Ya estaba sentada, con Gaby al lado, cuando vio entrar a Lin en clase y a Álex y Kike tras ella.
La mirada que se intercambiaron los chicos le llamó la atención, pero no supo descifrar ni una pizca de su significado.
—Ya que no hay que esperar a ningún alumno, podéis ir abriendo vuestros libros de texto por el tema cuatro. —Ordenó la profesora al entrar.
La chica más alta de la clase y la chica más silenciosa y sonriente se sentaron entre Ginny y Gaby delante y Álex y Kike detrás.
Según explicaba el temario la profesora, Gaby se giró para hacerle alguna mueca a Kike, que la silenciosa interceptó, pasando el recado.
—¡Señorita Fuentes y señorita Cuesta! —les llamó la atención—. ¿Están tan puestas en el tema, que han decidido que ya saben lo suficiente sobre Margaret Mitchell?
La chica silenciosa se reubicó en su silla. Gaby sonrió con todos los dientes.
—Lo que el viento se llevó me interesa más como película, porque tenemos la opción de tener una Escarlata O'Hara en clase y ella se niega a serlo.
La profesora, lejos de marcar distancias, parece que le interesó el cotilleo.
—Creo que la comparación debería opinarla yo como adulta. ¿Podéis centraros en el temario?
Ginny le echó una mirada asesina a su amiga antes de retomar el libro de texto. Sabía que lo decía por ella.
A tres minutos del final de clase, la profesora se acercó a Gaby.
—Ahora que hemos hablado del papel de la independencia de la mujer a lo largo de la historia de la literatura, ¿de qué Escarlata O'Hara hablas, Gabriela?
—¡Gaby! —la acusó su amiga.
—¿Usted diría que Ginny es buena jugando al fútbol?
Todos dirigieron la atención hacia las chicas de ese pupitre y la profesora.
—¿Tú también has sucumbido ante ese juego tan vulgar? —Le miraba directamente a ella.
—No, yo no… ¡Ha sido idea de Álex! —Señaló al chico, arrepintiéndose al momento por haberle acusado.
La profesora suavizó su gesto y sonrió.
—¿Opinas lo mismo que tu compañero?
—¿Yo? ¡Qué va! No se puede ser bueno en algo que no conoces, ¿verdad?
—Le regalé un piano electrónico a mi sobrino político en su último cumpleaños y resulta que era un virtuoso. Así que no, Ginny, se puede ser un virtuoso y no saberlo.
La clase entera empezó a murmurar.
—¿Ves cómo no era tan mala idea? —Lin marcó la pauta. Miró a Álex en un pequeño gesto de comprensión y se giró hacia la profesora.
Ginny se puso en pie.
—¿Quién está de acuerdo con la idea de que Ginny lo intente?
Álex se puso en pie de inmediato, junto con Kike, Gaby y Lin.
—¡Las mujeres al poder! —chilló la chica más alta de la clase al ponerse en pie.
Le echó una mirada a la sonriente que tenía al lado, que también se levantó. Aunque lejos de sentirse intimidada, su sonrisa se volvió pícara.
No entendía por qué las broncas de la clase se habían confabulado con la idea de Álex. Y encima la que va de reportera también se ha acoplado.
El pupitre en el que estaban sentados los dos japoneses de intercambio también notó cómo sus pasajeros se levantaban. Afirmaron en sincronía. Y el chico que tenían detrás también.
La profesora los contó.
—¿Te parece poca fe que nueve compañeros de clase crean que debes probar ese deporte?
Fue mirando uno a uno. Desde la bronca pelirroja hasta acabar en Álex.
—¿Y si soy un pato? —La pregunta fue directamente al tímido de gafas.
—No lo eres. —Le respondió.
—Por probar, no pierdes nada. —Intentó añadir Kike.
Ginny sabía que la intervención de Álex en la escalera le había robado la opción de seguir en el instituto.
El hecho de intentar jugar al fútbol no lo iba a estropear más. Y al mirar a la alta pelirroja se le ocurrió una idea.
Los acosadores del instituto ya la tenían en el punto de mira, pero podía manipularles para que pareciera que se les ocurrió a ellos.
No pudo evitar sonreír. Y su amiga lo notó.
—Si tuviera espacio para practicar, lo podría comprobar.
—Hablaré con la profesora de educación física, dalo por hecho.
Todos vitorearon a Ginny como si hubiese ganado un premio. Gaby saltaba de euforia; y casi todos lo celebraban, hasta quienes no se habían levantado para apoyarla.
Sin embargo, Ginny solo pudo mirarle a él. La persona que más creía en ella; más, incluso, que ella misma.
Cruzaron la mirada y notó que se sonrojaba. Avergonzada, se volvió a sentar.
El tono de final de clase sonó por el hilo musical y la profesora recogió sus cosas para ir con otros alumnos. Al llegar a la puerta, reparó en Ginny y vocalizó “suerte” antes de salir.
La última clase del día era de ciencias naturales, y el profesor también se acabó enterando.
Al ser viernes, el timbre de salida era el más esperado de toda la semana. Todos recogieron sus mochilas y acudieron en orden para salir.
Pero a Ginny la esperaban Leo, Teo y Rei en la puerta del instituto. Como si hubieran faltado a la última clase expresamente para pillarla a la salida.
—La tocapelotas que se cree mejor que nosotros ya se va para su casa. —comentó el anodino Rei.
—Pues la verdad, no os voy a mentir. Nunca he jugado al fútbol.
El moreno y el de mechas se miraron entre ellos. Se echaron a reír junto a Rei.
—¿Es en serio? —preguntó el de mechas en cuanto se serenó.
—No gano nada mintiendo al respecto, ¿verdad, Teo?
El chico se sintió atacado con la pregunta. El moreno de pelo largo saltó en su defensa.
—¿Te crees muy lista, niñata?
—¿Lista, dices, Leo? ¡Qué va!
Era la oportunidad de hacerles creer que la idea era suya.
—Entonces, ¿de qué vas? —se interpuso Rei.
—Lo tenéis fácil, ganadme en un partido. —Por dentro estaba temblando, pero estaba intentando imitar a Gaby y ellos se lo estaban tragando.
—¿Un partido, cuándo? —Leo se cruzó de brazos.
—¿A final de curso, o quizás entre los exámenes y la feria? —sugirió Teo.
—¿En junio? —Rei se rascaba la cabeza como si eso le hiciera más listo—. Vale.
—Entonces vas a ver que el fútbol femenino da risa. —Leo sonrió con confianza.
—¡Hasta junio, entonces!
Ginny siguió caminando hasta la esquina donde el chofer de su padre le abrió la puerta del coche. En cuanto arrancó, Ginny se desmoronó como un castillo de naipes y pudo temblar sin pudor.
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Editado: 13.07.2026