Flowers

Parte II Flores, Libros y Luces

Con el pecho rebosante de alegría salí del edificio principal, sabiendo que el resto del horario escolar estaba libre; caminé despacio por los senderos, apreciando el aroma a flores.

Entrando a la biblioteca, esta me recibió con su calidez silenciosa.

Era un cierto refugio. Cuando estaba en una de sus mesas de madera, con la luz filtrándose por los ventanales, el tiempo parecía detenerse; era una sensación indescriptible.

La señora Eleanor levantó la vista a través de sus gafas; al verme, me sonrió. Acercándome, la saludé. Ella respondió el gesto, me dijo que cuidó mi lugar y que esperaba verme seguido para contarle sobre mis lecturas.

Asintiendo, subí las escaleras; pasando a través de los extensos estantes, encontré mi pequeño espacio propio.

Acompañada del aroma a libros, dejé mi bolso a un lado. Tomando cuidadosamente un libro de la sección de libros, tomé asiento.

Mi pequeño escondite consistía en el rincón más secreto de la biblioteca; consistía en una pequeña mesa de rincón que daba a una gran ventana, oculta detrás de los múltiples estantes totalmente abandonados.

Los libros en esta sección eran tan viejos que sus páginas amarillas ya eran muy frágiles; a veces también se olvidaban de limpiar. En una ocasión incluso una pequeña araña hizo su casa encima de mi asiento.

Con delicadeza pude quitarla y sacarla al patio, pero preferiría omitir esas situaciones.

Ahora, aquí sentada, lejos del bullicio de los estudiantes, sola con mis pensamientos, pasaba página por página.

El tiempo aquí parecía avanzar lento; cuando vi la hora, vi que ya casi terminaba el horario escolar. Marqué el libro, con el en mano, tomé mi bolso.

Con cuidado pasaba entre algunos estantes demasiado angostos para salir, pero no lo suficiente.

Cuando quise reaccionar, mi pie ya había golpeado —¿una mesa?—. Esta tembló, amenazando con caer; tratando de sostenerla, golpeé mi hombro con uno de los estantes viejos.

Este tembló como si fuera a desplomarse, pero en su lugar los libros cayeron al suelo, uno tras otro, junto con lo que trataba de sujetar.

Apretando los dientes y cerrando los ojos, esperé oír algo: un grito, pasos, lo que sea.
Silencio.

Suspiré tranquila; entendiendo que nadie escuchó, dejé el libro que traía a un costado y levanté el resto.

Eran muchos y todos cubiertos de polvo; provocaron unos fuertes estornudos de mi parte.

Los recogía y apilaba en pilas, esta vez más equilibradas, para luego reacomodarlos en el estante.

No oí el sonido de pasos a mis espaldas; aún en el suelo, solo vi unos zapatos a mi lado. Esta persona no dijo nada, solo me ayudó en silencio a recogerlos.

Me sentía terriblemente avergonzada; otra de mis desgracias se difundiría como pólvora en los pasillos.

Con una increíble incomodidad continué reorganizándolos; escuchaba su respiración uniforme junto al sonido de libros cerrándose. Por el rabillo del ojo vi cómo él los colocaba en la transportadora de libros.

Así que tropecé con el carrito.
Genial.

Terminando de juntar los libros, quise darme vuelta para agradecer, a pesar de la vergüenza.

Girando despacio, con la mirada en el suelo, lo vi de espalda colocando algunos libros en las estanterías más altas. Mi mirada ascendió de sus pies hasta su cabeza.

Su espalda ancha era cubierta por una chaqueta; por su cuello y mangas se asomaba una camisa blanca. El cabello rubio estaba perfectamente peinado hacia atrás.

Espera.

Rubio de aspecto impecable.
No será…

Él volteó; sus ojos verdes se cruzaron con los míos.

—¿Se encuentra bien? —su voz era melódica, suave, baja.

Dejando mi ensoñación de lado, asentí.

—Sí, te agradezco por ayudarme.

Él solo asintió, cortés.

Palmeando mi falda, sacudí el polvo.
Tomando valor, lo miré.

Su vista estaba fija en un libro: Gestión administrativa.

Tratando de pasar desapercibida, colgué mi bolso en mi hombro; con la mirada busqué mi libro, pero no lo encontré.

Juré haberlo dejado en la mesa.

Miré debajo de ella, a un costado.
Nada.

—¿Perdiste algo? —cuestionó—. ¿Necesitas ayuda?

No me molesté en mirarlo; solo empeoraría mi vergüenza.

—Ah, no es nada —dije con prisa—. Puedes retirarte, yo estaré bien —contesté, tratando de no sonar estúpida.

Apenas observándolo de reojo, él seguía parado. No dijo nada, pero se acercó.
No, no, vete, vete.

—Mi deber como presidente de los estudiantes es ayudarlos —declaró—. Perdiste un libro; dime, ¿cuál es?, te ayudaré.

Su voz salió tan segura y firme, sin dar lugar a una negativa.

Resignada, le describí el libro.

Tapa dura verde,
Con la silueta de un ave.
El nombre no lo recordaba.

Él asintió y me ayudó a buscarlo.

Intenté alejarme lo más posible; no es como que a él le importara. De hecho, en todo momento mantuvo su distancia, física y emocional. Por otro lado, si yo decía algo incorrecto o tartamudeaba por los nervios, no podría volver a dar la cara.

En ese pequeño espacio de la biblioteca solo se oía el sonido de nuestras respiraciones, acompañadas por el movimiento de libros.

—Disculpa, ¿es este el libro?

Giré; él me tendió justo el que buscaba. Con una sonrisa, salté del banquillo al que había subido.

Con ambas manos agradecí nuevamente y lo tomé, abrazándolo contra mi pecho.

Él no dijo nada, pero sus ojos se centraron en la silueta de un ave volando en dorado.

No sabía qué hacer; me iba o esperaba que él se despidiera.
Él no dijo nada, pero esta vez su ceño se frunció apenas.

—¿De qué es tu libro? —preguntó por lo bajo.

Mi mente quedó en blanco.
¿Y a él qué le importaba?

—Es sobre aves —respondí con cierta duda.

Su falta de respuesta, su boca cerrada con un poco más de fuerza, su ceño fruncido…

¿Era interés, cortesía o molestia?
No tenía idea, pero tratando de romper la tensión expliqué:




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