Los quejidos de Dylan volvieron a despertarme; esta vez Seth había aplastado su cabeza con su cuerpo. Es increíble verlos dormir tan pacíficos cuando despiertos solo quieren destruirse mutuamente.
Dylan esta vez sí fue consciente; maldiciendo, quitó a Seth, que maulló descontento. Carcajeando, Dylan me observó molesto, como si yo tuviera la culpa.
Bufando, se levantó; fue al baño, supongo que a lavarse el rostro, mientras Seth se echó a mi lado junto a Duquesa.
Permanecí acostado un tiempo más. Cuando empecé a sentir hambre, con cuidado me aparté de mis gatos, fui a la cocina y me dispuse a hacer un desayuno para ambos.
Preparé café para los dos; solo que a Dylan le agregué leche y azúcar. Después hice unas tostadas. Colocando todo en la mesa, agregué las mermeladas para Dylan, además de unos huevos revueltos para mí.
Con el desayuno listo, Dylan se sentó, más despierto gracias a una ducha. Empezamos a comer —o engullir, en el caso del idiota—.
—Duquesa, basta. Ya te daré tu comida; déjame retomar energías —decía, tratando de calmarla.
—Miaauu —Duquesa, erguida en dos patas, se asomaba por el regazo de Dylan, hasta que este cedió y le dio un trozo de su tostada con mermelada.
—Por cierto, ¿dónde está Seth? —me preguntó, aún con comida en la boca.
Hice una mueca de asco, mirándolo con desaprobación.
Dando un sorbo a mi café, iba a responder, pero al alzar la mirada no vi a Seth: ni en el sofá detrás de Dylan ni debajo de mis pies.
Dylan imitó mi acción, con Duquesa esta vez sentada en su regazo, tratando de lamer su tostada.
—Creo que volvió a saltar el muro —dije, llevando mis manos al rostro—. Gato problemático —murmuré.
—Ve el lado positivo, Zack: volverás a ver a esa misteriosa y, sospecho, linda vecina.
Tomé lo último de mi café y apoyé la taza con un golpe seco que resonó en el silencio de la casa.
Lo miré con odio; él solo sonrió inocente y retomó su comida.
Bufé. Dejando la taza en el lavaplatos, fui hasta la entrada. Mientras me colocaba los zapatos, Dylan se asomó y habló:
—¿Por qué no te arreglas? Digo, así luces menos zombi y más humano —bromeó.
—Cállate; mejor come antes de que Duquesa lo haga por ti —él solo entrecerró los ojos, con la mitad de una tostada en la boca.
Salí cerrando la puerta, tomé una bocanada de aire y caminé hacia su puerta.
¿Me tiraría esta vez un zapato?
Sonreí ante mis pensamientos. Tocando el timbre, el mismo zumbido me recordó nuestro encuentro; esta vez tomé distancia de la puerta.
Mi corazón palpitó con fuerza. De alguna manera, este encuentro me traía una sensación de euforia.
Solo que no hubo respuesta.
Toqué otra vez.
Silencio.
Detrás de la puerta no se percibía más que un silencio intenso y pesado.
Extrañado, volví a casa. Entrando, Dylan recogía los trastes; me sonrió astuto.
—¿Por qué volviste rápido? ¿Es que te echó? —preguntó, moviendo sus cejas de manera extraña.
Lo ignoré. Salí al balcón, oyendo sus protestas. Asomándome por encima del muro, el balcón de la vecina estaba cerrado y sin rastro de ella.
Seth, por otro lado, estaba refregándose entre las plantas. Rechinando los dientes, tomé impulso y crucé.
Miré hacia las puertas de cristal; sus cortinas estaban cerradas, apenas había un espacio para ver.
¿Estaría durmiendo?
No. El timbre la habría despertado.
Tomando a Seth —este protestó, lo silencié apenas—, me encorvé quizá lo suficiente para observar el interior.
—¿Qué diría nuestra linda vecina si te ve?
Me reincorporé de golpe, con el corazón palpitando a toda marcha.
Volteé, mirando a Dylan asomado por el muro; reclinado en él, me observaba con burla.
Quería matarlo; casi me da un infarto.
—Uh, quita esa cara de espanto, no vaya a ser que te vea y no le gustes —se rió.
Pasándole a Seth de mala gana, este rió. Volví a cruzar para darle un zape; en respuesta, el idiota solo amplió su sonrisa.
Con Dylan acordamos limpiar el departamento el resto del día. Había bastante desorden; teníamos una modalidad para dividir las tareas, así que pusimos manos a la obra.
Él se encargó de quitar el polvo, mientras yo lavé la ropa.
No iba a dejar que tiñera mi ropa. Terminando, Dylan prosiguió a limpiar las habitaciones.
Empecé a barrer toda la sala; en ocasiones mi vista se desplazaba hacia el balcón.
¿Será que trabaja por las mañanas?
Con un último vistazo, retomé la limpieza.
Al terminar, saqué la ropa de la lavadora y la colgué en el balcón. Tal vez me asomé un poco para ver si salía, pero no ocurría nada.
Oí una risa a mis espaldas; me tensé por un momento. Volteando, Dylan, con el trapeador, me sonrió cual zorro.
Se abstuvo de comentarios. Con movimientos mecánicos me mantuve indiferente, fingiendo acomodar la ropa, pero sentía mis orejas arder.
Carajo.
Con el cansancio y aún sucio, ordené los videojuegos, al menos hasta que Dylan habló:
—Oye, ¿puedes ir a buscar el correo?
—Estoy ocupado. ¿Por qué no vas tú? Siempre lo haces —dije sin voltear, centrado en mi tarea.
—Sí, lo sé, pero mi armario es un desastre, así que lo acomodaré.
Me extrañaron sus palabras. Volteé a verlo con sospecha; según sé, él solo acumula la ropa en ese mueble y, al salir, siempre debe plancharla.
No me convence. Algo trama, pero este se hizo el tonto. La idea de salir me repugna; cruzarme con los vecinos, peor.
Aunque no tenía por qué hablarles.
Relajando mi cuerpo, salí. Bajando las escaleras hasta el hall, fui a la sala apartada con los correos.
Encontré nuestro locker; tomando los recibos, me dispuse a irme.
Una vecina me vio y saludó; correspondí con un asentimiento de cabeza.
En casa, Dylan estaba más concentrado en lo que yo hacía que en sus tareas.
El resto del día no pasó nada interesante. Terminamos de limpiar por la tarde, después de hacer una pausa para el almuerzo.
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Editado: 04.03.2026