Las cuerdas vibraban bajo mis dedos, suaves, obedientes; las notas salían solas, una tras otra...
La luz del sol apenas entraba por la ventana, filtrándose por las cortinas, contrastando con las tonalidades oscuras de mi habitación.
El sonido inundaba mi cuarto, algo pesado pero tranquilo; vibraciones lentas, persistentes, sonaban con calma.
Mi guitarra lograba eso.
No miraba la consola aún encendida, ni los pósters en la pared.
Tampoco a Duquesa, acurrucada entre los almohadones, moviendo perezosa su cola al ritmo de la música.
Sonreí apenas, centrándome en sostener la melodía.
Entonces el teléfono vibró.
El sonido estridente de Seven Nation Army rompió toda la calma.
Mi cuerpo se tensó en un instante, tanto que mis dedos erraron la nota, chillando imperfecta.
Con fastidio, aún sentado en el puff, me incliné y tomé el celular de la cama.
“Viejo”.
Aún rígido, mis manos oprimieron el aparato, observando en silencio las letras.
Dejé que sonara: una vez, dos veces...
Luego el silencio... La llamada terminó.
Después, el aviso.
“Tiene un nuevo mensaje”.
No lo abrí.
Solté el aire contenido y arrojé el teléfono sobre la cama, como si quemara al tacto.
Mis ojos se desviaron a un punto en la pared.
Un retrato... Mi corazón dio un vuelco.
Tan pronto como lo vi, desvié la vista al suelo, alejando esos sentimientos.
Intenté retomar la melodía, pero mi cuerpo me traicionó; mi muñeca presionó con fuerza las cuerdas.
Esta vez las notas chocaban entre sí, más rápidas, más ásperas.
La melodía ya no se deslizaba; raspaba.
La vibración subía como una corriente eléctrica: mis manos, mis brazos, hasta mis hombros.
Esto sí me gustaba.
El ritmo era crudo, imperfecto; salía sin pedir permiso.
Un maullido agudo cortó el aire.
—Tch... —chasqueé la lengua.
Duquesa se irguió de golpe, su cola inflada y su lomo encorvado. Me miró con desprecio, abandonó la cama de un salto y, con esa elegancia que posee, salió del cuarto.
El eco de la guitarra seguía sonando entre las oscuras paredes.
No bajé el volumen.
Continué...
Pero mis manos ya no pudieron. Gruñí molesto, dejando la guitarra sobre el soporte; pasé las manos por mi cabello.
Frustrado, traté de respirar.
Inhalar...
Exhalar...
Los segundos pasaron, ahí, en un rincón del cuarto; aún trataba de relajar el cuerpo.
Más calmado, intenté colocar un disco en la consola.
Los videojuegos siempre distraen.
Partida tras partida, un bucle interminable de aburrimiento; la apagué, de nada servía.
Retomando un cómic, traté de centrar mi atención en sus letras, sus dibujos, pero nada.
Hastiado, me recosté sobre la cama, solo mirando el techo. Disfrutaba del silencio y la calma que reinaban en mi cuarto.
Pero cuando vives con alguien como Dylan, la tranquilidad no es algo que pueda existir.
Las quejas se oían hasta mi habitación, seguidas de pasos acelerados pero bruscos; luego, el impacto de la puerta contra la pared.
Dylan, al borde del colapso, estaba parado en mi puerta con dos de sus camisas.
—¿Ahora qué? —bufé, apenas volteando a ver.
—¡Tú! ¿Por qué no me dijiste que la ropa se tiñe? —bramó, disgustado.
—Eres idiota... Todos saben que la ropa de color no va con la blanca —comenté sarcástico.
Me miró como si quisiera enterrarme vivo.
—Da igual, me gusta la combinación —respondió más para sí mismo, admirando ambas prendas pintadas del mismo color.
Blanqueando los ojos, quise ignorarlo, centrando mi visión en el techo.
Esta vez oí los pasos de Dylan acercarse; por el rabillo del ojo lo observé, me miraba extrañado.
—Si me miras así, voy a creer que te enamoraste de mí —bromeé.
—¿Qué mosca te picó? —preguntó.
—Aashh... —cubrí mi rostro con mi brazo—. Lárgate, molestas.
No lo oí moverse; al contrario, se sentó al borde de la cama, pero no dijo nada.
Estuvimos un rato en silencio, cada uno en sus pensamientos.
Esta sensación es familiar de alguna manera; me removí inquieto, suspiré.
Decidí que era suficiente. Intenté hablar, pero Dylan fue más rápido.
—Vamos, levántate —exclamó decidido.
—¿Qué...? —exclamé incrédulo, observando su semblante serio.
—Que te levantes, perezoso. Vístete rápido.
—¿Qué bicho te picó a ti? —ironicé, usando su pregunta anterior.
—Iremos a los karting —respondió, alzando los hombros.
—¿Y por qué de repente?
—Porque hace tiempo no vamos, así que levántate —chilló; se irguió y caminó hacia la puerta.
—No quiero —repliqué, sin ánimos.
—Oooh, entiendo —contestó.
Extrañado por sus palabras, volteé a verlo.
—Solo creí que tal vez sería mejor ir a patearle el trasero a algunos novatos, ya sabes... pero supongo que es más divertido mirar el techo —sonrió con desdén—. En fin, te dejo solo.
Sin más, cerró la puerta del cuarto. Oí sus pasos alejarse.
Esta vez, el silencio no trajo calma.
Es un idiota, pero parte de sus idioteces, a veces, contienen algo de verdad.
Aplasté una almohada en mi rostro.
—Qué fastidio...
Si iba a quemarme la cabeza, mejor en los karting que solo en mi cama.
Me levanté perezoso, me cambié; al salir ya lo encontré en la puerta con las llaves en mano, sonriéndome con suficiencia.
Sin decir nada, ambos salimos.
...
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Editado: 04.03.2026