A la mañana siguiente, Alessandro y Casandra salen hacia Azturis.
—¿Segura de que puedo dejarte sola en casa sin que hagas desastres?— dice Alessandro burlón en la puerta de la casa y besando los labios de su esposa.
—Vamos amor mío... Déjame ir contigo.—
—No puedes Fernand. Es peligroso. No quiero que algo malo te ocurra. Apenas termine la Coronación regresaré. Ni siquiera me quedaré en el festejo.—
—Está bien... Vuelve pronto amor mío.— dice ella resignada.
—Querida nuera, no te preocupes. Ya lo convenceré de venir a buscarte. Ha sido un gusto verte amada nuera. Volveré a visitarte ¿Vale?— dice Casandra abrazándola.
—Vale.—
Ambos suben al carruaje, mientras Fernand mira en la puerta de la casa. En la puerta, Alessandro duda un segundo en subir. Voltea a sus espaldas y baja para acercarse de nuevo a su esposa. La besa con dulzura un momento y ella se rehúsa un momento a apartarse de él. Pero una vez más él insiste en que debe irse. Alessandro sube al carruaje y éste sale de la casa. Fernand se despide con la mano, lanzado una plegaria al aire para que todo estuviera bien en su camino. De pronto, un frío viento sopla y le eriza la piel. Se hace un nudo en su estómago y su corazón se estremece.
“—¿Sientes eso?... Eso es el Principio del Final... ¿Estás preparada para ascender a los altares de Yermen cubierta de Laureles y de la Gloria a la que fuiste destinada?—”
—¡¿Qué?!— exclama ella mirando a su alrededor. No está loca, ella escucha perfectamente esa voz.
“—Tu destino nunca ha sido la felicidad, sino el infortunio, la devoción y autoridad... ... Sube a los altos altares de la devoción, tú nombre será recordado con la Gloria que éste conlleva y nunca olvidado por aquellos que moren en éstas tierras... ¿Estás preparada para subir al Cielo y que suenen las trompetas de honor en tú nombre?—”
Fernand entra corriendo a la casa y se sienta en la sala con algo de pánico. “¿Acaso moriré?” piensa y siente su corazón doler. Un momento después llega un caballo a la casa a toda velocidad. Entra un soldado a la casa de imprevisto, anunciando que venía desde Guarari y que el Rey pedía que se presentara de inmediato en el Palacio de Apamelia. Luego le relata lo ocurrido la tarde del día anterior. Pese a cómo se sentía, hizo caso omiso. Subió a su habitación para cambiarse y volvió a usar su uniforme de General completo. Tomó las armas que tenía en la casa y pintó sus labios de rojo. Luego subió a su caballo. Los sirvientes de la casa la miran con preocupación.
—Cuéntenle a Alessandro lo que ocurrió cuando él regrese.— les dice y se marcha con el soldado.
Salen a toda marcha de Vompert con rumbo a la Capital.
Mientras el soldado iba en su búsqueda, Roderick consuela a su hijo asustado en brazos, mientras su cabeza le duele de la preocupación. El estrés y la desesperación reinaban en el Palacio de Apamelia. Axel no se atreve a ver la Rey a los ojos. Considera el rapto de la Reina un descuido suyo. Si algo malo le ocurre, es capaz de quitarse la vida. El otro que siente la deshonra caer sobre sus hombros es Joaquín. Primero lo ocurrido meses antes con Fernand, ahora la Reina raptada bajo sus narices. La situación en el Palacio de Apamelia era exasperante. Todo parecía incierto y se sentía avecinar una tragedia. Roderick mira a su alrededor, mira a su hijo y siente que todo se le está cayendo encima. No quiere perder a su esposa, pero tampoco es capaz de declarar su rendición, no sabiendo que su pueblo será aprisionado, sus nobles asesinados y su Alto Mando torturado. Y aparte, el niño en sus brazos moriría y sería quemado. Ese era el actuar de Vulgonia. Cada reino conquistado por ellos pasaba por eso. Está a punto de resignarse a que su esposa muera. No le queda otra opción. Se siente de manos atadas y su mente se siente desfallecer.
“Entre el Deber y el Amor, el Amor te llena, pero te lleva a hacer tonterías. El Deber duele, pero es lo correcto. Cuando luchan el Amor y el Deber, deberás recordar que un Rey puede amar, pero nunca a nadie más que a su pueblo.” La voz resuena en sus recuerdos. Fue uno de los tantos consejos que su padre le dió. “Y recuerda hijo mío los consejos que te doy, pero si alguna vez tú corazón desfallece y no sabes qué hacer, si necesitas aliento o una simple opinión... Confía en que ella te la dará con toda sabiduría y sinceridad.”
Cuando quiso darse por vencido, alguien abre la puerta de la sala de reuniones dónde estaban él y el Alto Mando. Entró de imprevisto sí, pero su presencia era sinónimo de aliento, de valentía y esperanza. Era ella.
—¡General Fernand Victoriane de Blacksheep presentándose, Majestad!—
Así llegó ella a la Corte: con su uniforme de General, con bastón en mano, su cabello rubio al aire y sus ojos resaltados por el rojo de sus labios. El Alto Mando enmudece y la mira con una mezcla de confusión y fascinación. El único en reaccionar de inmediato es el pequeño Jhosep, que corre a abrazar las piernas de su “tía”. Fernand no puede cargarlo. Roderick la mira y siente que el corazón le vuelve a la vida. Hace un momento estuvo a nada de resignarse a que su esposa moriría. Y ante él aparecía, como un ángel enviado por el Creador, aquella que él sabía que podría salvar a su esposa. Cierto era que sus esperanzas estaban puestas en ella, pero también era consciente de que Fernand poco podría batallar.
—Amiga mía...— dice y siente que romperá a llorar. Fernand se acerca a él y se arrodilla.
—Heme aquí, Majestad.— dice ella y Roderick sonríe.
—Sé que es casi imposible, pero ayúdame a salvarla.—
—Cuente con ello. Haré hasta lo imposible por ello.— dice y se levanta apoyada del bastón.
—El Alto Mando queda a tus órdenes, Fernand. Saca a la Guardia Real si es necesario. Pero salvala.— dice y se le escapa una lágrima que Fernand seca de inmediato.
—Guardemos ésto para luego. No hay tiempo para eso ahora.— dice y con sus palabras Roderick siente que su ánimo se enaltece.
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Editado: 16.04.2026