—Más a la derecha, Jacob —indiqué.
—¿Mi derecha o tu derecha?
—Es la misma —chillé, atando el nudo del globo con más fuerza.
—No es la misma, literalmente estoy en contrario a ti… —bufó, blanqueando los ojos.
—Bien, entonces la mía.
Suspirando, tomé otra línea de globos atados. Jacob terminó con lo suyo; corriendo la escalera, colgó la guirnalda de globos.
—Bueno, ¿qué sigue, Pandora? —preguntó, observando las decoraciones.
—Mmh, faltan cosas y creo que las que están podrían mejorarse. ¿Tú qué crees?
Dio una inspección detallada por el lugar.
—Bueno, para empezar, ese adorno colgado está solo, queda asimétrico; hay que colgar otro para que sea parejo. Luego…
En cuanto empezó a hablar, me acordé por qué nunca pregunto su opinión. Maldito quisquilloso, aunque es cierto que nadie es más perfeccionista que Jacob.
Siguiendo mis ideas con sus indicaciones, terminamos rápidamente con las decoraciones. Tomando un momento, observé el panorama completo.
El amplio gazebo blanco, ahora adornado por globos; dentro, la mesa con manteles blancos hacía juego con la vajilla.
Las guirnaldas y luces colgadas se mecían con la brisa desde el techo del kiosco hacia los árboles; se verían hermosas por la noche.
Solté un grito de emoción; espero con ansias ver el rostro de papá emocionarse. Con Jacob estamos felices por el resultado.
Caminando por el camino de piedra ingresamos a la casa.
Pasamos por la cocina; la abuela cocinaba, solo ella podría satisfacer el paladar de su exigente hijo chef.
Solo bastaba con ver cómo prueba un bocado, cierra los ojos y una sonrisa se apodera de su rostro.
Guiñando un ojo, Jacob quiso probar la salsa a escondidas, pero mi abuela, con una cuchara, golpeó su mano.
Él protestó, se sobó la mano disgustado; mi abuela y yo solo reímos.
—Abuela Jessie, solo un bocado pequeño —protestó como un niño.
—Nada de eso, niño listo. Es para la cena; deberás esperar a tus padres y al cumpleañero —regañó mi abuela apenas volteando a ver.
Jacob resopló; sentándose, apoyó los brazos en la mesa de mármol. Le saqué la lengua en burla.
—¿Abuela, necesitas ayuda? Puedo cortar los vegetales o preparar la salsa —sugerí expectante de que diga que sí.
Ella volteó a verme horrorizada.
—Déjalo, mi niña, yo me encargo. Mejor ajusten bien las luces para que no se salgan, o ve y termina tu ramo
—contestó, volviendo a revolver la salsa.
Mi alegría se desinfló cual globo. Indignada, miré a Jacob; esperé apoyo, pero en su lugar me sacó la lengua.
Después de revisar las luces con Jacob, subimos a mi cuarto. Mel, en su percha, chillaba feliz. Sentándome en mi escritorio, giré la silla hacia la cama; Jacob había tomado a Mel y ahora estaba recostado con ella posada en su cabeza.
—Si te saca un piojo y se intoxica, te mato.
—No seas idiota —quitó con cuidado a Mel de su cabeza.
Esta protestó; por alguna razón le gustaban sus rizos, creo que por parecerse a un nido. Ante el pensamiento, no pude evitar reírme.
Jacob entrecerró sus ojos, pero no dijo nada.
—Entonces, ¿te inscribirás al club de cocina este año?
—Ya te dije que el de repostería —aclaré.
—Claro, porque eres menos letal con pasteles y cremas —se carcajeó.
Le arrojé un peluche directo a su cara; obvio no fue amenaza, pero a la próxima será el pisapapeles.
—Ya, está bien, yo sí creo en ti, pero no sé si el club te acepte con tu fama. Prácticamente intoxicaste una clase de química.
—¿Cómo iba a saber que necesitaba una temperatura adecuada? Además, la mezcla de colores no combinaba.
Él solo negó con su cabeza. Mel se arrulló en su cuello y le dieron cosquillas. Sonriendo, giré a mi escritorio.
Pensé mucho, pero tomé el regalo de papá; por un segundo dudé si entregarlo. Es doloroso pasar las páginas y ver una sonrisa que ya no está.
La risa de Jacob, además del canto de Melody, me trajeron a la realidad. Viéndolos sonreír, me hizo pensar.
Incluso si pretendemos olvidar, los mejores recuerdos siempre permanecen en el corazón.
El cantar de Mel me hizo creer en eso. Con el corazón retumbando con nostalgia y las lágrimas no derramadas, me enfoqué en mi tarea. Logré terminar el regalo justo como quería.
Tiempo después, la tía Sarah tocó la puerta indicando que bajemos.
Mel bajó en hombros de Jacob y yo tomé el regalo.
Se lo daría más tarde.
En la sala, Lily y Ryan, los padres de Jacob, ya nos esperaban. Me saludaron con un abrazo y su padre solo despeinó a Max.
Saliendo al jardín, todos quedaron maravillados. Nana nos felicitó; la tía nos tomó fotos. Sentándonos en la mesa, charlamos de cosas triviales.
Yo solo sentía mis manos sudorosas, mi corazón bombear con fuerza. Observé la silla vacía.
Solo faltaba el cumpleañero.
Conteniendo la emoción, tomé la muñeca de Jacob para observar la hora; él me tranquilizó argumentando que faltaba poco.
No mintió; oímos un auto entrar al garaje. Poniéndome de pie, fui a recibirlo.
Oí risas a mis espaldas, pero solo corrí a verlo. Atravesando la casa, fui a la cochera.
Aún bajando del auto, no le di tiempo de reaccionar cuando salté a sus brazos.
—Feliz cumpleaños, papá.
Se sorprendió un poco, pero de inmediato me envolvió en sus brazos.
Su aroma a roble y canela me invadió; su abrazo cálido me recordó a mi niñez, cuando éramos tres. Dejando un beso en mi coronilla, se separó.
—¿Cómo estuvo tu día?
—Muy bien, mi princesa. Los muchachos me entretuvieron, pero ya estoy en casa.
Sonriendo, caminamos juntos a casa.
—Y dime, ¿por qué estás tan feliz? Algo tramas.
—Yo nada. Además, no todos los días se cumplen 50, ¿no crees?
—No me gusta la idea de que recuerdes mi edad; mejor solo di que te tuve a los 20.
Riendo ambos, entramos a casa. Papá buscó con la mirada a la abuela, pero no la encontró; tomando su mano, prácticamente lo arrastré al jardín.
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Editado: 04.03.2026