Flowers

Capítulo 7 Un lugar donde no esconderse

Si hay algo peor que iniciar el día con el sol directo en mi cara por olvidar cerrar las cortinas, sin duda sería tener a un Dylan feliz.

Desde hace una hora se levantó emocionado, corriendo de una punta del departamento a la otra.

Incluso Seth se escabulló en mi cama por un poco de tranquilidad.

—¡Zack! ¡Levántate, hombre! —gritó por tercera vez—. No voy a llegar tarde por ti.

Bufando, enterré mi cabeza en la almohada.

Seth se movía inquieto, no le agradaba nada ver a Dylan tan entusiasta.

Me incorporé con los hombros tensos y ganas de no salir de la habitación.

No fue una buena noche.

Aún bostezando, me dirigí a la cocina.

Podía sentir las pisadas fuertes y rápidas de Seth a mis espaldas. Con los ojos entrecerrados por el sueño, observé cómo Dylan terminaba de servir el desayuno.

Tanto ruido por unos panqueques.

—Hasta que te levantas —bufó—. Ya iba a tirarte agua.

—Hazlo si quieres —dije—, pero despídete de tus cremas capilares.

Hizo un mohín, pero no se quejó. Tomó asiento y desayunamos: él sus panqueques dulces y yo mi café negro.

Dylan no tardó en romper el silencio de la mañana con su parloteo sin sentido.

Duquesa, en cambio, se posó sobre su regazo agitando su cola, reclamando comida.

Dylan le daba de su plato. Seth, por otro lado, se echó una siesta en el respaldo del sofá, sus orejas gachas y su lomo tenso; no disfrutaba del bullicio de Dylan.

No era el único.

Al terminar, Dylan se levantó para prepararse. Corría de un lado a otro. Duquesa lo seguía, caminando sobre sus piernas con la cola en alto, ronroneando como si compartiera su entusiasmo.

Traidora.

Dejando la última taza limpia en su lugar, volteé a verlo.
Posado sobre el mármol, lo observé colocarse el calzado blanco. Seth, desde el sofá, observaba todo con recelo.

—No entiendo cómo puedes estar tan contento —murmuré.

Él, colocándose la camisa verde por encima de la blanca, volteó a verme.

—Bueno, es un nuevo comienzo para ambos —respondió, observándose en el espejo—. Nueva escuela, nuevas personas, nuevos…

—Problemas —lo interrumpí.

Se detuvo. Me miró por encima del hombro.

—Por eso mismo —dijo, ya más serio—, solo… intentá… no molestar a nadie.
Solté una risa seca. Podía sentir mis manos presionar el mármol.

—Zack…

—Me provocan —lo corregí—. Hay una diferencia —mi voz salió cortante.
Dylan suspiró, pasando una mano por su cabello rubio.

—Está bien —exclamó, moviendo sus manos exageradamente—. El pasado, pisado —chilló, no sin antes voltear a verme, enchinando sus ojos

— Si alguien te provoca, no respondas, ignora —amenazó—. No quiero otra expulsión.

—Yo no empiezo —blanqueé los ojos.

—Pero siempre lo terminas —chilló molesto.

—¿Y lo malo?

—Ahhh, deja de poner esa cara, espantas a la gente —bufó.

Chasqueé la lengua.

No dejaría que me toquen.

Eso lo incluía a él.

Pasé al lado de Seth con dirección a mi cuarto. Este siseó molesto. Duquesa maulló reclamando mi atención.
Tomándola en brazos, me la llevé conmigo.

—¿Acaso todos en esta casa, menos Duquesa, tienen mal humor? —protestó Dylan.

Dejando a Duquesa en la cama, tomé una ducha rápida. Al salir, opté por un suéter de cuello alto y pantalones negros, botas, además de una chaqueta de mezclilla azul.

Volví con Dylan, que se colocaba la mochila como si fuera un campamento.
Me sonrió, extraño.

—¿Qué?

—Por favor, Zack… —suspiró—. Es nuestro último año.

—¿Y?

—Intenta —Dylan dudó— ser más educado… por una vez.

No respondí.

No prometería por otros.
Ni por mí.

Tomando mis cosas, abrí la puerta. Dylan salió sin girarse. Yo volteé: Seth dormía en su cama, y Duquesa.

Ella me maulló desde la suya, moviendo su cola como si diera su aprobación. Salí.
Abandonando el edificio junto a Dylan, el aire frío me golpeó en el rostro.

El otoño empezaba a notarse.
Igual que mis alergias.

Mientras caminábamos, Dylan, expectante, comentaba acerca de la escuela.

Tal vez.

Por Dylan…
Podría contenerme un poco.

...

El trayecto al lugar no fue tan terrible como en otras ocasiones.

Quizá fue el vacío en el vagón del tren, que la gente estuviera más entretenida con sus teléfonos o que Dylan extrañamente mirara el paisaje y no hablara.

Al bajar de él, atravesamos la multitud de gente y caminamos un par de calles hasta llegar.

Los extensos muros me molestaron.

Cruzando las grandes puertas exteriores, observé el gran edificio estilo clásico.

A medida que avanzaba, quise dar marcha atrás.

Esa sensación fue algo sutil, no como un perfume fuerte que te hace estornudar.

Era peor, un olor imperceptible que entraba lento, persistía.
La nariz empezó a picar.

Maldije entre dientes.

Flores.

Dylan silbó, admirando el lugar. Su cabeza se movía maravillado de un lado a otro.

—Es enorme —dijo.

Si no me expulsaban por pelear...
Sería por destruir algo...

—Oh, esa debe ser nuestra guía —comentó Dylan, señalando a una mujer vestida con un traje.

Bufando, lo seguí.

La mujer nos recibió con una sonrisa, su nombre era Ellen.

Nos mostró las instalaciones junto a Dylan. Poco a poco el lugar se llenaba de estudiantes que nos miraban curiosos y murmuraban.

Idiotas.

Dylan miraba cada rincón preguntando sobre las clases de cada una. Yo solo esperaba el momento de perderme en un rincón aislado.

—Bueno, jóvenes —se detuvo frente a unas puertas dobles—, esta es la asamblea anual obligatoria, es una introducción al año escolar —nos dio nuestro horario impreso—, y no olviden que deben unirse al menos a una clase extracurricular.

Sonriendo, se fue.

Miré a Dylan confundido.

—¿Clase extracurricular?




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