Flowers

Parte II Coincidencias

Detesto cuando Dylan actúa raro; estos días se la pasó excusándose para cambiar sus tareas por las mías.

Primero, ahora yo debo buscar el correo porque él se queda dormido; después siempre está haciendo alguna cosa que impide que saque la puta basura.

Y por alguna extraña razón quiere estar todos los días afuera, en el balcón, incluso para cenar.

Saliendo abruptamente de mi cuarto, oí la puerta golpear la pared. No me importó; iba a sacarle su plan, aunque sea a golpes.

Llegando a la sala, ahí estaba una vez más, desayunando panqueques con miel, además de azúcar con té, pues la cantidad que le pone no es sana.

—Ah, ahí estás. ¿Puedes ir por el correo? Es que ahora va a transmitir un jugador que sigo —mencionó tranquilo, tomando un sorbo del té.

Arrastré la silla hacia mí; el chirrido contra el suelo molestó a Duquesa, que dormía en el puff. No le di importancia.

Tomando asiento, apoyé mi brazo derecho con fuerza en la mesa. El té casi se derramó, pero mi vista se clavó en Dylan; este, estupefacto, me miró sin entender.

—Ya escúpelo —bramé.

—¿De qué…? —lo interrumpí.

—No te hagas el tonto. Suficiente soporto a los vecinos que querían saludarme e interrogarme sobre mi vida; no lo soporto. Así que escupe el problema.

Dylan, que hasta ahora tenía los hombros tensos, soltó un largo y agotador suspiro. Mirándome con reproche por mi actitud, continuó comiendo su desayuno.

Esperé. No levantaría su trasero de esa silla hasta que me diga lo que quiero oír.

—Ah, tú realmente no tienes paciencia.

Sentí la vena palpitar en mi frente; me estaba colmando la paciencia.

—Habla.

—Para que te quejes ahora debió pasar algo, ¿no es así? Cuéntame —ignoró mi pregunta.

No iba a contarle cómo una mujer prácticamente me estuvo acosando estos días, ni que tampoco quiso sobrepasarse.

Esta mañana, cuando busqué el correo e intentó besarme, fue el límite.

—No importa. Tú contesta. ¿Por qué no haces tus tareas y me mandas ahí?

Resignado, habló.

—Está bien. Quizás solo tenía la esperanza de que te reencuentres con nuestra linda vecina —murmuró entre dientes—. Creí que enviándote a hacer los mandados te la cruzarías, pero ya van…

Mi ceño se frunció.

—¿Qué pretendes?

—Oh, por favor. Te brillaban los ojos cuando la conociste, y solo fue una vez —argumentó.

—Solo fue peculiar, no es nada especial.

—Ya tengo un plan: la espiaremos por cámaras para saber sus horarios, luego podremos sorprenderla cuando accidental… —interrumpí.

—No me interesa —mi voz salió firme y cortante.

—¿Qué? ¡Pero si hasta traías una sonrisa boba! —replicó.

—Solo es una mujer idiota que tuvo un mal día —repliqué.

—Pero…

—No es importante.

Moví la mano en señal de cortar la conversación.

Después de todo, ella no es relevante.

Solo fue un encuentro interesante.
Nada especial.

Seth, por otro lado, siseó de repente a mi lado; moviendo astuto su cola, saltó sobre el muro.

Advirtiéndole con la mirada, este hizo caso, pero se posó sobre él; acostado, movía su cola mirando las puertas del balcón vecino.

—Creo que a alguien no le cae bien la vecina —murmuró Dylan.

O se quedó con hambre, pensé.

Relajando mi cuerpo, volteé hacia Dylan. Una vez más le dejé claro que ni se piense en hacer de las suyas, y que a partir de ahora él volvería a sus tareas y yo a las mías.

Con eso aclarado, fue mi turno de servirme comida.

Comer en el balcón con la brisa fresca no estaba tan mal después de todo.

Oír el ruido lejano de la ciudad, los pasos de la gente pasar por la acera, no es algo tan irritable.

Después de un receso, Dylan lavó los platos; yo me encargué de la ropa. No repetiríamos la desgracia del otro día.

Después de un rato, mientras deslizaba la selección de compras online en mi teléfono, Dylan se aproximó mostrándome el suyo.

—Black Pixel tiene nuevas promociones y trajeron nuevas máquinas. ¿Por qué no damos una vuelta? —mencionó con entusiasmo.

—Podemos ir otro día. Aún espero las compras y la ropa todavía no se lavó —dije sin ánimos.

Como si la vida conspirara a su favor, el timbre sonó junto a la alarma de la lavadora.

Bufando, ignoré la brillante sonrisa de Dylan. Tomé mis compras; Dylan colgó rápido la ropa. No me dio tiempo de protestar, pues me arrojó una de mis chaquetas, tomó las llaves y me arrastró con él.

Tomé los cascos; Dylan no se quejó. Fuimos con Regina; la velocidad de ella fue fantástica.

El viento chocando contra mi cuerpo, las bocinas sonando, incluso el rugido de Regina es algo de lo que nunca me cansaré.

Al llegar, dejó la moto asegurada en el aparcamiento.

Al entrar, el sonido de las máquinas, además de la música funk electrónica sonando… sí, este lugar era completamente el refugio de cualquier gamer.

Echando un vistazo rápido mientras avanzábamos, percibí un poco más de gente de la que normalmente uno esperaría.

Con Dylan fuimos por las mayores promociones; cargamos todos los puntos posibles en la tarjeta, también compramos las fichas.

Tal vez con los puntos podríamos ganar un premio.

Con ellas en mano, decidimos ir por los clásicos.

A pesar de tener todos estos juegos en la consola, nada reemplaza la sensación de jugar en el arcade.
Presionaba con rapidez los botones al mismo tiempo que la palanca; una coordinación y precisión perfecta que no se compara al joystick. Esto era mucho mejor.

Jugamos unas partidas de los clásicos; terminamos con Dylan quejándose del Pac-Man porque no puede ganarla, mientras yo gano el Tetris.

Perdimos la noción del tiempo entre los píxeles, pero estos juegos no dan puntos, por lo que nos acabamos rápidamente las fichas. Incluso mis manos estaban calientes por el movimiento.

Buscando obtener bonus, empezamos jugando al basket; luego uno de puntería con armas, competimos.
Fuimos a golpear nutrias, pero el único entretenido era el idiota a mi lado.




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