(Elizabeth)
Le doy un sorbo al café mientras observo a Arlette por encima de la taza. Voltea los ojos cuando nota mi mirada, como si supiera exactamente lo que estoy pensando y aun así decidiera ignorarlo.
—Ya —dice—. No me mires así.
Dejo la taza sobre el plato.
—¿Así cómo?
—Como si estuviera cometiendo un crimen.
—No es un crimen —respondo—. Es reincidencia.
Sonríe torcida. Esa sonrisa que siempre anuncia problemas.
—Deberías estar feliz por mí, Eliza —dice—. Al fin me hizo caso.
—Es un idiota.
No lo digo con rabia. Lo digo con cansancio. Como quien ya ha visto esta escena demasiadas veces.
El teléfono de Arlette vibra sobre la mesa. Ella lo mira al instante.
—Todos mis novios para ti son idiotas.
—Porque no te das tiempo —respondo—. Terminas con uno y ya estás buscando otro para llenar un vacío que ni siquiera te preguntas de dónde viene.
—¡Elizabeth!
Suspiro. Apenas habían pasado dos meses desde Alex. Dos meses desde que lloraba en mi sillón diciendo que no volvería a enamorarse.
—Es la verdad.
—Pues lo conocí gracias a ti —dice.
Siento la culpa clavarse en el pecho.
—Te llevé a esa fiesta para que te despejaras —respondo—. Porque llorabas por Alex.
—Ese imbécil.
—No —la corrijo—. Aquí la imbécil fuiste tú.
Se tensa.
—Solo lo dejé porque se iba de intercambio.
—Cinco meses, Arlette. Cinco.
Alex siempre fue distinto. No prometía eternidades, pero cumplía lo que decía. Respetaba los espacios. No necesitaba vigilar para amar. Ella lo dejó porque el amor, para ella, debía doler un poco para sentirse real.
—Allá se iba a conseguir una europea —murmura.
—Lo obligaste a bloquearte —le recuerdo—. Solo está cumpliendo su palabra.
—Alex no viene al caso —dice—. Estamos hablando de Santiago. Mi novio.
Ese idiota.
—Sabes que Alex aún usa la pulsera que le hiciste.
Su mirada se endurece.
—Eliza, ya.
Se levanta de la mesa.
—Me voy a ir a vivir con Santiago.
La palabra vivir me deja sin aire.
—¿Estás segura?
—Lo amo.
—Nadie ama en un mes.
Se ríe con sarcasmo.
—¿Tú cómo sabes? Nunca has amado.
El recuerdo intenta abrirse paso. Lo cierro de golpe.
Pago la cuenta.
—Gracias —le digo al mesero.
—Me voy al museo —añado, tomando mi bolsa.
No la miro cuando salgo.
Porque algunas decisiones no se detienen con palabras.
Y porque ya aprendí que el amor, cuando empieza así…
nunca termina bien.