Flowers

Parte II entre el ruido y el silencio

El bullicio de las calles no era algo que disfrutara, mucho menos usar el transporte público.
El roce con la gente, el movimiento constante y abrupto del vehículo, me sentía asfixiado.
A pesar de mi iniciativa de ir con Regina, Dylan descartó esa idea apenas me vio intentar tomar las llaves.

¿Su excusa?
“Hay que estirar las piernas y tomar aire libre”.

No repliqué; tomando una de mis chaquetas, lo seguí.

El camino era algo que nos sabíamos de memoria; en poco tiempo llegamos a nuestro destino.

El chirrido de las llantas contra el pavimento, el rugir de los motores, se oían desde fuera de Jules Karts.
Al ingresar con Dylan, Jules, el dueño, nos saludó. Lo saludé con una inclinación de cabeza, y Dylan, muy alegre, empezó una conversación.

Llegando a los vestidores, tomamos el equipo correspondiente. Jules nos siguió hablando con Dylan; en ocasiones yo también respondía sus preguntas, eso sí, Dylan no se quejaba antes.

Por un momento, los ojos de Jules se detuvieron en mí; sonrió cómplice.

—Oye, Roja está lista para ti —me dijo con astucia.

Sí, como cualquier persona, nombra a sus vehículos, y Roja es el único con el que me sentía cómodo. No sé muy bien por qué; tal vez me producía la misma sensación que la guitarra o la moto.
Terminando de colocar el traje, le pasé los guantes y el casco a Dylan. Con todo el equipamiento puesto, salimos a la pista.

El viento soplando con fuerza por la velocidad con la que corrían esas bellezas, el olor a combustible —y puede que a neumático— me tranquilizó.

Encontrando a Roja entre tantos karts, me relajé; allí, brillando con su color, solo pensaba en hacer rugir su motor.

Deslizándome en el asiento, me tomé el momento de abrazar la sensación: el cuero del asiento, el volante en mis manos, el olor a combustible, velocidad, peligro.

No esperé una señal de Dylan; solo encendí a Roja y aceleré.

Subiendo a la pista no miré atrás. La vibración del motor, el viento chocando en mi cuerpo; no pensaba en nada, solo en las sensaciones que me transmitían la velocidad y los motores.

Poco después escuché el rugido de un motor familiar; volteé apenas, observando a Dylan en Azul. Inclinó la cabeza hacia adelante, incitando a una carrera.

Sonreí.

Iba a comer el polvo.

Alineándonos, esperamos a pasar un cartel y marcamos el comienzo de nuestra competitiva pero amistosa carrera.

Oía su risa incluso con el casco; él aceleraba y maniobraba el volante como un loco.
Siempre le gustó la libertad de manejar a donde él quería; varias veces Jules lo regañó por salirse de la pista.

Por otro lado, yo controlaba el volante, siempre recto, devorando curvas sin dejar nada en ellas.
Saber de dónde vengo y hacia dónde voy es algo que no quiero perder.

La sensación familiar me trajo un recuerdo agridulce: mis manos más pequeñas en el volante y gritando mientras aumentaba la velocidad.

Ignoré esos recuerdos,

Apretando con fuerza el volante me centre en la carrera.

Mientras Dylan se adelantaba, me reí; el idiota olvidó la curva de la muerte. Si no la tomas con calma, el kart no puede pasarla, sabiendo que él terminaría otra vez chocando, en el peor caso.

Disminuí un poco la velocidad; aún con la presión en el volante, controlándolo con precisión, empecé a derrapar.

Fue liberador.

Dominando la curva, rebasé a Dylan, que al parecer frenó. Mirando hacia atrás, vi cómo casi chocaba, otra vez.

Sonreí triunfante; esta vez la victoria es mía.

Llegando a la meta, no sé qué me pasó por la cabeza. Mis manos solo liberaron la presión en el volante; casi salgo de la pista, pero mis reflejos volvieron a fijar el volante.

Pasé la línea de meta. Jules, desde la plataforma más alta, agitaba la bandera como si fuera una competencia real.

Esta vez cambié la velocidad para detenerme; a una distancia considerable de la meta, me detuve.
El rugido del motor cesó, pero su vibración aún persistía en mi cuerpo, acompañada del fuerte palpitar en mi pecho; mis manos sudadas y tensas.

Regulé mi respiración. Quitando el casco, vi a Dylan cruzar la meta y dirigirse a mí.

Al detenerse, se quitó el casco y me miró ofendido. Sonreí con el peso de la victoria; iba a regodearme, y él lo sabía.

Jules se acercó; me sonrió, asintiendo con aprobación. Le devolví el gesto.

—Como siempre, ustedes son mis mejores campeones. Pero en serio, niño, no vienes unas semanas y te olvidas de la curva —bufó hacia Dylan.

Dylan quiso excusarse, pero Jules se adelantó dándole un zape.

—Aprende a manejar, inconsciente. Toma a Zack de ejemplo, si no quieres chocar por incompetente.

—¡Jaa! Pero si él es un aburrido; hay que ir por todo o nada —bufó, sobándose la cabeza.
Mirando a Jules disgustado, empezó a excusarse torpemente, aumentando la ira de este viejo loco. No pude evitar las carcajadas.

Después de tranquilizarnos, nuestro viejo amigo insistió en ir a su casa a comer unas hamburguesas.
Con Dylan aceptamos. Fuimos a los vestidores; después de una pequeña ducha, subimos a la camioneta de Jules.

En el camino escuchamos un poco de AC/DC, la banda favorita de este viejo loco. No es que me moleste, solo que no soporto a estos dos cantando.

Al llegar a su casa, su esposa Martha nos recibió cálidamente, regañándonos por no visitarla como antes. Pasamos al interior de su hogar.

Jules y Dylan se encargaron de la comida, mientras Martha y yo preparábamos la mesa en el exterior. Ella me hablaba del negocio y preguntaba mi opinión como aficionado.

Después de unos regaños de nuestra parte al viejo y a ese torpe por tontear, finalmente todo estuvo listo.
Con la comida sobre la mesa, nos sentamos; entre risas y recuerdos, compartimos un almuerzo agradable.

Al terminar, Dylan fue con Martha a lavar los trastes. A él le encanta hablar, así que mantuvieron una extensa charla. Jules y yo nos encargamos de acomodar todo.




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