Flowers

Parte II Máscaras fuera del escenario

...

La clase siguió sin interrupciones; Zack no volvió a molestarme.
Incluso diría que me estaba ignorando.

Cretino.

El estruendo de la campana alegró a unos cuantos alumnos que de un salto salieron de clase.

Suspirando, estiré mi espalda rígida. Después acomodé mis útiles en el estuche.

No volteé a verlo; solo salí. Por el pasillo se amontonaban los alumnos con dirección a la cafetería. Mientras pasaba entre la multitud oí la voz de Jacob llamarme; volteando, él corrió hacia mí.

Pasando su brazo por mis hombros, fuimos a la cafetería.

Al llegar, el ruido de voces y risas era mucho más elevado. Fuimos directo a la fila, donde nos encontramos a Amelia reservando lugares en una mesa.

Con nuestras bandejas en mano nos dirigimos hacia ella.

—¡Chloeee! —ella saltó a abrazarme; yo apreté el agarre en la bandeja para no derramar nada.

—¡Espera, idiota! —gritó Jacob—. Harás que tire todo.

Jacob, con una mano, sostuvo el otro lado de mi bandeja, que tambaleó ante el abrupto abrazo. Amelia, entre bufidos, se separó y nos permitió sentarnos.

—Chloe, te extrañé —chilló—. Es aburrido estar sin ti. —Dramatizando, se reclinó en la mesa y tomó mi mano—. Obvio que solo a ti; a este cascarrabias no lo quiero —le sacó la lengua a Jacob.

Él solo blanqueó los ojos y la ignoró, enfocándose en su comida.

—Pero en serio, ¿estás bien en tu clase? —preguntó Amelia.

Esquivé su mirada antes de que pudiera percibir mi estado de ánimo. Asentí, tratando de tranquilizar a Amelia y a mí misma. Le mentí diciendo que todo estaba bien en mi clase, todo salvo un demonio de extraño comportamiento.

Mientras comíamos, Amelia recibió un mensaje de su grupo de baile. Disculpándose por la urgencia, se despidió, dejándonos a Jacob y a mí solos.

Él y yo hablamos sobre cosas triviales hasta que un amigo de Jacob lo llamó por algo de su club. Jacob dudó si dejarme, pero con una sonrisa alentadora le dije que estaba bien.

Él prometió volver enseguida; así, junto a su amigo, se fueron.

Otra vez sola.

Las voces a mi alrededor se hicieron más lejanas. En algún momento empecé a jugar aburrida con la comida.

Nunca había notado lo sola que estoy en la escuela sin ellos.

Por momentos sentí una ligera incomodidad, como si alguien me estuviera observando, pero al mirar alrededor no vi a nadie en particular.

Perdida en mis propios pensamientos, no noté la sombra acercarse y solo escuché el rechinido del asiento al ser movido.

Con esa actitud presuntuosa que siempre carga, tomó asiento en frente de mí, mirándome fijamente.

Mi cuerpo se enderezó; lo miré sin bajar la cabeza ni apenarme.

La comisura de sus labios se elevó. Jugó a ser el distraído, apoyando un brazo en la mesa; reclinó su cabeza en su palma y
dijo:

—Te dejaron sola, gatita.

—No necesito guardianes —respondí firme.

Es un logro que mi voz no haya salido temblorosa.

—No lo parecía en el auditorio —rió por lo bajo.

Mi puño se cerró alrededor del cubierto.

Idiota.

Él lo notó.

Sonrió mostrando esos filosos colmillos.
¿Acaso es vampiro?

—¿No tienes nada más entretenido que hacer? —bufé.

—Oh, no, realmente nada. —Se rascó su barbilla—. Solo estoy calibrando cuánto soportas antes de estallar.

—No soy un experimento —murmuré entre dientes.

—Pero eres entretenida, gatita.

Esta vez me sonrió como el demonio que es y apoyó su mentón en ambas manos sobre la mesa.

Sostuve su mirada.

—Si lo que quieres es atención, ve a hacer amigos —protesté, blanqueando los ojos—. Deja de jugar al niño malcriado y esfúmate.

Esta vez su risa ronca salió como si hubiera dicho un chiste.

—Atención. —Bajando sus manos, se inclinó hacia mí—. Créeme... nunca me ha faltado.

—No lo creo —entrecerré mis ojos.

Inclinando mi cuerpo hacia el respaldo del asiento, lo miré dudosa.

—No necesitas creerlo —se encogió de hombros.

—No lo creo, porque si fuera así... —di una pequeña pausa— no estarías tan empeñado en conseguir la mía.

Esta vez sus ojos, siempre brillando con astucia, parpadearon confundidos.

Por un segundo su mirada se oscureció.

Tragué saliva nerviosa.

Mis manos estrujaron mi falda.

Quería mirar a cualquier lado menos sus ojos, pero no podía apartar mi vista de ellos.

Finalmente, su mirada se aclaró y dejó salir una risa seca con los ojos cerrados.

Pareció una eternidad. Lentamente abrió sus ojos y me observó con algo parecido al respeto.

O eso quiero pensar.

—Hhm.

Pensó en silencio.

—¿Eh?

No dirá uno de sus comentarios venenosos.

—Tiemblas... y aun así me contestas tan altiva.

Sentí mis mejillas calentarse.

—No es cierto. —Pero esta vez mi voz salió más aguda.

—Y ahora te sonrojaste —rió apenas.

—Y tú —lo señalé—, ¿siempre molestas a quien te ignora o solo es conmigo?

Su sonrisa se borró.

Mirando hacia la mesa, con el ceño fruncido, lo pensó por un segundo.

—Eres la única que no corre.

Esta vez sí no sabía qué decir.

—Mantienes tus garras bien escondidas —concluyó, llevando ambas manos detrás de su cabeza y reclinándose en el respaldo del asiento.

—No soy un bufón para entretenerte... búscate a otra —objeté.

—No.

Su negativa tan firme y su sonrisa me molestaban más de lo que quería admitir.

Iba a replicar, pero una figura a sus espaldas me hizo callar.

Zack, bajó sus brazos. Confundido, lentamente volteó para encontrarse con la mirada distante y calculada de Daniel.

La confianza de Zack se esfumó; incluso de espaldas percibí el cambio en el aire a su alrededor.

Daniel y Zack no quitaban su vista el uno del otro. Pronto Zack hizo ese sonido característico con su lengua al chasquearla.




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