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Maldita sea la hora en que Dylan me inscribió en esta basura de club. Ni siquiera sabía que hoy tenía que asistir; de no ser porque James me avisó a último momento, no habria asistido.
Pero Dylan amenazó con traer a esos idiotas de vuelta al apartamento, así que me vi en la obligación de venir.
Empujando las puertas de este tedioso lugar, avancé.
Incluso de lejos, sentí las miradas curiosas sobre mí.
Da igual.
Puede que me retrasara a propósito.
Mis botas pesadas hicieron eco en la madera al subir al escenario.
Entre los presentes no encontré nada interesante; sin embargo, la sensación familiar de desagrado la sentí.
Al voltear, el tipo de la cafetería estaba aquí.
Qué problemático.
Irguíéndome en su dirección, él entrecerró sus ojos.
—Llegas tarde.
¿Me golpearía?
No.
Aquí no.
Una mueca de burla invadió mi rostro.
—Ya estoy aquí, ¿no?
Dándome vuelta, fui al fondo del escenario, pero su mirada me siguió.
—Como decía, es importante el compromiso. Si están aquí, es para trabajar en serio... —prosiguió el rubio.
El resto ya no escuché. Solo observé el basurero del lugar; tenía menos polvo que antes, sin duda.
Y toda esa utilería chillona.
No conseguiste algo mejor, Dylan?
Blanqueando los ojos, mi mirada pasó a los presentes. Nada especial.
Salvo...
Esa cabellera castaña y su clásica vestimenta cursi.
La comisura de mi boca se curvó.
Al menos no será aburrido.
El pingüino del otro día nos dio instrucciones de seguir limpiando por hoy. La mayoría empezó con los arreglos.
Yo tenía otra cosa en mente.
Aproximándome sigilosamente por sus espaldas, mientras ella ordenaba las prendas, sintió mi presencia, pues volteó y dio un pequeño brinco.
Sus ojos asustados rápidamente brillaron con furia.
—Tú, ¿que no tienes nada que hacer? —bramó, cruzándose de brazos.
—No, realmente —me encogí de hombros.
La Miré desde arriba, pues tenía que inclinar la cabeza para observarla. Ella bufó.
—Entonces ve a molestar a otro.
Ignorándome, siguió moviendo las prendas con una concentración exagerada. Como si el destino del mundo dependiera del orden de unos sombreros ridículos.
—Dime algo... —murmuré, inclinándome apenas hacia ella—. ¿Qué haces aquí?
—Mm, jugando basketball —blanqueó los ojos—. Teatro, ¿no es obvio?
—No te ves como alguien que esté en un escenario.
Su mano se detuvo.
—¿Ah, no? ¿Y según tú dónde me veo mejor?
Cruzando sus brazos, volteó a verme.
—En algún jardín apestoso —me recosté sobre una de las columnas, dando una rápida inspección a su vestimenta—. Siempre llevas flores.
Su postura tensa se relajó un segundo y sus ojos mostraron sorpresa.
Bajé la vista apenas y sonreí.
—Hoy no, curiosamente… pero tu mochila sí.
Su ceño se frunció.
Lo había notado.
—Tienes demasiado tiempo libre para notar esos detalles —bufó.
—Claro que no —me encogí de hombros—. Solo me parece chistoso que una chica tan torpe esté aquí.
Mi sonrisa se amplió.
—Trata de no romperte la pierna literalmente.
Ella entrecerró sus ojos y siseó:
—Quizá deberías callarte y actuar más —protestó—. Te ayudaría a fingir que tienes modales.
Una risa baja escapó de mi garganta.
Oh. Afiló sus garras.
Tomé una máscara de utilería y la moví unos centímetros del lugar donde la había acomodado.
Ella la regresó.
La moví otra vez.
—¿Acaso eres un niño? —chilló entre susurros.
Sin responderle, cambié el orden de unos guantes.
Suspiró.
—¿Cuántos años tienes? ¿No estás grande para esto? —espetó.
—Tengo cuatro. Hoy cumplo cinco —le sonreí triunfante.
Iba a gritarme, pero se mordió la lengua. Cerrando los ojos, respiró.
Al abrirlos, me dedicó una mirada filosa.
Tomó una máscara y me la lanzó al pecho.
Atrapándola, la comisura de mi boca se extendió.
—¿Así que eres de las que tienen estos fetiches? —girando la máscara entre mis dedos, la miré—. ¿Te gustan estas cosas?
Ella enarcó una ceja, confundida.
—¿Te gustan los disfraces para hacer cosas sucias?
Sus mejillas se tiñeron de rojo inmediato.
—Eres un idiota.
—¿Eso es un sí? —me burlé.
Entrecerró sus ojos y se acercó.
—Algunas personas no necesitan máscaras para mostrar su lado oscuro.
Eso me hizo alzar una ceja.
Vaya.
Se inclinó más hacia mí, desafiante pese al rubor que todavía traicionaba su piel.
—Solo lo exhiben sin pudor.
La miré un segundo más de lo normal.
Había dejado de tensarse. Ya no retrocedía. Sus ojos no esquivaban.
Ahora sí trataba de rasguñarme.
Mi sonrisa salió sola.
Esta vez sin burla.
Más bien...
Con interés.
—Empiezas a caerme mejor, gatita.
En respuesta me lanzó un sombrero pequeño.
—Pues tú me caes aún peor.
—Es mejor que la indiferencia.
Me encogí de hombros ante su furia.
Iba a decir algo más cuando sentí esa presencia.
Giré apenas la cabeza.
El presidente nos observaba desde el otro extremo del escenario.
En silencio, nos evaluaba.
Esto se puso interesante.
Me acerqué un paso más a Chloe. Lo suficiente para invadir su espacio.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué haces?
Incliné la cabeza apenas hacia ella, pero mis ojos se deslizaron por encima de su hombro.
—Nada. Solo admiro... tu dedicación.
Tomé otro accesorio y lo cambié de lugar.
Ella respiró hondo.
—Ya basta —chilló, volviendo a colocar el accesorio.
No respondí.
Di medio paso más.
Ahora sí estaba demasiado cerca.
—Te pones muy nerviosa cuando me acerco —murmuré, mirándola a los ojos.
—No estoy nerviosa.
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Editado: 26.03.2026