...
Aún escuchaba los pasos y chillidos del resto.
Permanecí no sé cuánto tiempo en la oscuridad y el silencio, oyendo mi propia respiración.
El olor a madera y polvo me extrañó.
Con pereza me levanté. Los objetos del lugar apenas se percibían como sombras. Encontré el interruptor a un costado de la puerta.
Mis ojos no recibieron bien la luz.
Cuando mi visión se aclaró, entendí dónde estaba.
Los bastidores.
Había un montón de basura reciclada, trajes chillones y escenografía molesta, todo con polvo y amontonado en cajas.
Basura.
Me largaría una vez que los idiotas se fueran.
Sin nada que hacer, di una rápida inspección del lugar. La cortina roja de terciopelo llamó mi atención.
Di un paso al frente.
Corrí apenas la cortina, avanzando.
Frente a mí, el extenso auditorio me recibía vacío, apenas iluminado por una luz tenue en el escenario, a pocos metros de mí.
El ambiente era tétrico. Las butacas vacías, silenciosas y oscuras parecían observarme.
El silencio se rompió cuando oí un silbido, seguido del crujir de una tabla.
Un escalofrío me recorrió.
—Perfecto —murmuré—. Al menos tendré una muerte dramática.
Volteé. El telón se movía en un suave balanceo.
Aquí no hay corrientes de aire.
A pasos ligeros me acerqué, extendí mi mano dispuesto a ver qué producía ese movimiento.
Antes de que pudiera rozarla con los dedos, esta se abrió de un tirón.
—¡ZACK! —gritó Dylan.
—Hijo de...
—No, no, sin insultos.
Respiré, sintiendo el corazón retumbar.
Cuenta hasta cinco.
—Te asusté —dijo entre risas.
Cuenta hasta diez.
—Eres un aburrido, ¿sabías?
Mejor hasta cien.
—Bueno, ya está. De todos modos convencí a los chicos de desistir ese reto.
Eso llamó mi atención. Entrecerrando los ojos, lo observé.
Busqué una especie de trampa, pero su sonrisa boba me confirmó que no mentía.
Suspiré.
—En serio, sales corriendo como dramático —bufó, apoyando su cuerpo en el marco entre el bastidor y el escenario—. Era solo una broma.
—No para mí.
—Ay, nadie te haría nada —se cruzó de brazos.
—Cuatro contra uno no suena alentador —blanqueé los ojos.
—Pero si tú peleaste contr... —tapé su boca.
Lo miré en señal de advertencia.
—Dylan —dije entre dientes—. Te juro que si intentas volver a arrastrarme a tus estupideces, te entierro bajo este escenario.
No pude seguir, este lamió mi mano.
—Puag —me separé—. Dylan, ¿qué mierda...?
—Ahora te convertirás en el Fantasma de la Ópera —arqueó una ceja.
—Puede que en algo peor.
—¿Cómo se te ocurre? —dramatizó—. Vas a matarme y te quedarás solito.
—Mejor que con tus berrinches.
Mientras protestaba, yo lo aparté para salir de este lugar. Esquivando unas cajas, iba a salir, pero él me detuvo.
—Zack.
Refunfuñando, volteé a verlo.
—Ahora qué.
—Es solo que... es nuestro último año —dijo más bajo—. No quiero que te la pases huyendo de todo.
Aparté la mirada hacia la ropa estúpida.
—No huyo de nada —susurré—. Solo elijo lo que quiero.
Él no dijo nada. Tomando aire, volvió a sonreír como siempre.
—Bien, pero que sepas que serías un pésimo fantasma.
La comisura de mi boca se elevó apenas.
—Eso crees, ¿y qué te haría mejor a ti? —refuté.
—Para empezar, yo sí podría asustarlos y me las ingeniaría para darles un buen susto.
—Con lo ruidoso que eres, te delatarías mucho antes del susto —reí.
—Oye, no me subestimes.
Mientras él discutía solo, yo me crucé de brazos esperando que terminara.
—Hola.
Una voz interrumpió nuestras bromas.
Era femenina.
Suave.
Y clara.
Dylan se congeló en su lugar.
Yo igual.
—Nos van a echar el primer día —chilló en susurros.
—Cállate.
—Disculpen, busco a un tal Evan Carter —exclamó de nuevo esa chica.
—Oh, pobrecita, se oye asustada —dijo Dylan—. Hay que ayudarla.
Antes de que se diera vuelta, lo tomé del brazo y lo arrastré a la salida.
—¿Qué haces? —protestó—. Vamos a ayudarla.
—No es mi problema.
Dylan forcejeó, provocando la caída de unas cajas.
Maldije.
Me agaché tratando de levantarlas, pero Dylan pasó arriba de mí. Volteando a verlo confundido, este sonrió cual zorro desde el marco de la puerta.
—No te atrevas —siseé.
Él asintió entre risas. Antes de que pudiera alcanzarlo, la cerró de un golpe.
Corriendo fui hasta el escenario, daría la vuelta para golpearlo.
Corrí el telón tratando de salir, pero un cuerpo impactó en mi pecho.
Esta retrocedió con la cabeza gacha, sobándose la nariz.
Su ropa era ridícula.
Mucho color.
Yo solo arqueé mi ceja ante sus murmullos bajos.
Lo que faltaba.
Un llamado de atención por romperle la nariz a una inútil.
Ella, furiosa, levantó el rostro. Supongo para insultarme, pero se cayó.
Pero en cuanto vi su rostro, mi cuerpo se tensó.
¿La vecina loca?
Desaparece toda la semana y vengo a encontrarla aquí.
No pude evitar la sonrisa en mi rostro.
Qué ironía la vida.
Aparté el telón con un brazo. A pasos medidos me acerqué.
Ella, nerviosa, se alejó, con los ojos lagrimosos por el golpe y
la cara sonrojada.
Pobre cosita.
Me detuve a cierta distancia observándola.
Se ve igual de patética que antes.
Solté una risa baja. Al parecer se molestó porque frunció su ceño.
—Ahora sí no podemos llamar a esto coincidencia —rompí el silencio.
Ladeé la cabeza para observar mejor su reacción.
—Es extraño… siempre apareces donde no te espero —comenté con burla.
Mi sonrisa se agrandó ante su mueca de desagrado.
—Oh, no me mires así de feo, tengo sentimientos, ¿sabes? —coloqué mi mano en el pecho, como si fuera un puto actor.
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Editado: 26.03.2026