Flowers

Parte II Flores que no consuelan

...

Por el camino, Amelia desde el asiento trasero exigía poner cierta música que solo a ella le gusta; Jacob negaba, su auto, sus reglas.

Ignorando sus riñas, observé los edificios por la ventana. Cuando el vecindario se hizo familiar, supe que llegamos a la casa de Amelia.

—Bueno, aquí me despido —dijo tomando su bolso—. Ábreme, rojo.

Jacob volteó desde su asiento a mirarla. —¿Mi paga? —preguntó extendiendo su mano hacia Amelia.

Esta le dio un manotazo y blanqueó los ojos; Jacob, sonriendo, volvió a mirar al frente.

Ella se inclinó hacia el asiento delantero y con un beso en la mejilla se despidió de mí.

Al ingresar a su casa, giró para mirarnos y, junto a su madre, nos saludó.

Jacob encendió el auto, me miró y preguntó a dónde.

—A la florería, hablé con la abuela y cambié de turnos por la escuela. —Le sonreí.

—¿No vendrá de visita este año? —preguntó.

—Sí, quizá, pero en mi cumpleaños; hasta entonces estoy a cargo y ella da las órdenes finales desde allá.

Jacob asintió; de ambas abuelas, la abuela Alice era la que más lo consentía y, digamos que por ello, le tiene bastante cariño.

En el camino, mientras hablábamos de cosas triviales, por un momento me distraje observando las tiendas.

Lo siguiente que sentí fue el golpe abrupto del brazo de Jacob en mi estómago ante la detención repentina y brusca del auto, que llevó mi cuerpo hacia adelante.

Cuando iba a preguntar qué sucedía, lo sentí.

El chirrido de neumáticos derrapar en el asfalto, el sonido del metal deformarse grotescamente.

Pero no era el de ahora.
Era otro.

Uno que vi.

Uno que no quiero recordar.

El bullicio y los gritos de las personas alrededor no tardaron en aparecer.

Jacob volteó a verme preguntando si estaba bien.

Pero yo estaba en otro lugar.

Cerré los ojos ante aquella visión, centrándome solo en mi respiración irregular.

No pude articular una palabra; sentí mis ojos humedecerse.

Jacob se acomodó mejor y me tomó el rostro con sus manos.

—Chloe, estás bien, ¿Sí? —dijo por lo bajo, tratando de calmarme— Estamos bien, y ellos también; la ambulancia ya debe estar por llegar. —Dijo tomando mis manos, que estaban temblando.

—Todo estará bien, ¿sí? —murmuró, desabrochándose el cinturón para arrullarme en su pecho y calmarme.

Oyendo solo los latidos de Jacob conseguí calmar mi respiración, pero aún sentía mi cuerpo rígido.

Pronto llegaron los paramédicos; evacuando el lugar, formaron una barrera dejando lugar para que los autos avanzaran.

Retomamos nuestro camino a la florería; Jacob guardó silencio, yo solo observé mis manos todo el tiempo.

El auto se detuvo; solo así supe que habíamos llegado. Jacob apagó el vehículo; saliendo del auto dio la vuelta y abrió mi puerta.

Salí aún con las piernas temblorosas; Jacob cerró la puerta detrás mío.

Extendiendo su brazo, me acompañó adentro; son estos pequeños momentos en los que sé que nunca podría confiar en alguien mucho más de lo que confío en Jacob.

Al entrar, Megan nos recibió preocupada; nunca he llegado tarde, es normal que se encuentre nerviosa. Yo avancé para dejar mis cosas mientras Jacob explicó la situación.

Pasé al pequeño jardín interior de la florería; colocándome en cuclillas, llevé mis manos a la tierra, tomé un puñado y lo sostuve.

Está húmeda, Megan había regado; se sentía la humedad en el aire y las flores me lo decían.

Observé el cielo; las nubes se tornaron grises y el viento soplaba aún más frío.

—Creo que lloverá —dijo una voz a mis espaldas.

Giré la cabeza, aún en mi posición, para observar a Jacob; él se acercó y se posicionó a mi lado.

—Megan dejó el libro de contaduría debajo del escritorio. Yo me quedaré un rato a ayudarte, sé que no eres buena con las cuentas y no quiero que te salga humo por las orejas —mencionó entre risas, revolviendo mi cabello.

Como pude, quité su mano de mi cabello; él, aún riendo, se fue adentro.

Me quedé un poco más de tiempo con la tierra y el intenso aroma de las flores regadas.

Cuando decidí que era suficiente, retomé mis tareas.

Sacudiendo la tierra de mis manos, entré a lavarlas, mientras Jacob organizaba los archivos, las cuentas y los pedidos. Yo empecé a armar los ramos.

Tomando los papeles, los listones y las tijeras, me centré en lo mío.

Lirios blancos.

Tocaba con cuidado sus pétalos, sintiendo su suavidad; apreciaba su apariencia casi etérea y elegancia melancólica.

Son preciosas.

Cortaba sus tallos en un corte perfecto,
listo para envolver.

Corté una,
luego otra.

En la tienda solo se oía a los papeles siendo reorganizados, además del corte seco que producían las tijeras al acabar con las flores.

Cierta parte sentía pena por cortarlas.

Algunas flores son más delicadas,
necesitan más cuidado.

más luz,
más agua,
mucha más atención.

Pero incluso así… se marchitan.

La tijera en mis manos se detuvo, aún con el tallo en mis manos; el golpeteo de gotas de lluvia resonó en el ventanal de techo.

Poco a poco se empalmó y se volvió más ruidosa, más consciente.

El agarre en los lirios se aflojó; observándolas, suspiré.

Una de sus flores estaba completamente marchita.

Sin importar cuánto las cuides,
cuánto las protejas,

no todas llegan a florecer.

Tomando los lirios, los coloqué junto a las peonías rosadas; atándolos con una cinta, las envolví cuidadosamente.

El ramo estaba terminado.
Era hermoso
y delicado.

Pensé en hoy,
en mañana.

Tendría que volver al auditorio
y lidiar con un ogro.

Pero…

no huiría, ya no.

♡♥︎♡




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