Hoy es un nuevo día, y sé que será uno muy bueno. Ya han pasado unos días de ese horrible cruce con la encarnación de un demonio y de su rata pelada.
Borrando ese horrible recuerdo, me levanto de la cama dispuesta a darme una ducha.
Bañarme por las mañanas con agua tibia es lo que más adoro; siento que salgo completamente del estado dormida.
Aún en bata miro mi ropa. Hoy me siento feliz y calmada; después de estos días es lo que más necesito.
Suspiro con cierta nostalgia. Este es mi último año. ¿Mi meta? Terminarlo sin perder la dignidad.
Entre todas las prendas opto por una camiseta de tirantes blanca, una falda de mezclilla azul claro y, por último, un cárdigan amarillo pastel con dibujos de Fresas.
—Tiu-tiu-tiu —oigo el suave canto de Melody.
Observándola por el espejo, veo cómo ya despertó y revolotea sobre la percha.
Siempre es bueno iniciar el día con su canto.
Una vez lista, bajo al comedor con Mel sobre mi hombro.
Al llegar al comedor me dispongo a servirme el desayuno; como siempre, mi padre lo prepara antes de irse.
Teme que destroce su preciada cocina.
Cuando posea mi casa, yo lo echaré de la mía.
Jugo de naranja, un yogur con cereales, además de un plato de acompañamiento con frutas y un poco de fruta picada con semillas para Mel.
Linda forma de empezar el día, siendo consentida…
o tal vez solo son precavidos.
Al terminar el desayuno, tomo la mochila para aves y, ya con Melody segura, salgo con destino a la florería.
Llegando a mi destino visualizo la tienda a lo lejos: sus paredes pintadas de color celeste, las enormes ventanas donde se puede apreciar hacia adentro las hermosas flores.
Con las llaves abro la puerta y entro acompañada del toque de la campana.
En un instante fui invadida por la mezcla del dulce perfume de las rosas. Mientras avanzaba, el aroma cambiaba o se mezclaba, creando esencias únicas: lavandas, peonías, lirios, orquídeas, jazmines.
Todas ellas con su aroma único; fresco, natural, propio, al igual que ellas en todas sus formas y colores.
Abriendo las ventanas, dejo entrar toda la luz solar posible. También saco sobre la acera aquellas que necesitan más sol.
Los girasoles, como siempre, los coloco en la acera.
Ellas siempre buscan la luz,
no la oscuridad…
pues así no pueden crecer.
Al sentir el sol sobre sus pétalos, estas parecen estar aún más vivas. Con una sonrisa vuelvo adentro y empiezo a embellecer aún más las flores.
Sintiendo la suavidad de cada uno de sus pétalos, recorto aquellos sobrantes o secos.
Rocío con agua a algunas, pues otras son más delicadas.
Saliendo al patio de la tienda, en el pequeño jardín planto aquellas que necesitan nutrientes directos del suelo.
Me gustaría decir que las trasplanto con mis manos; sentir la tierra con las manos es sentirte parte de ella.
Al fin y al cabo…
Todo está conectado,
incluso si no vemos la unión.
Pero al estar pendiente de la tienda debo usar guantes.
Me río sabiendo que, a esta hora de la mañana, solo un cliente es habitual.
El señor Harrys.
Cada mañana le compra flores a su esposa; dice que así fue como aceptó salir con él. Es bonito que, después de tanto, aún tenga esos detalles presentes.
Y allí está…
El familiar sonido de la campana indicando su entrada.
…
Con una sonrisa en mi rostro, me adentro en la tienda pensando en qué historia contaré hoy.
Él no sabe mucho sobre el lenguaje de las flores y es por ello que me deja la elección a mí.
—Buenos días, señor Harrys. ¿Cómo se encuentra? ¿Y su esposa, qué tal?
Suelta una suave risa; casi lo siento como un abuelo.
—Estamos muy bien, querida. ¿Tú cómo estás, linda?
—Chip-chip-chip.
Melody prácticamente chilla contenta y revolotea por la mesa. El señor Harrys estira la mano para acariciarla y ella, feliz, se une a su encuentro.
—No me olvidé de ti, mi pimpollo. Toma, traje esto para ti.
Mel, al ver cómo sacaba de su bolsillo una bolsa con deliciosas manzanas frescas cortadas, empezó a agitarse con emoción.
—Tsui-tsui-tsui.
—Veo que algunas cosas nunca cambian —soltó con una sonrisa. Luego volteó a verme—. Por supuesto, también traje una para esta bella señorita.
Tomando ese fruto rojo, aprecié no solo su tamaño, sino la forma y el aroma que daban ganas de morderlo.
—Gracias, señor Harrys —agradecí.
—Ya te dije, niña, puedes llamarme Alan —dijo, restándole importancia.
Le dedico una sonrisa.
—Y esto no es nada, tengo muchas en casa; el árbol dio muchos esta temporada.
—Es bueno oír eso —digo mientras abro la bolsita para darle unas a Mel antes de que se las coma con envoltura y todo.
—Bien entonces, dime, ¿con qué sorprenderás a mi esposa esta bella mañana? —menciona mientras se recarga contra el mostrador, ayudando a Mel con las manzanas que gustosa acepta el regalo.
—Bueno, estuve pensando —empiezo, notando su total atención en mí—. Hoy es lunes, y a la señora Harrys le gusta arreglarse y salir con sus amigas, ¿cierto?
Asiente.
—Así que pensé que sería ideal preparar un ramo que represente su belleza.
El señor Alan me mira con una sonrisa, asintiendo.
—Debe ser delicado… pero que no pase desapercibido —comento ya seleccionando las flores—. Por ello, la lisianthus blanca junto a la rosa rosada es perfecta.
—Con ellas le diré que se ve perfecta, ¿no es así? —dice, captando el mensaje.
Asiento entre risas. Alan me cuenta un poco sobre sus nietos y, entre anécdotas graciosas y tiernas, termino su ramo tan rápido como Mel sus manzanas.
—Gracias, linda. Siempre es un placer verte
—con ramo en manos, el señor Harrys se despide con el brazo.
Al salir, volteo a ver a Mel.
—Tiu-tiu…
Silba triste y cansada. Sonrío sin poder evitarlo; la muy glotona devoró una manzana entera incluso cuando no hace mucho desayunó.
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Editado: 06.02.2026