Los ensayos cada vez son más intensos, pero va a valer la pena cuando la carta de aceptación de la academia esté en mis manos. Mi padre solía decirme que mi madre era muy ambiciosa de joven y que eso probablemente lo heredé de ella. También me dice que me parezco mucho a ella físicamente. A veces pienso que esa ambición es lo que me mantiene de pie incluso cuando siento que ya no puedo más. Quizás por eso, desde que ella murió, me aferro tanto a mis sueños. No quiero dejar que el miedo o el dolor me impidan conseguir todo aquello que alguna vez me propuse.
–¿Noa, puedes hacer dos giros más al final? –mi coreógrafa me saca de mis pensamientos.
–Lo intentaré, pero ya estoy esforzando mucho mi tobillo con la vuelta anterior en el centro –respondo de mala gana–. A mi padre no le va a gustar si se da cuenta de que están volviendo a forzar mi tobillo.
–Si tanto te molesta la coreografía que te va a asegurar la academia, la hubieses hecho tú misma.
–Lo intenté y ustedes se negaron –empiezo a recoger mis cosas, cansada de que me hagan enojar. Salgo del estudio. Rogué al director que me cambiara de coreógrafa un montón de veces, pero Rita, desde que tengo memoria, está comprometida en hacerme la vida imposible.
Las lágrimas se resbalaron por mi mejilla mientras camino por el malecón y el agua salada salpica mis zapatillas de punta, que, por cierto, me están matando los pies. Estoy segura de que estaban sangrando, pero no me importaba. Sentía tanta impotencia que no me importaba nada. Saco los audífonos de mi bolso y busco mi canción favorita en el reproductor para despejar mi mente y me siento en uno de los bancos del malecón.
–Hola, Noa sin H –me asusto cuando escucho la voz de Sam mientras se sentaba a mi lado. Limpio rápido mis lágrimas.
–Hola, Sam –le respondo tratando de ocultar mi rostro para que no se dé cuenta de que estaba llorando, aunque estoy cien por ciento segura de que sí lo hizo y por eso está aquí a mi lado. Y al segundo siguiente, él toma mi rostro con sus manos y me obliga a mirarlo.
–Te vi llorando desde el local. ¿Estás bien?
Parpadeo varias veces. Estoy a punto de pellizcarme porque aún no creo que esto sea real.
–Sí, sí, solo tuve un inconveniente en mi clase de ballet.
–No sabía que bailabas.
–No me conocías.
–Eso piensas tú.
–¿Qué quieres decir?
–¿Cuándo es tu próxima presentación?
–Es de mala educación responder con una pregunta a otra pregunta, ¿sabías?
–Te la responderé después, primero responde tú la mía.
–No es justo –me cruzo de brazos, me volteo para darle la espalda. Luego siento que se levanta del banco y se pone delante de mí. Levanto la mirada y está con una flor, un lirio para ser exactos.
–¿Para mí?
–Para ti.
–El próximo viernes.
–Ahí estaré.
Debo estar soñando, seguro. Saco mi teléfono y llamo enseguida a Alex y le cuento lo que acaba de pasar. Empieza a gritar de emoción y varios "te lo dije", para luego colgar, pero no antes de escuchar del otro lado a su jefa regañándola. Río y vuelvo a guardar mi teléfono en el bolso para empezar a quitarme las zapatillas y ponerme unos zapatos más cómodos para caminar.
Cuando llego a mi casa, mi padre está viendo por milésima vez Volver al futuro. Es su película favorita desde que era niño y hasta a veces lo escucho repetir los diálogos.
–Te fuiste temprano de tu ensayo –me dice sin despegar los ojos del televisor.
–Querían que hiciera unos giros al final y mi tobillo estaba pidiendo auxilio.
–¿Amenazaste a Rita?
–No tuve opción.
–Esa es mi hija, no te dejes –suelto una carcajada y camino a mi habitación para quitarme el uniforme y darme un baño. Era todo lo que necesitaba. Pongo la flor encima de mi escritorio y esbozo una sonrisa. Jamás pensé que Sam me daría una flor, mi favorita, pero ¿qué quería decir con que ya me conocía?