Flowers

Parte III Coincidencias

Él parpadeó; saliendo de su estado, escarbó en su bolsillo y, sacando la tarjeta, me la tendió.
La tomé; jugué con ella entre mis dedos.

—Entonces, ¿cuándo nos vemos para que me enseñes a disparar así? —dijo Nathaniel con una sonrisa de oreja a oreja.

—No estaría mal aprender —añadió James.

—Momento, primero le enseñará a su mejor amigo —intervino Dylan.

Dylan y Nathaniel continuaron en un pleito sin sentido; al final solo se reían de lo que decían. Aiden por momentos se sumaba a la conversación; James y yo solo nos quedamos en silencio, acompañándonos hacia la salida.

—Oigan, ¿nos reunimos el siguiente sábado? Esta vez sin competencias —sugirió Nathaniel.

Sonriente, Dylan asintió.
James, a un lado, le dio su contacto a Dylan.

—Tch —chasqueé la lengua.

—Oye, Snape —llamó Aiden—. No estuviste nada mal allá. —Eufórico, palmeó mi espalda con dos golpes.

Como si no tuviera suficiente con Dylan.

El resto se despidió acordando la hora con Dylan; yo solo asentí a modo de saludo. Dándome vuelta, empecé mi camino hacia mi moto.

Los pasos rápidos de Dylan se oyeron a mis espaldas; en segundos ya caminaba a mi lado. Sonriendo como idiota, volteó a verme.

—¿Por qué esa cara? Sabes, fue muy divertido —dijo—, y sé que tú también te divertiste —finalizó, picando mi brazo con sus dedos índice.

Yo solo me encogí de hombros.

Con Dylan fuimos al aparcamiento. Cuando estaba sacando las llaves de mi bolsillo, su teléfono sonó.

—Ah, espera, Zack, es mi madre —dijo, atendiendo la llamada

—. Mamá, sí, ¿qué sucede?

Con un gesto me indicó que suba; blanqueando los ojos, subí a la moto. Esperaría a que terminara la llamada para encenderla.

Dylan colgó y soltó un suspiro agotado.

—La tía Kate está de visita —bufó—. Quiere que vaya a cenar.

Dejé escapar una risa.
Si Dylan es un efusivo molesto, su tía lo es peor.

—¿No me acompañarías? —rogó de manera inocente.

—No.

—¿Por qué? —chilló.

—Apenas sobrevivo a ti —dije, franco.

Dylan puso esa cara de cachorro abandonado; lástima que me gusten los gatos.
Resignado, esperé con él hasta que subió a un taxi; incluso a través del cristal percibía su mirada de súplica.

Negué con la cabeza; encendí la moto.

Regina, como siempre, respondió con un feroz rugido.
Aceleré, rumbo a casa.

...

La vibración del motor, el viento impactando en mi cuerpo, relajó mi cuerpo después de la extraña situación en la que Dylan me metió.

A medida que avanzaba por las calles, el cielo se tornó gris; mientras esperaba el cambio de luz, pequeñas gotas cayeron del cielo.

Al inicio eran pequeñas, dispersas; pronto se hicieron más grandes y caían constantes.
Grandioso, esta camisa era nueva.

Pronto el cielo se oscureció; mi visión a través del casco se empañó.

Mi agarre en los manubrios se tensó. Maldita sea con la lluvia que no espera.
Desvié mi rumbo; me detuve en una galería.

Estaba alejada del bullicio de las calles; los puertos solo eran unas tiendas oscuras. Aquí solo se oía el eco de mis propios pasos y el andar de los neumáticos mojados.

Solo será un momento, hasta que la lluvia cese.

Quitándome el casco, escurrí parte de la camisa aún puesta.
Bufando, miré el cielo, pero este solo respondió con más truenos.

Me recliné apenas en la moto; miré las calles, viendo los autos pasar.

El chapoteo de las gotas al tocar el suelo, el olor a tierra mojada y el latido lento pero constante de mi corazón era lo único que percibía en este vacío lugar.

Mi ropa aún escurría agua.
Me quité la chaqueta y la colgué en el manubrio.

El mundo se redujo a ese chapoteo constante, a esa suave e imperceptible sinfonía.

Mi visión se centró en una pequeña flor,
una margarita.

El agua golpeaba con fuerza sus pétalos; la tierra alrededor salpicaba, pero seguía ahí.
Resistía inmóvil.

No sé cuánto tiempo pasó.

—Ohh, maldición… me mojé toda.

Una voz rompió el silencio como una piedra en el agua.
Me giré despacio.

Una chica bufaba mientras sacudía el borde de su vestido lila, soltando maldiciones. Dejó caer su bolso al suelo y llevó sus manos al cabello para atarlo con torpeza.

Su bolso dio un golpe seco contra el suelo; sus manos fueron a su cabello para atarlo con torpeza.

Algo en esa simple acción…
Me resultó familiar.

Debió sentir mi mirada, porque se detuvo.
Volteó lentamente.

Mis ojos se abrieron apenas.

Ella igual se quedó quieta.

Su expresión pasó de molestia a sorpresa; intentó hablar, pero se arrepintió de inmediato.
Sus mejillas se tornaron rojas.

Ninguno dijo nada.

La lluvia siguió cayendo, ajena completamente a nuestra situación.

Supongo que a esto le llaman coincidencia.




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