Flowers

Parte II un equilibrio inestable

Melody revoloteó en mis brazos y voló adentro en cuanto vislumbró mejor a ese gato.

Este no dudó en perseguirla cual cazador a su presa.

No dudé: salté sobre él, sujetándolo.

Oí la silla caer abruptamente detrás mío.

El gato se escurrió entre mis brazos, arañándome con sus filosas garras.

Mi corazón bombeaba con fuerza entre la desesperación y el pánico.
Pero logró soltarse del agarre y fue tras Melody.

Esta revoloteaba desesperada por los muebles.

El gato se lanzó hacia ella, saltando sobre el sillón y dejando un gran rasguño a su paso.

—Chip-chip-chip— Melody chillaba en puro terror.

—Rrrrs… rrrrss— el gato saltó al mueble.

Corrí hacia el sillón, pisándolo para tomar impulso y cruzar al otro lado.
Agarré al animal por las patas mientras Melody se alejaba volando hacia el otro extremo de la sala.

—Zzzzt… zzzzt— el gato siseaba y se retorcía.

Esta vez lo sujeté de las patas delanteras por la espalda para que no tuviera libertad de moverse.

Levanté a ese engendro, apoyando su espalda en mi pecho y con sus patas extendidas hacia adelante. Lo llevé hacia la puerta.

Entonces empezó a retorcerse aún más brusco, mientras Mel seguía chillando de pánico.

Y, como tengo mucha suerte…

Choqué con la mesa. El golpe fue directo, punzante; impactó fuerte en un costado de mi cadera.

Mi agarre se aflojó y, con ello, el pequeño monstruo volvió a escapar.

Con las piernas temblando, tomé un jarrón decorativo y se lo arrojé.

Por el susto, se arrinconó y yo le bloqueé el paso en una esquina.

El gato siseó con rabia, encorvando su torso y alzando la cola. Diría que se erizó el pelo, pero es un gato esfinge.

Tenía la puerta al lado; solo bastaba con abrirla y empujarlo afuera.

—¡Biiiiiiiip!

El sonido del timbre pinchó la burbuja caótica en la que nos encontrábamos.
Melody callo; el gato relajó el cuerpo, sin dejar de estar aún alerta.

Yo logré sentir cómo mi cuerpo estaba temblando.

También el dolor punzante en mi cadera, producto del golpe, volvió.

El fuerte aleteo de Melody me hizo voltear, aún alerta por si el gato se movía.

Solo para ver cómo salía volando por el balcón, paralizando mi corazón.

—¡Nooo!

El gato gruñó, pasó por mis piernas temblorosas y corrió con la misma intención hacia el balcón, donde saltó.

¿Acaso es paracaidista?

Con las manos temblando tomé las llaves y, torpemente, abrí la puerta lo más rápido que pude.

Saliendo apresurada, choqué contra una pared sólida… o eso creí.
Impacté de lleno contra una persona, ocasionando el desequilibrio de ambos.

¡¿Qué mierda?! —escuché su queja.

Alcé la vista solo para ver a un chico de mi edad, cabello azabache, cuerpo musculoso, y unos ojos azules que me miraban con hostilidad.

—¡¿Qué mierda crees que haces?!

No le contesté. Solo me reincorporé rápidamente y salí corriendo por el pasillo, bajando las escaleras a tropezones.

Pasando rápido por el hall, casi derribando la puerta de entrada, salí y comencé mi búsqueda visual.

Desesperada, con el corazón bombeando con fuerza y la respiración agitada, buscaba a Mel.
Al borde del llanto, lo escuché.

—Trrr-trrr—

¡Mi Mel! Siguiendo el sonido, la vislumbré en un árbol cercano.

Crucé la calle rápidamente, aproximándome.

Ahí, casi en la copa, estaba Mel, revoloteando asustada.

—Tranquila, Mel. Ahora iré por ti.

Medí la altura del árbol pensando en cómo llegar hasta ella. Tenía bastantes ramas, lo suficientemente amplias como para soportar mi peso.

Me aproximé y, estirando mi brazo, tomé el tronco más bajo, tanteándolo para asegurarme de que no se rompiera con mi peso. Pisando la base, salté y me colgué.

Con esfuerzo logré subir; viendo las siguientes ramas, empecé a trepar con el miedo apareciendo en todo mi cuerpo. Me llevé bastantes rasguños por culpa de las astillas y las ramas.

En ese momento recordé algo importante cuando empecé a sudar, mis extremidades temblaron y sentía el pulso retumbar en mis tímpanos.

¡Mi miedo a las alturas!

Temblando, a medida que el suelo se sentía más lejano, cerré los ojos y me concentré solo en el silbido de Mel.

Al llegar a su lado, estiré mi brazo y ella, más calmada, con esa confianza tan característica suya, se posó en mi mano. La atraje a mi pecho, donde se refregó feliz.

—¡Oh, mi Mel! Tranquila, ya estás a salvo, ¿sí?

Ella solo se apretó más contra mí. Tomando aire, con mi pierna izquierda traté de descender un poco hacia donde estaba la última rama que pisé.
Intercalando el brazo con el que sostenía a Mel, muy lentamente descendí.

—Miaauuu—

El destino a veces suele ser una mierda, porque cuando crees que la situación no puede estar peor, aparece…

Allí abajo, maullando y moviendo esa cola pelada, está Satán. Ese maquiavélico gato nos observa desde el suelo.

Yo estaba a un solo salto de la libertad y ese ser aparece para arruinarlo todo.

—¡Shuuu! ¡Shuuu! ¡Lárgate, rata fea!

Pero este solo nos miraba atentamente, esperando, como el coyote al Correcaminos cuando ponía sus trampas y solo tenía que aguardar.

Empecé a quebrar ramas pequeñas que me habían arañado al principio; ahora las usaría como arma.
Se las arrojé con la esperanza de que huyera, pero este solo me miraba con desdén.

¿Quién se cree?

Ahora, aquí, acorralada por un estúpido felino, estoy sentada en la rama de un árbol, con Melody en mi pecho y el otro brazo haciendo de soporte.

Y un gato malvado que disfruta de mi sufrimiento, al parecer. No estoy muy segura de cómo salir de esta situación. Tal vez si me doy vuelta y salto rápido, después corro hacia el edificio.

—¿Y ahora se supone que llame a los bomberos porque una loca quiere ser gato?




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