Mis piernas se sentían pesadas, el sueño aún persistía mientras caminaba por los pasillos de la escuela con Jacob y Amelia.
Ellos hablaban, pero yo no escuchaba, aún me encontraba adormecida, y esta mañana no ayudó mucho.
Empezando con un nudo en mi cabello que me llevó la mitad del tiempo arreglar, luego tuve que ingerir unos panqueques que sabían como a goma de plástico, gracias a que se enfriaron.
Además, mi tobillo decidió traicionarme en el último escalón.
Casi muero antes de empezar el año.
Jacob solo negaba con la cabeza mientras me abría la puerta y le contaba mis desgracias.
Claro, pues le sale todo bien.
O es demasiado quisquilloso.
Llegamos mucho más temprano que la mayoría de estudiantes.
Amelia siempre se queja de ello, pero Jacob es muy mezquino con el tiempo, nunca llega tarde a nada, incluso si eso significa estar una hora antes.
Los tres nos dirigimos a la secretaría por nuestros horarios. Al recibirlos, Amelia pegó un grito a los cielos.
—¡Nooo, Chloe! —chilló, abrazándome—. Estarás sola, ¿por qué? —ahora daba palmaditas en mi cabeza—. Pediré un cambio.
—Ya déjala, la asfixias —protestó Jacob tratando de alejarla.
Estos comenzaron con su riña conmigo en medio. Apenas separándose de mí, Amelia pidió a la profesora un cambio de clase, sin embargo, la respuesta fue la misma, la clase estaba completa, era imposible. Ella, indignada, me acompañó junto a Jacob.
—Está bien, Amelia, es solo durante las clases.
—Pero estarás sola, ¿por qué me tocó con este idiota en vez de contigo? —se quejó mirando a Jacob.
—Aún estoy aquí —contestó él—, escucho todo, gracias.
Amelia resopló, me abrazó y le dije que todo iba a estar bien, no es como si fuera el fin del mundo, seguro podría hacerme amiga de algún compañero y llevar las clases en paz.
Amelia suspiró resignada, se despidió dejándonos a Jacob y a mí. Este me miró apoyando su palma en mi hombro.
—Tengo un amigo al que le tocó la misma clase, si no te sientes segura puedo acordar un intercambio con él —sugirió.
—Oh, Jacob, ya no soy una niña —respondí—. Voy a estar bien, y si necesito tu ayuda te lo haré saber. —Lo calmé tomando su mano y sonriéndole.
Él entrecerró sus ojos, pero no discutió, sacudiendo mi cabello sonrió y se fue a su clase.
No quería preocuparlos.
Pero el nudo en mi estómago seguía ahí.
Socializar nunca fue mi fuerte.
Mejor tarde que nunca.
¿Qué podría salir mal?
Peiné mi cabello con las manos e inspeccioné que mi ropa estuviera bien, tragué saliva.
Lentamente abrí la puerta, apenas dejando pasar una parte de mi cuerpo vi la clase vacía.
Casi...
Una silueta ya ocupaba uno de los primeros asientos.
Su postura recta, impecable.
Su vestimenta sobria y cuidada.
Claro.
Solo una persona sería tan puntual.
El presidente.
Sentado en su escritorio individual leía un libro, la luz que se filtraba por las ventanas se deslizaba por su cabello dorado.
Era imposible no notarlo.
Su imagen parecía una portada de revista escolar.
Con un modelo menos sonriente.
Saliendo de mi ensoñación, sacudí la cabeza y palmée mis mejillas calientes, tomando aire entré en silencio.
Creí que me ignoraría, pero me sorprendió cuando sus ojos se desviaron hacia mí.
Pude ver apenas una reacción de sorpresa, aunque no tardó en volver a esa mirada impasible.
Me dio un asentimiento a modo de saludo.
Mi corazón palpitaba con demasiada fuerza.
Esperaba que él no lo notara.
Imitando su acción le sonreí con cortesía.
Su vista volvió al libro, no sin antes arreglarse el cuello de la camisa.
Siempre me pregunté si no es demasiado apretado.
Tomé asiento en la fila continua del lado de los ventanales, un asiento detrás del suyo.
Mientras colocaba mis cosas en silencio, mi mirada, en contra de todo pensamiento, regresaba a él.
Incluso de espaldas es bastante intimidante.
La clase estaba en silencio, solo se escuchaba el pasar de las páginas y el tic tac del reloj, temía que mi propia respiración delatara mis acciones si me descubría cuando lo miraba.
Me moriría de vergüenza.
Respiré.
Si quería organizar los clubes, las clases y la florería debía prestar más atención.
...
A medida que armaba mi horario en el cuaderno, poco a poco el aula, antes sumida en un silencio marcado por páginas, comenzó a llenarse de murmullos y de voces.
La mayoría hablaba tranquilamente mientras tomaba asiento, así que seguí concentrada en mis apuntes.
Sin embargo, unas risas escandalosas, seguidas de gritos, hicieron que cerrara abruptamente mi cuaderno.
Pensé que tal vez venía el profesor, pero al levantar la vista…
Por la puerta ingresó un chico rubio corriendo con dos mochilas.
Detrás de él, un tipo grandote, entre risas, lo alcanzó y le quitó su mochila, empujándolo suavemente hasta su asiento.
Mis manos sudaron.
Estar con ellos en la misma clase no creo que sea algo bueno.
Incluso Daniel dirigió una mirada evaluativa antes de volver a su libro.
Tomaron los asientos en la esquina contraria, al fondo del salón.
Luego el grandote le hizo seña a otro compañero que entró detrás de ellos, más relajado. Este murmuró un comentario despectivo hacia el profesor, los otros solo rieron.
Era incómodo.
Sentados los tres en una esquina los observé mejor, un rubio de aspecto encantador, luego el grandote que parecía un tipo rudo pero bastante risueño, y el despreocupado del piercing.
Son el trío problemático.
Los he visto un par de veces, siempre haciendo bromas a los directivos de la escuela, lo admito, he presenciado algunas y he callado... porque son graciosas.
En cierta manera, me ponía nerviosa estar en su misma clase.
Pronto el salón estaba casi lleno, miré el reloj y entendí que no faltaba mucho para el inicio.
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Editado: 26.03.2026