Al llegar nos pusimos a guardar las compras, pero en medio del proceso, tanto Seth como Duquesa empezaron a maullar insistentes por comida.
Busqué el atún.
Revisé una bolsa.
Luego otra.
Nada.
—Oye, Dylan —lo llamé, aún buscando—. Dime, ¿compraste el atún?
—¿No eras acaso tú el encargado de eso? —respondió sin mirarme, muy concentrado en ordenar su preciado pudín—. Eres muy quisquilloso con las marcas.
Mi palma golpeó mi frente con hastío; lo había olvidado.
Suspiré, no iba a pedir online solo por un atún. No quedaba otra opción: tendría que salir yo mismo.
Mientras Dylan guardaba, pisó accidentalmente la cola de Seth.
El caos hizo de las suyas.
Este, en respuesta, siseó con furia, arqueando su lomo en señal de ataque. Se lanzó a su pantalón con sus colmillos y garras.
—¡No! ¡Basta! ¡Suelta! —gritaba mientras daba saltos torpes para quitar a Seth.
Una sonrisa ladeada apareció en mi rostro.
El karma es un gato, dicen.
—Haz algo —me reclamó—, ¡no te quedes parado! ¡Es tu gato malcriado!
—Lo siento, debo ser responsable e ir por su atún, ¿no crees? —mencioné despectivo.
No esperé su respuesta.
Me acerque a la puerta, tomé las llaves de mi moto y salí satisfecho. Justicia poética.
Bajé hasta el subsuelo; allí estaba mi moto, mi escape y mi objeto favorito.
Introduje las llaves.
El rugido grave respondió al instante, la vibración que sentía bajo mis manos y la adrenalina encendiéndose en mi pecho.
Nada mejor que salir con Regina.
Sí, así se llama.
Aceleré saliendo del aparcamiento, con destino al supermercado.
Entré y salí en tiempo récord con la bolsa llena del mejor de atún, el más caro. No iba a darles basura barata; sus estómagos son delicados.
Al volver me encontré con la escena más absurda del día.
Seth, en la mesa, maullaba y chillaba como si estuviera bajo tortura, y Dylan le reclamaba.
—¡Ya cállate, Zack fue por tu atún, malcriado! —bufaba, agitando los brazos de forma exagerada.
—¡Miaaaauu! —gruñó Seth, descontento, siempre tan dramático.
Dylan levantó la vista, me vio; sus ojos se clavaron en la bolsa.
Cruzó el departamento en dos grandes
zancadas y me arrebató la bolsa de un tirón.
—¡Ahora sí se te va a quitar lo muerto de hambre! —gruñó entre dientes.
—¡Miaauu! —Duquesa hizo acto de presencia, con un maullido dulce y prolongado, digno de una reina que ya perdió la paciencia pero conserva la elegancia.
—Eso va para ti también —recriminó Dylan, señalándola con el abrelatas—. ¡Tú también me hartaste!-
Duquesa solo bufó por lo bajo y volvió a hacerse ovillo.
Dylan siguió bufando por lo bajo. Yo busqué el plato de Duquesa y luego el de Seth.
Cuando Dylan terminó de abrir las latas, me las dio. Coloqué el respectivo atún en sus platos, ambos con el nombre de cada uno.
Llamé a Duquesa. Como toda diva, bostezó, se estiró arqueándose con las patas extendidas al frente y caminó lentamente hacia su plato.
Como siempre, olfateó primero, asegurándose de que ese fuera exactamente el atún que le gusta, y solo así empezó a comer.
Fue ahí donde barrí con la mirada el departamento en busca de Seth, pero no lo encontré.
—¡Dylan! ¿Seth no estará contigo en la cocina, verdad? —pregunté sin dejar de buscarlo.
—Para mi suerte, no. ¿Por qué? —gritó desde la cocina.
—Qué extraño —dije más para mí mismo.
En grandes zancadas recorrí el departamento: baño, dormitorios, la sala.
Nada.
Sin ni una señal de Seth o de su característico maullido.
De vuelta a la sala noté la puerta del balcón abierta.
—¡No jodas!
¡Otra vez! Saltó al balcón de la vecina. Sucede que posee unas plantas que a Seth le encantan; ella nunca está cuando hace eso, así que más de una vez tuve que saltar esa pared de concreto que separa los balcones.
Salí hasta el balcón y me asomé por la pared de no más de 1,70. Al ser mucho más alto, es sencillo, pero me sorprendió encontrar una mesa afuera, una silla tirada y un teléfono en el suelo.
Supongo que a alguien no le gustó su presencia.
—Lo que faltaba, Seth —bufé.
Blanqueando los ojos fui hacia la puerta. Ahora tendría que hacerme el simpático, o al menos pretender disculparme por el susto ocasionado, eso si Seth no hizo más daño.
—¡Oye! ¿A dónde vas? Aún no terminó la comida —preguntó Dylan, con el delantal puesto y sus manos en la cadera.
¡Ridículo!
—Seth se pasó otra vez, pero ahora sí está la vecina.
Eso le sorprendió, pero en un segundo estaba a mi lado tratando de peinarme. Forcejeé y me lo saqué de encima.
—¿Qué crees que haces?
—Psss, ¿qué no es obvio? Quizás es una linda chica y no voy a permitir que arruines la posibilidad de que tenga una cuñada.
Sentí una vena hincharse en mi frente. Conté hasta diez mientras respiraba.
Luego lo miré; ahí, con una sonrisa lobuna, me miraba Dylan. No respondí, solo abrí la puerta, salí al pasillo y, cuando llegué a su puerta, toqué el timbre.
El zumbido fue breve, instantáneo, pero el silencio que perduró después fue duradero.
Habría jurado ver el balcón abierto.
Fuera de mi lógica, incliné un poco más mi cabeza contra la puerta, agudizando el oído, enfocándome en los sonidos.
No escuchaba nada.
Cuando iba a volver a tocar, la puerta se abrió abruptamente y sentí un cuerpo impactar contra el mío.
No lo esperaba; tanto, que perdí el equilibrio, acabando sentado en el suelo.
—¡¿Qué mierda?! —bramé.
Alcé la vista y la vi…
Una chica de mi edad, cabello castaño que llegaba hasta su cintura, ojos grandes adornados de largas y espesas pestañas.
Hablé antes de pensar.
—¡¿Qué mierda crees que haces?!
La grosera solo me miró con pánico, se reincorporó a la velocidad de la luz y prácticamente se esfumó por el pasillo.
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Editado: 04.03.2026