Cuando estuve lo suficientemente cerca, dije:
—¿Y ahora se supone que llame a los bomberos porque una loca quiere ser gato?
Su cuerpo se tensó y volteó despacio, insegura, aún sosteniendo a ese pajarraco.
Si no fuera tan divertida esta situación, habría tomado a Seth y me hubiera ido de inmediato.
—¿El gato te comió la lengua? —pregunté con burla.
Su cara pasó de desconcierto a descontento.
—Oye, ¿qué te parece si me ayudas y me insultas después? Saca a ese gato demente, ¿quieres? —bufó, molesta.
Miré la situación sin interés: ella en el árbol con su ave, Seth tranquilo a mi lado. Esta vez volteó a verme. Lo pensé.
—No.
—¿¡Nooo!? ¿Esa es tu respuesta?
Sonreí de lado. La escena era muy buena como para interrumpirla. Me dediqué a encogerme de hombros, cosa que la irritó.
Para molestarla aún más, le recordé:
—Aún no oigo una disculpa. Yo recuerdo claramente un empujón —comenté con diversión.
Creo que, si pudiera matarme con la mirada, ya estaría muerto.
—¡Está bien! ¡Discúlpame, sí! —gritó con disgusto.
—Mmm… no me convence. Seth, ¿tú qué crees?
Seth me miró y comenzó a frotarse entre mis piernas con total confianza. Podía percibir su ronroneo; él también parecía estar pasándola bien.
—¿Qué? Pero… —su cara incrédula fue muy graciosa.
—Este gato demente es mío —le aseguré, lo que compactó su cara en una mueca de vergüenza y nerviosismo.
Pero rápidamente volvió a ese tono filoso.
—Bueno, que sepas que ese engendro arruinó mi lectura, casi me ocasiona tres paros cardíacos, destrozó el departamento y ahora nos tiene bajo amenaza.
Mi risa fue instantánea. Esta chica, en serio, era de lo que no hay. ¿Cómo podía decir eso con tanta soltura? ¿Acaso no oye lo estúpido que suena?
—¿Es así, mi pequeño Seth?
Me agaché para acariciar su lomo. Este, contento, recibió gustoso mis caricias y maulló en afirmación.
Clásico de cuando sabe que se portó mal, pero no habrá castigo, obvio.
—Ejem… lamento interrumpir tu no sé qué, pero ya llévatelo y desaparezcan —chilló, afirmando su agarre en dicho árbol; a estas alturas seguro estará acalambrada.
Tampoco es que me importe. Me estoy divirtiendo mucho.
Alcé la vista observándola. Temblaba.
No sé si por miedo, nervios o calambres. Tal vez todas.
Y aun así no perdía su tono atrevido. Interesante.
—Mmm… ¿por qué debería? Solo estoy tomando aire con mi pequeño e inofensivo Seth. No es un crimen, ¿o sí? —fingí cero interés mirando a Seth, pero estaba mucho más centrado en ella y en lo que haría.
Esto debió fastidiarla mucho más.
¿Qué hará? ¿Me gritará, insultará o me arrojará esas ramitas en una defensa patética?
—Oye, suficiente, idiota. Saca a tu asqueroso gato de mi vista o van a empezar a rodar cabezas: la tuya y la de ese felino.
—Pff… jajajaja —
Una risa larga y genuina salió de mi boca.
No podía parar de reír. Realmente es una chica muy extraña; diría que única en su clase, pero aún es pronto.
—Tú en serio eres una cosita de las que no hay, ¿no es así, gatita?
El apodo salió de mis labios antes siquiera de pensarlo. Es solo que verla ahí, toda asustada y vulnerable, mientras seguía mostrando sus garras, me recordó a cierta gatita.
Observé cómo su rostro se tiñó de rojo. Al parecer, ese fue su límite, pues con cautela se paró sobre el árbol.
—Oye, espera, ¿qué haces, inconsciente? —
¿Acaso está mal de la cabeza? Va a saltar como si nada; podría lastimarse.
—Oye, espera, no estarás a punto de…
Tarde. Saltó.
Mi cuerpo se movió más rápido que mi mente. Tratando de alcanzarla, apenas logré sujetarla.
Ambos caímos. El impacto en mi espalda dolió, carajo.
El peso de su cuerpo contra el mío, su olor, la suavidad de su cabello contra mi rostro…
sorprendentemente, no me molestó del todo.
Apenas abrí los ojos para observarla; estaba mirando a su pajarraco. Sentí cómo su cuerpo se relajaba.
—¿Vas a quedarte todo el día así? —susurré para que solo ella pudiera oírme.Su cuerpo se tensó. Observó en qué situación se encontraba; vi su rostro tornarse carmín.
Se separó brutalmente, como si fuera algo asqueroso que no quisiera tocar.
Apenas un vistazo: percibí cómo, bajo su vestido —supongo que fue la caída—, no vi nada que no debiera. No me hizo gracia.
Su rostro se puso aún más rojo, por si ya no lo era.
—¿Qué… qué crees que haces, imbécil? —su voz no era un reclamo; vergüenza, diría.
Me levanté sacudiendo el polvo de mi ropa. Mínimo uno esperaría un agradecimiento por evitar que se lastime, ¿no es así?
—¿Y qué te parece? Ayudándote.
—Ah, ahora sí me ayudas. ¿Y lo de hace rato qué fue? ¿Tu otra personalidad o tu gemelo malvado?
Miré al cielo. No puede ser más fastidiosa.
Para molestarla, le recordé su propia
imprudencia.
—Un “gracias” era suficiente, gatita —bromeé.
—Jamás —replicó decidida.
—Por cierto, lindas braguitas. Te gustan mucho las flores, ¿verdad? —una sonrisa se asomó en mi rostro.
Qué situación más irónica. No vi sus bragas, solo lo dije por su vestido, pero tal vez acerté por la mueca que hizo.
—¡Degenerado! —chilló.
Mi sonrisa se amplió aún más y mis hombros se alzaron en desinterés. Si ella quería creer que la vi, que lo crea.
—Ya verás, idiota. Algún día el karma me
sonreirá a mí.
—Para mí, eso es un “gracias”.
—Chip-chip —ese polluelo aleteó en su pecho.
Suspiré, mirando hacia el edificio a su espalda. Al lado de mi departamento vi cómo salía humo del suyo. Mi risa fue seca y burlesca.
—¿Y ahora de qué te ríes, lunático?
Ella, que empezaba a irse, volteó de repente viéndome con furia.
—Te lo dije, ¿no? Qué poca memoria. Si fuera tú, llamaría a los bomberos.
—¡Hijo de…!
Sonreí siniestro. Solo levanté mi mano y, con el dedo índice, señalé su balcón.
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Editado: 04.03.2026