Flowers

Capítulo 2: Lo que no debía importarme

Si hay algo a lo que sea alérgico, además del polen, sin duda es a las personas.

Por eso estamos aquí, yo sentado en mi sillón viendo las ofertas online para productos e insumos.

Duquesa está hecha un ovillo en mi regazo, ronroneando ante las caricias que le dedico con mi mano derecha, mientras que con la otra deslizo por el celular las múltiples opciones.

—Bueno, ya terminé de lavar, es hora.

—¿De? —interrogo sin mirarlo.

—¿Cómo que de qué? Levanta tu culo, iremos al supermercado.

—¡No! —refuto sin dar lugar a una negociación, mientras sigo mirando mi teléfono.

—No era una pregunta —menciona de brazos cruzados—. ¡Vamos!

Miré a Dylan, ahí parado con los brazos cruzados y esa sonrisa insoportable que no admite una negativa.
Suspiré, dejé mi teléfono a un lado, enfocando mi atención en Dylan.

Hubo una breve lucha entre miradas, un desafío sobre quién cedería primero.

—Puedo pedir todo lo que quiera solo pulsando dos botones —defendí.

—Necesitas salir o te volverás Drácula-protesto- además necesitamos otras cosas que se necesitan elegir modo presente, face to face, ¿entiendes?
Apreté la mandíbula mirándolo fijo.

—Odio las multitudes —dije entre dientes.

—Por ello no iremos a la hora pico, sino en un horario donde está prácticamente vacío.
Lo pensé, analizando los pros y contras; es cierto que tengo que comprar ciertas cosas que a veces en la página no están.

—¿Y bien?

—Sigue sin gustarme la idea —murmuré.

—¡Oh, por favor! Toma un poco de sol, no es saludable estar encerrado a oscuras. No te hará bien, muchas veces afecta la salud mental, ¿sabes?

—Tú no ayudas a mi paz mental.

Seth, acurrucado encima de la nevera, levantó la cabeza mirándonos.
Maulló aprobando mis palabras.

—Lo que faltaba, este diablo también te apoya. Por suerte ambos podemos jugar ese juego, ¿no es así, Duquesa? —dijo llamándola.

La muy traidora maulló contenta, saltó de mi regazo para ir a frotarse entre las piernas de Dylan.

—Traidora —siseé.

—Ella es inteligente, sabe quién le da su atún—mencionó inclinado, acariciándola.

Seth, desde la nevera, solo gruñó, mostrando un claro descontento hacia Dylan y las acciones de Duquesa.

—Gato psicópata —objetó Dylan mirándolo.

—Yo diría de buen criterio —reí por lo bajo.

Revolviéndose el pelo desesperado, Dylan soltó un bufido. Aún en cuclillas, me miró y me sonrió.

—Te compraré toda la comida picante que quieras y cocinaré para ti esta semana.

Mi cuerpo se relajó. Admito que la comida no es mi punto fuerte; sin embargo, sé defenderme, pero Dylan… nunca lo diría en voz alta, pero tiene un don, sobre todo en lo picante.

Dylan sonríe triunfante, sabe que ganó. Yo tenso mis hombros y suelto un bufido resignado.

—Bien, pero serán dos semanas.

—¡Hecho!

—Pero es entrar y salir —advierto.

—Sí, sí, lo que tú digas, ermitaño. No como mi querida Duquesa, ella sí me quiere.

—Quiere a todo el mundo —menciono despectivo, sabiendo que lo molestaría.

—Oh, cállate —protesta.

Tomando nuestras cosas, salimos del departamento. Dylan rechaza la idea de ir en mi moto sin dar lugar a objeciones; en su lugar, sugiere ir caminando y pedir un taxi a la vuelta.

Por el camino comenzamos a hablar sobre estrategias y combates de nuestras últimas partidas en videojuegos; compartimos ese gusto por ellos desde niños.

Llegando al lugar, le doy la razón a Dylan, pues el estacionamiento está prácticamente vacío. Solo unos pocos vehículos; con suerte, mi única conversación será con el cajero.

Dylan fue por un carro y empezamos a recorrer tomando los insumos. Como siempre, Dylan, cual ama de casa, hasta escribió una lista de mandados.

Dejándome el carro a mí, este empieza a correr de un lado a otro tomando productos sin parar. En poco tiempo, el carro se llena.

—Bien, creo que eso es todo… eeh, espera, faltan los postres.

—Sabes que no me gustan los dulces.

—Daaa —blanqueo los ojos—. Lo sé, son para mí, tarado. No puedo estar sin un pudín, es mi refrigerio nocturno, ya lo sabes.

Alzo mis hombros, restándole importancia, pero lo sigo. En el pasillo, mientras este indeciso se deleita y no elige de una vez, noto por el rabillo del ojo cómo entran haciendo bullicio un grupo de nuestra edad: son dos hombres y tres chicas, todos igual de molestos.

Mientras Dylan sigue con sus postres, carraspeo un poco y me paro firme mirando una de las neveras como si fuera interesante.

Oigo unas risas chillonas, irritables, seguidas de un “vamos, acércate, pídele su número”.
Volteo los ojos, molesto. No se acerquen.

Justo después siento un toque en mi espalda y unas risas.
Fue inmediato, volteé bruscamente. La chica, mucho más baja que yo, al voltear guardó silencio, mirándome fijo, demasiado cerca.

—¡Oh! Lo siento, no quería asustarte —dice sonriendo mientras toca su pelo—. Verás, yo quería…
Dejo de escucharla. No me interesa. Doy la vuelta y empujo el carro.

Oigo su protesta, seguido de unos insultos y las exclamaciones de sus amigas. Yo solo agarro a Dylan por el hombro y prácticamente lo arrastro conmigo. Este protesta, pero al darse vuelta y ver a las chicas, calla.

En su lugar, camina a mi lado volcando todos sus pudines al carrito. Nos dirigimos a la fila, cuando siento un brusco tirón en mi chaqueta por el hombro.

—Oye, idiota, ¿qué te crees para tratar así a mi hermana?, ¿te crees mucho? —interroga el tipo de antes.

—Oye, amigo, ¿por qué no nos calmamos? Debe ser un malentendido —expresa Dylan, tratando de aligerar el ambiente.

Pero veo cómo su postura cambia; sé que no dudará en actuar de ser necesario.

Giré apenas el cuello mirándolo por sobre el hombro. Un tipo grande, completamente desagradable, me estaba tocando.

—Perdona, no sabía que los burros podían ofenderse —comenté con desdén.




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