Flowers

Capitulo 1: un equilibrio inestable

Los sábados son mi día favorito. Ya saben: ni trabajo ni escuela. Es un día para mí, y es por eso que aquí estoy, en medio de la cocina, intentando realizar un pastel.

Así que aquí estoy, con el delantal de flores, tamizando la harina en un recipiente en el que, prácticamente, no hay harina, porque la estoy tirando más en la mesada que dentro del bowl.

Así que me encargo de bajar un poco más el colador para que ahora sí caiga donde debe.

Una vez hecho eso, pongo la medida de azúcar en una cuchara medidora… y, en un descuido, vuelco todo el azucarero en el bowl.

—¡Ay, carajo!… Bueeeno… quizá no sea tan malo que sea un poco más dulce.

Convenciéndome de ello, agrego el cacao, el polvo para hornear y una cucharada grande de sal.

Tal vez ayude a cortar un poco la dulzura causada por el exceso de azúcar.

Ahora vuelvo a la batidora, que milagrosamente venía con instructivo, porque es uno de esos electrodomésticos de lujo extranjeros que vienen en su propia lengua.

Así que solo queda confiar en la intuición… y en los dibujitos.

Coloco dos huevos, una taza de leche y un chorrito de esencia de vainilla. Con eso, enciendo la batidora.

—Oh… ¿acaso no puede ir más rápido?
Miro el instructivo. ¡Sí! Definitivamente no entiendo una mierda.

—Oooh, bueno… echemoslo a la suerte.

Giro la perilla, que supongo son las velocidades porque tiene números, Según la receta, la clave de un bizcochuelo esponjoso está en batir bien los huevos, así que subo la potencia al máximo.

Por supuesto, ¿un consejo? No lo hagan.

—¡Ah! ¡No, no, mierda, mierda! ¡Apágate!

Como puedo, logro apagarla, solo para ver cómo la mezcla salió prácticamente volando, como un volcán en erupción.

Manchó mi precioso delantal y, para colmo, toda la mesa.

Es aquí donde me pregunto: ¿por qué siempre a mí? Si tengo padres cocineros, lo lógico sería poder freír un huevo sin quemarlo en el proceso.

Pero la maravillosa ironía de la vida es que ese no es mi caso. Dejé el campo de la cocina culinaria porque todo termina en desastre.

Me expulsaron tres veces de mi propia cocina.

Uno diría que solo es cuestión de práctica, pero… ¿un huevo? Lo quemo. ¿Puré de papas? Más bien puré de tierra. ¿Cortar verduras? Termino cortando más mis dedos que un vegetal.

Mi padre ha insistido en que no es necesario aprender a cocinar, que también hay otras cosas que podría probar, pero…

Bien dicen por ahí que “no hay peor sordo que el que no quiere oír”.

Así que decidí entrar en el campo de la repostería.
Según papá, es como las matemáticas: es exacta, así que nada puede salir mal mientras siga la receta, ¿verdad?

Tratando de ignorar el desastre que causé, vierto la mezcla líquida en el bowl junto a la harina y los demás ingredientes.

Bato a mano. ¡No pienso volver a usar esa monstruosidad!.

Cuando creo haber conseguido la mezcla exacta, la vierto en un molde ya enmantecado y enharinado.

Con mis manos enguantadas lo tomo con cuidado y lo coloco en el horno. Una vez dentro, lo cierro y me quito los guantes.

Doy un pequeño salto de victoria.

—¡Esta vez sí saldrá bien! ¡Lo manifiesto al universo y a las hadas reposteras! O a quien sea que represente espiritualmente a la pastelería.

A estas alturas le ruego a cualquier deidad que escuche mis plegarias para que salga perfecto.

Este pastel es para el cumpleaños número cincuenta de mi padre, y quería hacerle una sorpresa. Clásico de su hija: arruina cocinas.

Por eso le rogué a mi tía que me dejara usar su cocina. Ella vive en un complejo de departamentos muy lindos que, por suerte, aún no se ha enterado de mis desafortunados antecedentes y asesinatos culinarios.

Quitándome el delantal, procedí a lavar mis manos.

—Trr-trr-trr—

El silbido de Melody en busca de atención me hace voltear para verla allí, arriba de la mesa ratonera, mientras revolotea alrededor del frasco de semillas. Debe tener hambre la pobre.

Calculando los cuarenta y cinco minutos exactos en el temporizador, me dispongo a tomar un pequeño recipiente para colocar sus semillas.

Melody es mi canario, ¡mi pequeña cantante! Está a mi lado hace unos cuatro años, es mi fiel compañera. Sé que la mayoría tendría un gato o incluso un perro, pero mi padre es alérgico.

Y eso hace que Melody sea perfecta.

—Trr-trr-trr—

—Ya, ya, te escuché. Ahora te doy tu comida, glotona.
Abrí el frasco y, colocando una cantidad justa de semillas en el recipiente, se lo dejé en la mesita.

Di un pequeño estirón para relajar los músculos mientras miraba por el balcón.

—Es un día hermoso. ¿Qué te parece, mi pequeña, si salimos a tomar aire?

—Trr-trr—. Mi pequeña me miró con esa carita tan tierna que le daría el mundo si pudiera.

—Tomaré eso como un sí.

Fui hasta el balcón, donde desplegué la mesa y acerqué la silla. Volví adentro por un libro y luego, por supuesto, por Mel y su comida.

Debo admitir que es bastante agradable estar de esta manera, sin preocupaciones, oyendo el bonito canto de Mel mientras come sus semillitas.

Mi celular comienza a sonar y no es nada más ni nada menos que Jacob, ¡mi mejor amigo!

Alooo, ¿cómo está la mejor amiga que puedo tener? Eeehh… ¿ya lo pensaste?.

Y ahí está la gran interrogante. Desde hace días insiste en ir a una convención de anime, a lo cual, obvio, es un sí.

—Okey, primero: soy tu única amiga, por lo tanto soy la mejor. Segundo: aún no encuentro las calcetas correctas.

—Por eso no te preocupes, mamá ya las hizo, así que no tienes excusa.

—Está bien, entonces pasarás por mí.

—¿Eso es un sí?

—Sí. Ni creas que irás sin mí.

—Chip-chip-chip—

El silbido de Melody y su aleteo me distraen, pero la voz de Jacob vuelve a centrar mi atención.




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