…
Mirando sobre mis hombros, observé cómo un chico joven entraba y recorría la tienda con curiosidad.
Sus hombros encorvados, su caminar rígido, sus manos moviéndose nerviosas y su traje tan pulcro y pomposo…
No hay que ser un genio para entenderlo.
Con mi mejor sonrisa me acerqué lo suficiente para que notara mi presencia y no se asustara.
—Bienvenido, ¿en qué le puedo ayudar? ¿Busca algo en especial, tal vez? —obvio conocía la respuesta, pero no está mal asegurarse.
Así le ahorro la vergüenza.
—Sí, sí… buscaba unas flores —dice inseguro, pero se corrige—. Más bien un ramo.
Sonrío de manera tranquilizadora.
Traga saliva; su espalda se irguió de golpe y su rostro se volvió carmín. Llevó sus manos a la cara.
Parecía una Mimosa pudica,
también llamada flor de la vergüenza,
conocida por cerrarse si la tocas.
Ocultando mi sonrisa, me acerqué un poco más.
—Dígame, ¿es para una persona especial en su corazón, verdad?
Sin quitar las manos de su cara, asintió.
Tomó una profunda respiración y, dejando a un lado su vergüenza, me confesó que su nombre es Tomás y Liz es la razón por la que está aquí.
Se conocen desde hace bastante; cree que es mutuo, pero quiere dar el paso y dejarse de juegos.
Quiere que sea especial, pero no sabe cuáles son sus flores favoritas o qué podría gustarle. Pregunté un poco acerca de ella.
Al escucharlo hablar de Liz, noté cómo su cuerpo se relajó y empezó a soltarse más.
Ahí comprendí cómo es ella y lo que él quiere transmitir…
Barrí la tienda con la mirada.
Ahí, junto a las peonías, las encontré.
Pensando en la ocasión y el esfuerzo, visualicé el ramo…
Lo tengo.
Rápidamente tomé el papel, las cintas, luego fui por las flores. Mel incluso ponía sus patitas para que el papel no se doblara. Él me observó perplejo, pero no dijo nada.
Al terminar y explicarle, dijo que era justo lo que necesitaba. Pagando, se fue agradeciéndome.
Tulipanes rojos…
una declaración sincera de amor.
—Tiu-tiu-tiu —cantó Mel.
—No te pongas celosa, tú eres mi amor —la tomé y posé en mi hombro.
Retomé mis tareas con Mel posada en mi hombro, silbando apenas su hermoso cantar.
…
Esta vez, sentada en el mostrador, leía un manga que Jacob me prestó; según él, tengo que entrar en personaje para la convención.
Pasaba las páginas con cuidado, adentrándome en la historia mientras cortaba estampillas de flores.
Mel jugaba con una pequeña pelotita que siempre llevo conmigo. La tienda estaba en silencio; solo se percibía ese inconfundible aroma a flores.
Hoy no hubo tanto ajetreo en la florería, solo algún que otro cliente o algún curioso.
Terminando con las estampillas, retomé el arreglo para entregar más tarde.
Retomando la lectura justo en la parte más interesante, la campana sonó.
Una joven entró, miró todo el lugar hasta que me encontró y se acercó sonriendo.
—Buenas tardes, estaba buscando quizás una planta para regalar.
—Por supuesto, ¿tiene algo en mente?
—Verás, mi padre después de mucho logró finalizar sus estudios. A él le gusta la botánica. Quiero darle algo simbólico que sepa que lo quiero y que estoy orgullosa de él.
Pensé en dichas palabras…
Orgullo.
Querer.
Admiración.
Mientras la chica me contaba de su padre, miré los girasoles; orgullosos, siempre miran hacia el cielo, lo admiran y le agradecen.
Por otro lado, la orquídea amarilla es ideal para celebrar y felicitar.
—Dime, ¿qué te parece si llevas girasoles?
—¿Girasoles? Yo pensaba más en lirios, a él le gustan —expresó con duda.
—Bueno, yo pienso que en ocasiones lo que nos gusta no es exactamente lo que sentimos.
Me miró confundida.
Acercándome, le señalé los lirios.
—Los lirios son flores del amor; en todas sus tonalidades expresan distintos amores
—ella asintió, comprendiendo hacia dónde iba la charla—. Dices que a tu padre le gustan las flores y que es para celebrar.
—En dicho caso, yo te propongo los girasoles o incluso orquídeas.
—¿Y exactamente por qué? —preguntó con
genuino interés.
—Los girasoles siempre miran al sol; muestran que siempre hay que tener una meta y apuntar bien en alto. Por otro lado, las orquídeas son capaces de adaptarse a nuevos comienzos para crecer pese a las adversidades.
Ella observó ambas flores, tomó un girasol para hacer ramos y lo acercó a la orquídea, tocando ambas en silencio.
Después de una pausa, se inclinó a olerlas. Finalmente volteó a verme y sonrió.
Supongo que se decidió.
Llamó a su hermano para que la recogiera.
Después de señalarle los cuidados y exigencias de la flor, se llevó la orquídea.
Según me contó, su padre luchó solo por ellos tras la muerte de su madre; siempre supo adaptarse.
Los ayudó a cumplir sus sueños.
Ahora él cumplía los suyos.
Agradeciendo, ella y su hermano se despidieron.
Debería llevarle orquídeas a papá también.
…
El resto de la mañana pasó sin siquiera notarlo, entre la calma de las flores, la entrada y salida de clientes, los silencios apreciativos y el dulce aroma floral.
Cuando vi la hora en el reloj de la pared, marcaba las 12 del mediodía.
Mi turno acabó.
Acomodando mis cosas, el sonido de la puerta me hizo voltear. Megan entró, dedicándome un saludo y una caricia a Mel, para luego acomodar sus cosas; ella es la otra empleada de mi abuela.
Ambas nos llevamos bien, aunque no podría decir que somos amigas íntimas.
Poniéndola al día con las tareas, Megan me agradece y, tomando a Mel en su transporte, nos vamos.
Al salir, suspiro con cansancio; mirando a los lados… lo veo.
Reclinado sobre su auto está Jacob.
—Saliste cinco minutos tarde, Chloe —exclama al mismo tiempo que señala con su mano la muñeca contraria, donde tiene su reloj.
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Editado: 04.03.2026