—Oye, ¿qué te parece si me ayudas y me insultas después? Saca a ese gato demente, ¿quieres? —trato de razonar, ignorando sus ataques hacia mi intelecto.
Veo cómo se toma su tiempo, haciendo un escaneo de la escena: el gato observando a su presa, o sea, Mel y yo en el árbol.
Y sin el más mínimo interés dice:
—No.
—¿¡Nooo!? ¿Esa es tu respuesta?
Encogiéndose de hombros de forma despectiva, exclama:
—Aún no oigo una disculpa. Yo recuerdo claramente un empujón.
Juro que si estuviera en tierra firme lo mato.
—¡Está bien! ¡Discúlpame, sí!
—Mmm… no me convence. Seth, ¿tú qué crees? —menciona, mirando al gato, que se voltea en su dirección.
Y el muy desgraciado se levanta y empieza a frotarse entre sus piernas.
—¿Qué? Pero…
—Este gato demente es mío.
¡Ups! Tal vez debí omitir esa parte.
—Bueno, que sepas que ese engendro arruinó mi lectura, casi me ocasiona tres paros cardíacos, destrozó el departamento y ahora nos tiene bajo amenaza.
El extraño suelta una risa baja y burlona mientras baja la mirada hacia el demonio en miniatura.
—¿Es así, mi pequeño Seth? —declara mientras se inclina para acariciarlo.
Lo más indignante es que claramente me está ignorando, como si fuera mugre en su zapato.
—Ejem… lamento interrumpir tu no sé qué, pero ya llévatelo y desaparezcan —chillo, sujetándome más fuerte; me estoy acalambrando.
Lentamente levanta la vista y, mirándome fijo, empieza a sonreír maquiavélicamente.
Está disfrutando esto, ¡el muy desgraciado!
—Mmm… ¿por qué debería? Solo estoy tomando aire con mi pequeño e inofensivo Seth. No es un crimen, ¿o sí?
Me está dando un tic en el ojo y creo que me pica la mano del golpe que quiero darle en su linda y asquerosa cara.
—Oye, suficiente, idiota. Saca a tu asqueroso gato de mi vista o van a empezar a rodar cabezas: la tuya y la de ese felino.
Pura mentira. Ese tipo me dobla en tamaño; ni siquiera un rasguño le haría.
—Pff… jajajaja —larga una sonora carcajada mientras cubre su boca y sostiene al tal Seth.
Sí, a mí también me daría gracia si no estuviera acalambrada, adolorida, sucia, sudada y en un puto árbol.
—Tú en serio eres una cosita de las que no hay, ¿no es así, gatita?
¿Gatita? ¡¿GATITA?! Infeliz, idiota, grosero.
Hasta aquí.
Empiezo a reincorporarme en el árbol, subiendo los pies a la rama y sujetándome con un brazo al tronco, aferrando a Mel con fuerza contra mi pecho.
—Oye, espera, ¿qué haces, inconsciente? —
puedo notar el desconcierto en su voz.
También que se ha erguido más; su cuerpo se reincorpora de golpe.
—Oye, espera, no estarás a punto de… —gruñe mientras yo prácticamente salto.
Cerré los ojos, preparándome para la caída.
Esperaba el brusco golpe de mis pies contra el suelo, pero en su lugar choqué contra un cuerpo.
Abrí los ojos sintiendo sus manos en mi cintura, nuestros pechos juntos, con Mel chillando en medio.
Bajé la mirada y la sostuve mejor, respirando aliviada al ver que no presentaba daños, solo para darme cuenta de que yo seguía temblando.
—¿Vas a quedarte todo el día así? —su voz en mi oreja y su aliento a menta me despabilaron.
Me separé abruptamente, bajando el vestido, sintiendo cómo la sangre hervía en mis mejillas y orejas. Me reincorporé rápido, fingiendo demencia.
—¿Qué… qué crees que haces, imbécil? —chillé, sintiendo el calor subir a mi rostro.
Él solo se levantó tranquilo y, sacudiéndose el polvo, me miró molesto.
—¿Y qué te parece? Ayudándote.
—Ah, ahora sí me ayudas. ¿Y lo de hace rato qué fue? ¿Tu otra personalidad o tu gemelo malvado?
Volteando los ojos, me mira con fastidio.
—Un “gracias” era suficiente, gatita —exclama, mirándome con burla.
—Jamás.
—Por cierto, lindas braguitas. Te gustan mucho las flores, ¿verdad? —juraría que su sonrisa se amplió y su mirada mostraba completo deleite.
¡Infeliz! ¿¡No podría hacer como si nada!? Suficiente dignidad perdí hoy.
—Degenerado —chillé, sin pensarlo.
En respuesta, solo me sonrió y alzó los hombros con desinterés.
—Ya verás, idiota. Algún día el karma me sonreirá a mí.
—Para mí, eso es un “gracias”.
—Chip-chip —chilló Mel.
Sujetando a Mel contra mi pecho, me doy vuelta con intención de ir a mi departamento cuando su apestosa risa me hace girar.
—¿Y ahora de qué te ríes, lunático?
—Te lo dije, ¿no? Qué poca memoria. Si fuera tú, llamaría a los bomberos.
—¡Hijo de…!
Con una sonrisa, solo señala hacia el edificio. Confundida, sigo su mirada y veo salir un humo alarmante del balcón.
Oh… oh.
¡El pastel!
¡El jodido pastel!
Oyendo su risa irritante, corrí de vuelta al departamento.
Dejándolo atrás —al idiota, su horrible sentido del humor y su rata fea— corrí como pude hacia el edificio.
Subí rápido las escaleras, rogando que solo el pastel estuviera arruinado y no hubiera causado un incendio.
Vislumbré la puerta abierta del departamento y, con rapidez, la abrí.
La tos fue instantánea; el humo negro, el olor a pastel quemado… todo me invadió de golpe.
Cerrando la puerta de un portazo, dejé a Mel en la mesa, sabiendo que ya estaba a salvo.
Mientras piaba en respuesta, abrí las ventanas y corrí hacia la cocina, donde apagué el horno.
Con los guantes lo abrí y saqué lo que alguna vez supongo fue un pastel, reducido ahora a una masa dura y oscura, negra como carbón.
Cuando el humo se dispersó, solo quedó la vergüenza, la decepción y el crimen culinario.
La batidora seguía completamente salpicada de mezcla; la mesada y el suelo estaban cubiertos de harina, con un completo desorden de utensilios e ingredientes.
Era una imagen catastrófica. A eso se sumaba que, desde la cocina hasta la sala, podía ver perfectamente el sillón y ahí… la prueba irrefutable de mi desgracia.
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Editado: 04.03.2026