sonríe.

—Es una chica bonita, ¿No crees?—

—Eso sólo lo puedes decir tú amigo mío.— dice y ríe.

—Tienes razón, a ti te gustan tipos tontos.— dice y se gana que Fernand le puncé en la espalda baja con la aguja de una de las medallas por la ventanilla del carruaje. —¡Deja tirana!—

Fernand ríe a carcajadas. Llegan a la casa, dónde Joaquín aguarda impaciente.

—Supongo debí recordarte que hoy había cena.— dice de brazos cruzados, pero ya resignado.

—Realmente lo lamento, General.—

—Vas tardía con los informes, me contaron.—

—Se me complica atender los informes, los entrenamientos y los patrullajes todo al mismo tiempo.— dice ella y voltea la mirada.

—Tal vez necesites una asistente en tu oficina hija.—




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