Su expresión de sorpresa rápidamente pasó a ser una media sonrisa. Apartando la cortina, como si fuera una entrada teatral de un villano a escena, salió.
Retrocedí inconsciente, entrecerrando los ojos; traté de que captara el mensaje.
Él se detuvo a una distancia prudente, con la postura recta y observándome con su mentón hacia arriba. Se rió.
Ya veré cuando le baje los dientes quién ríe.
—Ahora sí no podemos llamar a esto coincidencia —comentó ladeando la cabeza.
—Es extraño… siempre apareces donde no te espero —concluyó con esa sonrisa torcida.
La imagen de mi puño golpeando su cara de imbécil se volvió más tentadora.
—Oh, no me mires así de feo, tengo sentimientos, ¿sabes? —dramatizó posando su izquierda en el pecho.
Me mordí la mejilla.
No iba a darle el gusto.
—No, parecía el otro día que los tengas, desalmado —bramé desviando mi mirada.
—No me molesta que me acoses —le restó importancia—. Solo avísame para no llevarme sustos.
Ese tic en el ojo volvió. Mis manos estrujaron la falda; sentía la vergüenza y el enojo recorrer mi cuerpo.
¿Por qué siempre me cruzaba con este tipo?
Tomando una bocanada de aire, suspiré.
Mirándolo de nuevo, ignoré su sonrisa de cretino.
—Oye, no quiero problemas —murmuré—. No estoy aquí por ti.
No le debía nada, no había de qué avergonzarse.
Él solo bajó los hombros; borrando su sonrisa, me observó infeliz.
—Entonces, ¿qué buscas? —su voz ronca se volvió gélida.
Pasando saliva, traté de que mi voz no temblara.
—Estoy buscando a Evan Carter.
Él desvió la mirada, aburrido.
—¿Acaso eres tú? —pregunté.
—No.
Todo rastro de burla desapareció; ahora era completamente indiferente.
Es como si actuara solo por lo que le complace y lo que no.
Si no obtiene un estímulo que le divierta, pierde el interés.
—Bueno, entonces no perderé más mi tiempo —ajusté la correa de mi bolso, dispuesta a irme.
Pero su voz, tan afilada como un cuchillo, lo impidió.
—Déjame adivinar —arrastró las palabras como si fuera una broma.
Apenas volteé a verlo.
—¿Quieres jugar a ser actriz? —comentó observándome de arriba abajo.
Entrecerré los ojos sin entender su punto.
—Eso es muy valiente —bufó—, sobre todo porque el escenario no suele ser amable con la gente torpe.
Mi cuerpo volteó antes de que pudiera pensar en lo que hacía. A grandes pasos volví a subir al escenario, plantándome solo a centímetros de él.
Era mucho más alto de lo que recordaba.
Demasiado cerca…
Sus ojos azules brillaban con algo peligroso.
—Escucha, tarado, no sé quién te crees —lo señalé—, pero ni pienses que me hablarás así.
Sus cejas apenas se elevaron ante mi arrebato, pero rápidamente su rostro volvió a tener esa sonrisa maliciosa.
El aire a su alrededor cambiaba con su humor.
—¿Qué harás, gatita? —pinchó con ese apodo, inclinando su cuerpo y cabeza hacia mí.
Me dolía el cuello.
Antes de que pudiera articular una palabra, un golpe seco de palmas resonó en el auditorio.
Ambos nos sorprendimos.
Al voltear hacia la platea, observamos a un chico que nos miraba como si fuera un espectáculo.
Abrazando un sujetapapeles, aplaudió una vez más.
Luego otra vez.
Tres aplausos, secos y vacíos, resonaron en el silencio del escenario.
Percibiendo mi cercanía, el azabache se alejó.
Tomando una postura despreocupada, observó al chico inexpresivo.
El chico usaba un traje blanco con bordados dorados, contrastando su piel morena. A medida que se acercaba, nos evaluaba con la mirada.
Cuando subió al escenario, se dirigió a mí.
—Bien —expresó en calma—. Eso estuvo muy bien.
Apenas mirando de reojo a mi compañero, él también me observó enarcando una ceja.
¿Quién era este sujeto?
—Disculpa, de casualidad ¿usted es Evan Carter? —dije insegura.
Él asintió, tomando notas.
—Qué bueno, lo buscaba para unirme al club.
Él me observó.
Asintiendo, me pidió mi nombre.
—Chloe, me llamo Chloe Wilson.
Anotando todos mis datos correspondientes, finalmente volteé al pelinegro que observaba el lugar aburrido.
Él arqueó una ceja.
—Buena suerte, Gatita —comentó entre risas—. Cuando el telón se abre, no se admiten errores.
Es igual de diabólico que su gato.
Ante su voz, Evan volteó a verlo.
—¿Tú eres Zack? —preguntó Evan.
Zack.
Suena sádico.
—Depende —respondió él—. ¿Eso es bueno o malo?
—Malo —respondió Evan tranquilo.
Confundida, lo miré.
—¿Y eso por qué, se puede saber? —indagó Zack.
—Tu cuerpo te traiciona, odia completamente tus palabras —respondió alzando su vista a él—. Además, hablas como si nadie debiera oírte.
Zack chasqueó la lengua; su nuez de Adán tembló. A pasos sigilosos y calculados, se acercó a Evan.
Inclinándose, pronunció:
—¿Algún problema, pingüino?
—Sí —concluyó mirándolo directo a los ojos sin inmutarse—. Serás un pésimo actor.
El cuerpo de Zack se tensó por un segundo. Irguiéndose, lo observó confundido.
Yo tampoco entendí qué quiso decir.
Evan, blanqueando los ojos, respondió:
—Tu amigo .el rubio, bastante simpático —bufó—, te inscribió hace unas horas.
Creo que oí sus dientes rechinar.
—Dijo que tienes muchas emociones que exteriorizar —continuó Evan—, pero a mi parecer se ausentan.
—Dylan —susurró entre dientes.
Sus manos se apretaron con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.
Incluso su respiración se oía más rápida y pesada.
Con que la bestia también tiene enemigos, eh.
Quise reírme, pero mentiría si dijera que la vibración en el aire que producía no me asustaba.
A grandes zancadas, sin darse vuelta, volvió entre bastidores. Luego escuché un portazo.
#6620 en Novela romántica
#1688 en Chick lit
#romancesano, #romancejuvenil, #romanceprohibido #dramaromántico
Editado: 26.03.2026