Flowers

Parte III Un lugar donde no esconderse

...

Sentía mi mandíbula crujir.

Lo mataría.
Y Seth comería sus restos.

Los dejé ahí. Volviendo sobre mis pasos, entré a los bastidores. Cuando el sujeto llegó, por el rabillo del ojo lo vi espiándonos.

—Sal —dije entre dientes.

Su cabeza rubia se asomó entre unas cajas apiladas en un rincón.
Con esa sonrisa estúpida me miraba cauteloso. Con movimientos lentos se acercó.

—Sí, ¿qué sucede, amigo mío? —rió nervioso.

—Dime una cosa —murmuré por lo bajo—. ¿Qué quieres que diga tu lápida?

Su rostro se petrificó.

—A mi querido, amado y mejor amig... —lo interrumpí.

—Mucha letra —le corté.

Él, como si anticipara mis acciones, salió corriendo.

No dudé.
Lo perseguí.

Corriendo por los pasillos, le pisaba los talones a Dylan.

—Vuelve aquí, metiche —grité.

—No, gracias —me respondió sin detenerse—. Quiero vivir.
Estúpido.

A medida que doblábamos los pasillos, los estudiantes se apartaban apresuradamente.
Los gritos de Dylan debían alertarlos.

No me interesaba.
Lo enterraría vivo.

Saliendo al patio, este corrió y se dirigió al grupo de idiotas.

—¡Aiden, ayúdame! —vociferó, ocultándose detrás de él.

Este lo miró confundido. Aiden, reaccionando, volteó hacia mí.
Quise esquivarlo, pero mi cuerpo se congeló cuando ya no sentí mis pies en el suelo.

—Me quiere matar, hagan algo —chilló el idiota, esta vez refugiándose detrás de James.

Sentía cómo mi cuerpo no respondía. El grandote me tenía en sus brazos y me elevaba. Vi claramente cómo Dylan dejaba escapar un jadeo y James sonreía.

Qué humillante...

—Bueno, cuéntanos, Zack —habló Nathaniel ahogando una risa—, ¿por qué quieres matar a Dylan? Aquí somos todos amigos, no peleamos, nos cuidamos.

Blanqueé los ojos.
Esto no podía ser peor.

Yo colgando en brazos de un grandulón, la escena debe ser grandiosa, seguro.

—Ya está, bájame —le dije a Aiden.

—No le creas —chilló Dylan.

¿Pero de qué lado está?
Lo miré con furia. Todo esto es su culpa.

—Bueno, Snape —dijo Aiden en mi oído—, cuéntanos qué pasó.

Dejé escapar una bocanada de aire. Relajé mi cuerpo, en consecuencia Aiden también.
Prácticamente me deslicé hasta sentarme en el suelo.

Frustrado, jalé mi cabello. Luego le dediqué una mirada mordaz a Dylan.

—¿Qué significa eso, grandote? —siseé, volteando hacia este.

Aiden levantó las manos en señal de paz, luego miró al resto. Estos ya no contuvieron la risa y estallaron.
Volví a sentir esa tensión en el cuello.

Los mataría.

—Bueno, Zack, ya eres parte del grupo, ¿no? —dijo Aiden.

Lo miré con asco.

—¿Quién decidió eso?

—Es obligatorio —respondió James.

—¿Qué cosa?

—Los clubs —respondió—. No quisiste cumplir el reto, así que propusimos inscribirte en el club de teatro.

¿Qué clase de lógica tienen estos sujetos?

—Piénsalo así —intervino Nathaniel—, si no quieres ayudar, ayudas entre bastidores. Nadie te ve, nadie te toca, era lo más seguro para ti.

—Además, si eliges actuar, nosotros iremos a alentarte —agregó Aiden, palmeando mi hombro.

—No, gracias —bufé.

Él solo rió. Dylan, más relajado, se acercó y extendió su mano para ayudarme a levantar.
De un manotazo la quité. Él solo rió. Me reincorporé quitándome el polvo de la ropa. Lo señalé y le advertí que tarde o temprano se la cobraría.

—Oigan, el resto de las clases son solo introducción, ¿nos vamos? —sugirió el ruidoso.

—Nathaniel, ¿ustedes faltan a clase? —preguntó Dylan.

—Solo si faltan los profesores o ya sabemos que no dan nada importante —aclaró James.

—Arcade —sugirió Aiden.

—Abre dentro de dos horas —respondió el pelinegro.

—¿Qué les parece si vienen a casa? Tenemos todo, solo compremos de camino comida —dijo Dylan.

—¿Casa? Es mi casa, Dylan —le aclaré—. Y yo no invito a nadie.

—¿Cómo viven juntos? —cuestionó el grandote.

—Sí.
—No.

Respondí con Dylan al mismo tiempo.

—No entendí —susurró el rubio al pelinegro, que asintió.

—Dylan, el departamento es mío, tú te autoinvitaste a vivir —recordé.

—Pues tú no me autodesinvitaste a vivir en tu casa, así que es nuestra —vociferó, cruzándose de brazos.

—Solo me queda claro una cosa, y es que hoy es maratón de videojuegos y películas —gritó Aiden, arrastrándonos a Dylan y a mí en un abrazo.

—Oye, orangután, en ningún momento acepté —protesté mientras forcejeaba su agarre, pero este solo me arrastraba hacia la salida.

—Sí, sí, ¿quieres comida china o te gusta más lo europeo? —respondió Nathaniel, mientras miraba su Telefono

Los demás nos siguieron, hablando y charlando sobre lo que querían hacer. Aiden no aflojó su agarre en mi cuello.

Observándolos así, los sentí tan extraños.

Son idiotas que no entienden un no... ni lo respetan.

Suspirando, mi cuerpo se relajó y ya no presioné el agarre de Aiden. Este me sonrió y me soltó. Nathaniel me codeó entre risas.

Pensando un poco...
Sí, la comida no suena mal.

Y un Dylan atacado por Seth tampoco.

Los cinco caminamos hacia la salida. Ellos bromeaban y reían y yo esquivaba a esas asquerosas creadoras de polen.

Al salir, con Dylan encabezamos el camino. Guiándolos, este les decía exactamente cómo llegar para futuras visitas.

Imbécil.

Yo sentía mi sien palpitar.
¿Es tan difícil tener un día en paz?

...

En cuanto llegamos, el portero se sorprendió ante el circo turístico que me acompañaba, pero sonriendo nos abrió paso.

En el momento en que entré, mi casa, mi lugar, mi refugio dejó de ser mío.
Mi departamento, siempre en silencio, fue invadido por voces ruidosas y risas molestas.

Aiden entró con total confianza. Dylan acomodó sus cosas en el perchero y en el mini armario de salida. Nathaniel empezó a preguntar por la cena, él pediría por internet. James guardó silencio, pero su mirada recorría todos los rincones.




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