Flowers

Capítulo 8: Flores que no consuelan.

Mis mejillas aún ardían, incluso el aire frío que empezaba a recorrer los pasillos no lograba calmar mi enojo.

—¿Quién se cree, patán, de rata sin pelo? —murmuré.

Refunfuñando, caminaba sin un rumbo fijo por la escuela; mis zapatos resonaban como un eco entre las paredes.

Mi enojo no servía,
pero persistía.

Salí del edificio, quizás un poco de brisa fresca y el contacto con la tierra me hagan sentir mejor.

Recorrí el campus por los senderos floreados; los hermosos y brillantes colores de las flores, junto con sus aromas, fueron un calmante.

Cerré los ojos, solo sintiendo el aroma fresco de las begonias.

Más adelante aprecié a las lilas junto a las calas que decoraban todo el campus delantero.

Pasando detrás de la biblioteca, encontré mi lugar favorito. Era un poco apartado de los demás; un árbol daba la sombra exacta, dejando filtrar la suficiente luz solar para recostarse en el césped.

Dejando mi bolso a un lado, me incliné para sentarme en la hierba con la espalda reposada sobre el tronco del árbol. Una vez cómoda, traté de despejar mi mente.

“¿Quieres jugar a ser actriz?”

Ese tipo es de lo peor.

Podría fingir que no existe, que su existencia es solo una mosca molesta, pero algo en sus palabras me hizo dudar.

¿No será una equivocación?
Yo, Pandora, actuando en una obra.

Mis dedos comenzaron a jugar con las hojas caídas; su textura rugosa y quebradiza me distrajo, al menos mientras canalizaba todas estas inseguridades.

Quizá no sea tarde para volver y arrepentirme.

—¡Chloe! —una voz gritó a mi lado.

Di un brinco ante el susto; con horror vi cómo Amelia estaba inclinada hacia mí, mirando perpleja mi reacción.

—Tonta, me asustaste —dije, llevando una mano a mi pecho, sintiendo el corazón retumbar.

—¿Qué tienes? —preguntó, tomando asiento a mi lado—. Estás más distraída que de costumbre.

Mordí mi labio; no quería cargar con mis problemas a Amelia. Mi vista se fijó en unos pequeños brotes de flor.

Amelia no insistió, solo se sentó a mi lado.

—Bueno, si no vas a hablar —murmuró— yo lo haré. —Con una sonrisa me tomó de la mano; devolviéndole el gesto, ella empezó a contarme de su viaje más detalladamente y sobre su grupo de baile.

—Bueno, entonces oficialmente Clara y yo somos de nuevo las capitanas —suspiró— No me molesta, pero es agotador armar las coreografías, ¿sabes?, además de que...

—Esa cala se ve marchita...

Sentí a Amelia voltear a verme y luego a la flor; fue cuando me di cuenta de que la interrumpí.

—Ah, perdón, no era mi intención —vociferé— Tú sigue, te escucho.

Ella entrecerró los ojos, se inclinó hacia mi rostro; nerviosa, me encogí en mi lugar.

—Amelia, me pones nerviosa cuando me miras enojada —susurré.

—Ya dilo.

La miré confundida.

—Chloe, no soy estúpida, te conozco, sé que algo ocultas —protestó—. Suéltalo.

Cruzada de brazos, me observó fijo. No es mentira que tiene una mirada penetrante; Amelia es la persona más intimidante cuando se trata de sacarte tus sentimientos. Incluso su equipo de baile la llama jefa por su carácter tan dominante.

Encogiéndome ante su mirada, tragué saliva; luego proseguí a contarle todo.

—Me crucé con el presidente.

Ella abrió sus ojos sorprendida.

—¿Te confesaste?

—¿Qué?, no —chillé—, solo fue muy vergonzoso.

—Bueno, es de esperarse si se trata de ti, boba —soltó entre risas—, pero ¿eso qué tiene de especial?

—Pues... pensé en lo que dijiste y decidí hacer algo al respecto —dije, jugando con mis dedos.

Ella asintió, indicando que siguiera.

—Me uní al club de teatro.

Amelia dio un brinco en su lugar, enderezando su postura.

—¿De teatro dices? —exclamó—. ¿Y desde cuándo te gusta y por qué no me he enterado? —arqueó una ceja.

—Bueno, no lo sé, pero había que atreverse, ¿no? —bromeé.

Ella me golpeó con su bolso; riendo, le seguí el juego con el mío.

—Tonta, tonta, no me refería a eso —estalló en risas—, pero es bueno que al menos intentes algo —se encogió de hombros—, quién sabe, quizá sea un éxito.

—O una tragedia, y no teatral.

—Bueno, pero estoy segura de que eso no es todo, hay algo más.

Esta vez sí desvié mi mirada.
Ese chico.

Zack.

Su nombre se clavó en lo más profundo de mi mente; era un completo enigma.

Desde nuestro primer encuentro lo supe: esa sonrisa diabólica, sus ojos que prometían problemas a donde fuera y esa actitud tan altiva.

Es un idiota.

Uno que debería soportar el resto del año escolar.

—Hay un chico —dije por lo bajo, apenas levantando la vista hacia Amelia.

Ella se acercó más.

—Ameliaaa —lloriqueé—, es un maniático, ya no sé qué hacer, siempre se burla, sonríe como Satanás y su gato es tan...

—Espera, ¿de quién hablas y qué gato? —me interrumpió confundida.

Refunfuñando, le conté todo: el accidente con Mel, su actitud arrogante y burlesca, hasta mi horrible suerte de pertenecer en el mismo club.

—Es un imbécil, si te vuelve a molestar dime que le bajaré los dientes —comentó, haciendo un gesto con el puño como si golpeara a un Zack imaginario.

—Oh, créeme, incluso tú te acobardarías ante ese poste de luz maquiavélico.
Incluso tiene colmillos —murmuré dramáticamente.

Ella, siguiendo el juego, hizo una expresión de susto.

—Entonces tendré que ir con ajo y una estaca.

—Pero no tienes una.

Ella miró a su alrededor; colocándose en cuclillas, se estiró y tomó una rama.

—Con esto debe bastar —dijo, agitándola e imitando una estocada.

No pude aguantar la risa; ella es la única que sigue mi sentido del humor.

Amelia devolvió la rama a su lugar; de un salto se levantó, extendió su mano y me ayudó a reincorporarme.

Entre risas volvimos al campus; por el sendero ella solo me empujaba de juego mientras me mostraba sus pasos de baile.




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