Desde mi asiento observé cómo ingresaban los demás estudiantes; el ambiente silencioso fue llenado con el coro de voces y las risas del resto de alumnos.
Para mi alivio, Daniel no estaba solo; el salón estaba medio lleno.
Después del encuentro con Zack, prefiero salir de su foco.
No quiero meterme en su juego.
Para perder tiempo, garabateaba en mi cuaderno dibujos de flores; era simple, pero distractivo.
Hasta que el estridente golpe de sillas me hizo dar un brinco. Girando hacia mi derecha, vi al trío de problemáticos al fondo pelear por un asiento.
El rubio, junto al grandote, entre risas se empujaban y golpeaban con las mochilas.
Finalmente, el grandote levantó la silla y se sentó en ella; el rubio solo protestó, argumentando que no podía ver a sus espaldas.
Seguido de eso, el tal Dylan entró al salón junto al pelinegro del piercing.
Pronto, los cuatro se sentaron reunidos como en una pequeña junta; sus voces eran muy ruidosas, se molestaban entre bromas y chistes.
El ambiente tan alegre a su alrededor los separaba del resto.
Aún de costado, miré atrás.
El asiento estaba vacío.
Tal vez llegue tarde.
Aunque no… se ve como el tipo que no lo haría.
Apartando esos pensamientos, mi vista volvió al frente. De reojo, vi entrar a Amelia; ella recorrió con la mirada el lugar, al verme me saludó.
Lástima estar separadas.
Ella quiso acercarse, pero a sus espaldas entró el profesor, dando inicio a la clase.
Marcando los trazos de la pluma, anotaba absolutamente todo.
No diría que tengo el mejor promedio, pero con aprobar basta.
Lo malo de tomar apuntes es el dolor en la muñeca.
Tomé un descanso cuando el profesor paró de explicar; me senté con la espalda en el respaldo, extendí mi brazo a un costado para relajar la tinta.
La tranquilidad se me hizo ajena.
El encuentro entre Zack y Daniel…
No sabría cómo describirlo.
Tanto en la cafetería como en el teatro.
Observé a Daniel.
Tomaba apuntes sin pausa, sin levantar la vista. Por momentos se detenía para acomodar el cuello de su camisa, pero retomaba rápidamente su escritura.
Nunca pierde el control.
Girando la pluma entre mis dedos, me distraje.
Cierta parte de mí siente curiosidad por ellos.
No son amigos.
Pero tampoco enemigos jurados.
Era otra cosa.
De todos modos, mejor que esté lejos de ambos; solo traerían problemas.
Suficiente conmigo misma.
El resto de la clase pasó sin precedentes.
Por momentos, mi mirada se desviaba sola, como si no me perteneciera.
Fue en una de esas donde, incluso escribiendo, volteé de reojo al sentir una mirada sobre mí. Dudosa, miré por encima del hombro.
Mis ojos chocaron con los del rubio simpático, el mismo con el que Zack ingresó.
Este arqueó una ceja; la comisura de su boca se curvó. Entrecerrando sus ojos, aguantó una risa.
Incluso saludó con su mano derecha.
Mi mano presionó demasiado la pluma.
Era demasiado tarde; la tinta se derramó.
Giré mi cuello demasiado rápido.
Mi pulso se aceleró sin motivo.
Fantástico.
La tinta en mis manos no era tan malo…
Que me hubiera visto… sí.
Zack.
Si se entera…
Será insoportable.
Tomando unos pañuelos, logré limpiar la tinta en mis manos; luego, con un desinfectante, el desastre en la mesa.
Tomé otra pluma.
No volví a mirar atrás, incluso sabiendo que el asiento seguiría vacío.
Pero mi mente seguía en ese idiota.
La próxima lo ignoraría.
No debería ser difícil.
...
El tic tac del reloj invadía el aula. Incluso las voces alrededor parecían apagarse.
Finalmente, el timbre sonó; casi suspiré de alivio.
El cambio en el ambiente se sintió de inmediato; algunos estudiantes, aburridos sobre sus pupitres, se levantaron apresuradamente y salieron del aula.
Tomé mi tiempo para guardar mis cosas.
Una vez lista, con el bolso al hombro, salí.
Mis pasos se volvieron más ligeros.
Una sonrisa se escapó sin permiso.
Tenía el presentimiento de que este era mi lugar.
Cuando estuve frente a la puerta, respiré hondo.
Bien, vamos, Chloe.
Tomé la perilla y abrí la puerta.
Lo primero que sentí fueron los aromas: canela, chocolate, vainilla.
Después, la luz que se filtraba por los ventanales iluminaba el lugar, dando un toque hogareño.
El salón se encontraba vacío, salvo el profesor escribiendo en la pizarra.
No quise interrumpir; avancé en silencio, apreciando mejor el lugar.
En cada estación había ingredientes básicos: harina, azúcar, leche.
Lo esencial para cualquier receta repostera.
Me pregunté qué prepararíamos.
Un budín, tal vez…
O quizá algo más simple.
El golpe seco del plumón contra la mesa me alertó.
El profesor volteó a verme.
Sonrió.
—Tú debes ser la nueva —dijo—.
Profesor Williams, un placer, Chloe.
Acomodando sus gafas, extendió su mano.
La estreché.
Iba a responder cuando la puerta se abrió de golpe.
El primero en entrar traía una caja muy grande.
Por eso el portazo.
A sus espaldas entraron los demás; varios se acercaron a saludar.
Entre saludos y presentaciones, el salón dejó de estar vacío.
El murmullo inundó el lugar.
No era ruidoso,
más bien liviano.
Ver a los demás moverse con tanta confianza me hizo dudar.
Todos aquí parecen saber exactamente qué hacer…
Excepto yo.
—Bueno, aquí estás—
Una voz habló a mis espaldas.
Volteé.
Olivia me sonrió mientras, con dificultad, se colocaba el delantal.
—¿Te ayudo?
—Te lo agradecería.
Dándose vuelta, yo anudé el delantal.
—Ya está —anuncié.
—Bueno, Chloe, ya que eres nueva, déjame decirte que cuentas conmigo —dijo Olivia—, aunque no te seré de mucha ayuda; tampoco soy buena en esto.
#7787 en Novela romántica
#1847 en Chick lit
#romancesano, #romancejuvenil, #romanceprohibido #dramaromántico
Editado: 07.06.2026